Historias de dos pillines

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Hubo una vez un comentarista y reseñista de libros que al prologar uno, habló maravillas del texto y del autor; semanas más tarde reseñó ese mismo libro para un suplemento cultural, donde señaló defectos de estructura, de lenguaje, objeto la trama; cuando el autor le preguntó por qué las distintas versiones, contestó que el prólogo lo había escrito como parte de su chamba, y lo que publicó en el periódico era su opinión.

Los autores jóvenes, cuando publicaron sus primeros libros, recibieron una llamada del crítico que, a manera de entrevista, preguntaba por sus influencias, sus propósitos, sus lecturas, le aclaraban el sentido de su obra, sus ambiciones; y cuando pensaban que estaba por aparecer una entrevista con sus respuestas, lo que veían era una reseña en la que el crítico se apropiaba de las respuestas, como si fueran sus argumentos para hacer una crítica; críticas que lo llevaron a ser considerado el mejor crítico de México, en opinión de él mismo, y no tuvo empacho para proclamarlo por escrito. Con ese epíteto, que se creyó sin dudarlo ni ruborizarse, quiso crear prestigios y destruir reputaciones, pero también falló. Falló al equivocarse y rechazar, para su publicación, obras que fueron consagradas por los jurados de diversos premios, por la crítica, y sobre todo por los lectores. No le quedó más remedio que seguir haciendo el ridículo y, entonces, decir que navegaba contra la corriente.

Tuvo aciertos, desde luego: hizo varias veces la misma antología, y con el buen gusto de excluirse de ellas, como lo hizo notar José Emilio Pacheco, quien le aplaudió y agradeció esa medida; la fama de impulsar a los escritores jóvenes le dio otro prestigio, que sin embargo le escamoteó a quienes confiaron en él, le dieron libertad para crear colecciones, que sus mismos jefes le sugerían, y luego hizo creer que las inventó. Pasó a la historia con méritos que fueron de otros, pero su obra real no es digna de compilarse; si se hiciera, se vería que tuvo pocas ideas, que sus lecturas fueron planas, sin imaginación, repetitivas, y llevadas por sus simpatías y sus muchas antipatías; sus amigos de la juventud, a los que aparentemente encumbró con sus reseñas y entrevistas, cuando se negaron a contestar las impugnaciones que le hicieron autores que lo refutaron, los convirtió en sus enemigos, y entonces negó sus méritos y, también contra la corriente, los atacó, los minimizó, mientras la crítica mundial los encumbraba. Puede que haya sido sincero: no le entendió a esa obra. Terco, llegó a ser sincero: se negó a elogiar lo que no entendía; se redujo al silencio, o mejor, se convirtió en biógrafo de sí mismo, con mucho éxito: publicó varias veces su autobiografía, sin cambiarla, ampliarla o mejorarla, en diversos periódicos.

Su silencio posterior fue su mayor éxito: se llevó el prestigio de haber sido el mejor crítico, soportó que lo denunciaran, que lo balconearan, que lo expusieran; como nadie lo leía, como ya no se arriesgaba, terminaron por creer que fue rudo, que puso puntos sobre íes, que calificó a los escritores con rigor y justicia y que no tuvo miedo a nadie.

Otro pillín: promete y promete, y nada de nada. Pero sus esfuerzos sólo mostrarán lo enclenque que es.

 

Tengo muy pocas, pero muy valiosas, primeras ediciones de Efraín Huerta. Me consuela que son buenas ediciones.

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