Los primitivos americanos exonerados… no acabaron con la megafauna

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En el continente americano —inclusive en la península de Yucatán— hubo hasta tiempos relativamente recientes camellos, gliptodontes, perezosos gigantes, osos, caballos, tigres de dientes de sable y otros muchos grandes animales, además de los bien conocidos mamuts. Pero todas estas grandes bestias, a las que colectivamente se conoce como megafauna, desaparecieron hace unos 12 mil años, poco después de la llegada del ser humano a este continente.

Por Juan José Morales

Debido a tal coincidencia, no ha faltado quien atribuya su extinción a la caza masiva practicada por los primeros americanos. Según la teoría elaborada allá por los años 70 del siglo pasado por el científico norteamericano Paul Martin, aquellos cazadores avanzaban como una mortífera ola, acabando a su paso con los animales.

En un principio, la teoría de Martin fue bastante aceptada, ya que ofrecía una explicación plausible a la desaparición de la megafauna y parecía bien fundamentada en los datos arqueológicos. Pero pronto comenzaron a surgir dudas. Algunos investigadores, por ejemplo, señalaron que del total de 36 especies de grandes animales que se extinguieron en aquel entonces, sólo dos —el mamut y el mastodonte— eran objeto de cacería regular y en gran escala. Otros, por su parte, hacían notar que en la época de la extinción hubo importantes cambios en el clima que pudieron haber afectado a la fauna, de igual manera que perjudicaron a algunos grupos humanos de los que se perdió casi todo rastro arqueológico a partir de esos eventos climáticos.

Estos son los grandes animales que poblaban Norteamérica hasta hace unos miles de años y de cuya rápida extinción llegó a culparse a los primitivos habitantes nómadas de la región. Recientes investigaciones, sin embargo, han fortalecido la hipótesis de que las causas de su desaparición fueron otras, todavía no muy claras, y nuestros ancestros no tuvieron responsabilidad en el asunto.

Y ahora, un estudio, publicado en la revista Quaternary Science Reviews, parece exonerar en definitiva a nuestros lejanos antepasados. No fueron ellos —dicen los autores del estudio— quienes acabaron con los grandes animales del Pleistoceno, sino el clima. O, más exactamente, un período de intenso frío.

En realidad, al examinar en detalle los registros climatológicos, arqueológicos y paleontológicos, se observa que en Norteamérica la declinación de las poblaciones de mamuts, tigres, osos gigantes y demás animales ahora extintos, comenzó antes de la llegada del hombre a esa región.

Los fechamientos con la técnica llamada del carbono 14, muestran que en el noreste de lo que ahora son los Estados Unidos y el sureste de Canadá, hubo una marcada declinación de la megafauna hace poco más de 14 mil años, cuando aún no llegaba el hombre a esa región. Al cabo de unos 500 años se produjo una recuperación de las poblaciones de animales, pero luego hubo un nuevo descenso —ese sí irreversible y definitivo— hace unos 12 700 años, justamente después de la llegada de los primeros cazadores. Pero, de todos modos, humanos y grandes animales siguieron coexistiendo por mil años antes de la extinción total. Y un detalle interesante es que las excavaciones arqueológicas no muestran indicios de que en ese período de coexistencia hubiera habido una matanza extraordinaria de animales.

Por otro lado, en la misma época en que aparecieron los primeros seres humanos en aquella región, se inició un período de intenso frío que duró 1 300 años, hasta que hace poco más de 11 mil años la temperatura comenzó a ascender y se estableció un clima benigno que continúa hasta la fecha.

Y —cosa muy importante— para cuando llegaron los cazadores, ya las poblaciones de grandes animales habían disminuido drásticamente, entre un 75 y un 90 por ciento. Esto implica que se había llegado a un punto en que la declinación continuaría inevitablemente, sin que el ser humano hubiera tenido arte ni parte en el asunto.

Si bien el estudio a que nos referimos se realizó en el noreste de Estados Unidos, puede suponerse que una situación semejante se dio en la región central y el suroeste de aquel país, así como en México. En nuestro caso, en el de la península de Yucatán, no hay indicios de que hubiera habido grandes bandas de cazadores capaces de influir sensiblemente sobre la megafauna, y sin embargo ésta desapareció al igual que en otras regiones.

De modo, pues, que nuestros ancestros pueden considerarse exonerados de la acusación de haber exterminado a los grandes animales.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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