El celibato sacerdotal, institución inamovible

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Aquel viejo chiste —”A los curas, todos les dicen padre, excepto sus hijos, que los llaman padrino”—, refleja muy bien la realidad de muchos miles de curas para quienes el celibato sacerdotal es una ficción y tienen vida sexual e incluso concubinas, usado este término con todo respeto para las mujeres en tal situación, que legalmente no pueden ser llamadas esposas aunque de hecho lo sean.

Por Juan José Morales

La demanda de eliminar el celibato se escucha cada vez con más fuerza. Ejemplo de ello es este libro de Antonio Cerezal Caballero, antiguo sacerdote jesuita que sufrió en carne propia esa imposición y tras colgar la sotana decidió dar a conocer sus puntos de vista —y los de otros muchos sacerdotes— sobre la cuestión.

El asunto viene a cuento con motivo de la carta en que 26 mujeres en tal situación —parejas de sacerdotes— piden al Papa Francisco que ponga fin al celibato. Un hombre obligado a él, dice la misiva, “es algo que va contra natura. Si se permitiera que los sacerdotes que así lo deseen puedan casarse se acabaría con muchos sufrimientos y se haría un gran bien a la Iglesia”.

Dudo mucho que el pontífice, por audaz, avanzado y progresista que se le considera, se atreva a dar semejante paso. El celibato sacerdotal no es, como muchos creen, una cuestión de moral, sino de pesos y centavos.

Busca proteger, conservar y acrecentar las riquezas de la Iglesia. Y al decir riquezas, no hablamos de altares recubiertos de oro o valiosas obras de arte, sino a los muchos negocios propiedad del Vaticano y las diversas órdenes religiosas.

Contra lo que muchos creen, no siempre se exigió el celibato a los sacerdotes católicos. San Pablo sólo pedía que los obispos y diáconos fueran “casados una sola vez”, o “maridos de una sola mujer”. Fue hasta el primer concilio de Letrán, en 1123, cuando se estableció el celibato, pero no como total abstención sexual sino sólo en el sentido de no contraer matrimonio y por lo tanto tener hijos “legítimos”, con plenos derechos de herencia sobre los bienes de sus progenitores. Pero esto no excluía el concubinato, que era aceptado por la Iglesia y durante los siglos siguientes fue una práctica normal entre curas, obispos, arzobispos, cardenales y papas.

O sea, por más de mil años la Iglesia no consideró las relaciones sexuales actos pecaminosos que debían eludirse. Las aceptaba, y cuando comenzó a hablar de abstención, sólo pretendía que los sacerdotes no tuvieran hijos dentro del matrimonio, para así asegurar que las riquezas atesoradas por la propia Iglesia siguieran siendo propiedad de ella y no pasaran a manos de los herederos de los clérigos de cualquier nivel, desde simples párrocos hasta papas.

Después se dio un paso adelante y el concepto de celibato se trocó en castidad, que ya implica la abstinencia sexual y no sólo la prohibición de contraer matrimonio. Uno de los tres votos o juramentos que hacen los sacerdotes católicos al ordenarse, es precisamente ese: el de castidad. Los otros son los de pobreza y de obediencia. Estos votos, aunque distintos en apariencia, están estrechamente relacionados entre sí y contribuyen a mantener la solidez y unidad de la Iglesia como institución.

La represión sexual hace que el individuo se vuelva más proclive a la sumisión y el respeto a sus superiores jerárquicos, cosa muy importante en una institución estructurada verticalmente y bajo métodos de disciplina ciega y férrea como es la Iglesia. Desde luego, existe la posibilidad de ceder a las tentaciones de la carne, pero en tal caso, la transgresión del voto de pureza sexual usualmente no conduce a una rebeldía del sacerdote que la comete, sino —al contrario— a mayor sometimiento a la autoridad, derivado del sentimiento de culpa.

En cuanto a los vínculos entre el voto de pobreza y el de castidad, hay que recalcar que la pobreza a que se compromete el sacerdote al ordenarse es sólo de carácter personal, no institucional. Como individuo, no puede apropiarse de las riquezas que consiga, pero sí está obligado a entregarlas a la Iglesia, que como institución, las atesora. Y la imposibilidad de tener esposa e hijos contribuye a garantizar que esos bienes eclesiásticos no vayan a dar a manos de nadie en particular.

Como se ve, hay muchas y muy buenas razones para que el Santo Padre no piense siquiera en la posibilidad de eliminar el celibato sacerdotal.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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