Los apuros de la ballena, en Canadá

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Lo que se ve en la foto que ilustra estos comentarios es una ballena azul de casi 25 metros de largo muerta, encallada frente a la pequeña población de Trout River en Terranova, Canadá. Pero bien podría también decirse que es una bomba de tiempo. Una bomba que de estallar —y todo indica que finalmente eso ocurrirá— dejará el pueblo envuelto en insoportable hedor y cubierto de restos putrefactos.

Por Juan José Morales

Esto que parece un gran globo de feria, es la ballena azul muerta que encalló frente al pueblecillo costero de Trout River en Canadá, y que, hinchada por los gases de la descomposición acumulados en su interior, amenaza con explotar en cualquier momento y esparcir sus restos malolientes por la población.

Quien haya sentido la pestilencia de un gato o un perro muerto, puede imaginar cómo olerán 60 toneladas de carne podrida, y lo que significa un cuerpo de semejante tamaño que se hincha gradualmente a medida que se acumulan en su interior metano, amoníaco y otros gases producto de la descomposición, que no sólo son malolientes sino también inflamables.

Si hoy hemos dedicado nuestra columna a este asunto, es por tres razones: porque se trata de un hecho curioso, porque incidentes de este tipo ocurren con cierta frecuencia, y porque nos recordó el cuento Los Apuros de la Ballena, de un buen amigo, Dámaso Murúa, autor de excelentes relatos sobre pescadores.

Según las noticias de prensa, en las costas canadienses ha habido en un mes tres encallamientos de grandes ballenas muertas, aunque sólo uno en un lugar habitado. Y los habitantes de Isla Mujeres, en Quintana Roo, recuerdan que allá por 1995 recaló en la rocosa costa oriental de la isla una orca muerta y ya en proceso de descomposición, y que destazarla para enterrar sus restos fue una difícil tarea que corrió principalmente a cargo de marinos de la armada, que desde luego no estaban habituados a tales menesteres.

Por lo que toca a su cuento, Dámaso Murúa describe la inicial alegría de los habitantes de un pueblo costero, que reciben como regalo del mar el cadáver de una ballena encallada, pues nunca habían tenido tanta carne a su disposición. Pero pronto se percatan de que, por hambrientos y voraces que sean, no podrán consumirla toda, y ven cómo pronto empieza a pudrirse, amenazando con volver inhabitable el lugar por el insoportable hedor. Se enfrentan entonces a la titánica tarea de arrastrar semejante mole lejos de ahí para librarse de lo que ya se ha vuelto un indeseable obsequio.

Incapaces de llevar la ballena lejos del pueblo, encuentran finalmente la única solución posible: llevar el pueblo lejos de la ballena.

Ignoro cómo resolverán su problema los habitantes de Trout River. O si para cuando se publiquen estas líneas la ballena ya habrá estallado. Pero el hecho es que ni la gente del lugar, ni las autoridades, ni los científicos, sabían cómo afrontar la situación.

Parece que la primera medida será perforar el cadáver, para permitir que escapen los gases y aliviar la presión en su interior. Pero después de eso no saben qué hacer. Sepultarla resulta demasiado problemático. Remolcarla hacia el mar no parece muy recomendable, pues esa mole flotante podría convertirse en un peligro para la navegación, o simplemente ser de nuevo arrastrada hacia otro punto de la costa, o al pueblo mismo nuevamente.

También parece haberse desechado la sugerencia de volarla con dinamita para luego recoger los restos más fácilmente. En un caso semejante en 1970, en un pueblo del estado norteamericano de Oregon, la explosión dispersó los trozos de carne tan ampliamente que recogerlos fue muy difícil. Además, un pedazo muy grande cayó sobre un automóvil y lo aplastó por completo.

En fin, estaremos atentos al desenlace de esta peculiar historia.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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