Aún no terminan los apuros de la ballena

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Hace algunas semanas comentamos el encallamiento de una enorme ballena azul muerta en el pueblecillo de Trout River, en Terranova, Canadá. Prometimos entonces darle seguimiento al asunto, ya que hasta ese momento no se sabía cómo resolver el peliagudo problema de deshacerse de aquel colosal cadáver hinchado por los gases de la putrefacción y a punto de explotar.

Pues bien, los lugareños ya pueden —literalmente— respirar tranquilos: científicos del Museo Real de Ontario solucionaron el asunto envolviendo con una gran red el cuerpo de 23 metros y más de cien toneladas —previamente perforado para desinflarlo— a fin de que no se desintegrara durante las operaciones y remolcándolo cuidadosamente lejos del lugar.

Para remolcarlo lejos del pueblo sin que se deshiciera, el cadáver putrefacto fue envuelto en una red. La ballena azul, así llamada por el color de su piel —fuera del agua es más bien gris azulado— es el mayor animal que jamás haya existido. Puede alcanzar 30 metros y 180 toneladas. Se estima que en todo el mundo sólo quedan entre 12 mil y 20 mil ejemplares debido a la intensa cacería de que fue objeto mucho tiempo para aprovechar su aceite y su carne. Se calcula que tan sólo en los primeros 60 años del siglo XX fueron muertas 360 mil.

Ahí, con calma, y usando las mismas técnicas empleadas en tiempos pasados por los tripulantes de los buques balleneros para descuartizar sus presas, destazaron el animal, sepultaron los restos de piel, carne y grasa, desarticularon el esqueleto, recobraron todos los huesos y comenzaron a limpiarlos para luego llevarlos al museo e incorporarlos a las colecciones. No hay planes concretos para armar el esqueleto y exhibirlo, pero quizá finalmente se haga. También se tomaron muestras de tejidos del cadáver para estudiarlos y obtener información científica.

Sobra decir que la operación resultó mucho más difícil y complicada que el trabajo de los balleneros del pasado, pues a diferencia de éstos, que trabajaban sobre animales recién muertos, en este caso los restos se hallaban en avanzado estado de descomposición. Y sobra decir también que la pestilencia era terrible, aunque el viento fue bastante favorable y ayudó a disiparla. Pero finalmente todo terminó bien.

Ahora bien: el encallamiento en Trout River no fue el único, aunque sí el más notable por haber ocurrido en un lugar habitado y puesto en un predicamento a los lugareños con el hedor de aquella pútrida masa. En lo que va de este año recalaron en diversos sitios de la costa canadiense un total de nueve ballenas azules muertas. Es una verdadera hecatombe, tomando en cuenta que —según estiman los biólogos— ya sólo quedan en el Atlántico del norte unas 250 ballenas de esa especie, la Balaenoptera musculus. La población sencillamente no ha podido recuperarse después de las matanzas realizadas por los balleneros durante los siglos XIX y principios del XX y de que su caza fuera prohibida por un acuerdo internacional en 1966.

Tal vez el examen de los restos, así como los de las otras ballenas muertas, pueda arrojar pistas sobre las causas de tan desacostumbrada mortalidad. Incluso, hay planes para rescatar el cadáver de otra ballena encallada no muy lejos y estudiarla de manera similar para acopiar más información.

Dado el escaso número de ballenas azules en el Atlántico septentrional y la amenaza de extinción que pende sobre tan reducida población, no puede menos que resultar preocupante el hecho de que de esas 250 sobrevivientes nueve hayan muerto en tan corto tiempo, en ignoradas circunstancias y por causas desconocidas.

Por eso puede decirse que, si bien los apuros de la ballena ya terminaron para los habitantes de Trout River, para la propia ballena azul aún no terminan.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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