Patricia Santos, la amante del pantano

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Sobran historias de amores y desamores, algunas bastante cursis y otras insólitas. Pero que una mujer declare su amor a un ecosistema, resulta totalmente fuera de lo común. Por eso hoy hablaremos de Patricia Santos González, bióloga, especialista en manejo y conservación de humedales, y su declarado amor por el pantano.

No se trata, empero, del clásico flechazo, de un amor a primera vista, sino producto de una larga, íntima y muy singular relación que se ha prolongado por más de cinco años y tuvo como resultado la rehabilitación de un manglar que parecía arruinado, si no para siempre, al menos por muy largo tiempo.

En estas difíciles condiciones —entre el lodo y una maraña de ramas y troncos muertos— ha habido que trabajar durante más de cinco años para transportar semillas, plantas, personal, maquinaria, herramientas, combustible y toda clase de insumos, abrir canales y eliminar vegetación invasora. Las dificultades se acrecentaron porque los jornaleros contratados, que eran hombres de campo, albañiles y otro tipo de trabajadores “terrestres”, nunca habían trabajado en un ambiente que es mitad agua y mitad fango. Abajo, derecha, Patricia Santos.

 

Por Juan José Morales

La historia —que la propia protagonista relata en Ubérrima, Revista Latinoamericana de Fruición como la propia publicación se denomina— comenzó con el huracán Wilma, que azotó el norte de Quintana Roo en 2005 y entre otras consecuencias dejó cuatro mil hectáreas de manglar devastadas en el sistema lagunar Nichupté de Cancún. En el borde de la laguna, el manglar murió por completo y en los siguientes tres años su recuperación fue tan lenta que los expertos llegaron a la conclusión de que tardaría no menos de un cuarto de siglo en recobrar su verdor y frondosidad.

Justamente entonces, en 2008, se decretó la creación del Área de Protección de Flora y Fauna Manglares de Nichupté, que abarcaba el manglar destruido. Por sus conocimientos de ecología costera, Patricia fue nombrada encargada de la nueva reserva y se le planteó el desafío de intentar la resurrección del manglar muerto.

Ciertamente, sería un trabajo muy arduo. Si bien existían algunas experiencias de repoblación de manglares en la costa mexicana del Pacífico y en el estado de Yucatán, había mucho más interrogantes que respuestas en cuanto a cómo debería acometerse la empresa. Por otro lado, quien haya entrado alguna vez a un manglar, sabe muy bien lo difícil que es simplemente caminar entre esa maraña de raíces y ramas, sobre un fondo fangoso y a menudo con el agua hasta la cintura o el pecho. Moverse ahí exige fuerza y condición física, y hay que hacerlo además en un ambiente húmedo, caluroso, sofocante, bajo el acoso de nubes de mosquitos, siempre expuesto a la cáustica resina de los árboles de chechem negro y al riesgo de toparse con alguno de los cientos de cocodrilos que habitan Nichupté.

“El pantano apestoso era el reto —relata Patricia—, y éste se me desplegaba en varios niveles: como bióloga, como mujer, y como funcionaria implicada en una importante responsabilidad. Hubo que estudiar el caso, tomar decisiones, capacitar trabajadores, enamorar a otros.”

Por principio de cuentas, tuvo que poner el ejemplo. Los jornaleros contratados para el trabajo se resistían a meterse al manglar. Nunca lo habían hecho, y temían a las serpientes, las medusas urticantes, las arenas movedizas y otras ignoradas amenazas que pudiera haber en aquellas aguas. “A ver échese usted primero bióloga”, le pedían. Y se echó. “No había de otra”, escribe.

Después de casi seis años de esfuerzos —demasiados para poder resumirlos en las pocas líneas de este artículo— los resultados están a la vista. Se han reforestado exitosamente más de 60 hectáreas con 360 mil plantas de mangle, que tienen más de 80% de sobrevivencia promedio anual. Para restablecer los flujos de agua trastocados por el huracán, se abrieron canales en diez zonas, y además se eliminaron más de 2 400 árboles del llamado pino de mar, Casuarina equisetifolia, una especie invasora extremadamente dañina procedente de Australia y Nueva Zelanda que desplaza a la vegetación nativa, inclusive el manglar.

El buen éxito de aquel denodado pero poco o nada conocido trabajo —realizado lejos de la mirada del público— queda de manifiesto en forma del reverdecimiento del área impactada y su gradual repoblación por la fauna que la había abandonado ante la falta de refugio y alimento.

Satisfecha con los resultados, Patricia Santos concluye su artículo con estas palabras: “Por todo esto y muchas, muchas cosas más, me manifiesto amante del pantano. Bienvenidos quienes deseen conocerlo.”

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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