El fracking hace peligrar el agua

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Quienes vivimos en la península de Yucatán, donde bajo la superficie se encuentra uno de los mayores depósitos subterráneos de agua del mundo y no hay mayores problemas para obtenerla, a menudo perdemos de vista que México es esencialmente árido y semiárido, y que en que la mitad norte del país se padece una permanente escasez de lo que la trillada expresión denomina “el vital líquido”.

Pero, paradójicamente, es sobre todo en esas zonas en que el agua es tan escasa, donde el gobierno de Peña Nieto planea permitir a las petroleras transnacionales la producción del llamado gas de esquisto o de pizarra; shale gas como se le denomina en inglés. Y para extraer ese combustible, no sólo se emplean enormes volúmenes de agua sino también una gran cantidad de compuestos químicos que pueden contaminar los mantos acuíferos.

El método utilizado para obtener gas de esquisto —que se encuentra atrapado en formaciones geológicas profundas— es el que se conoce como fracking o fractura hidráulica. Consiste en perforar un pozo de más de 2,500 metros de profundidad, que luego se extiende horizontalmente para introducir por él agua con una mezcla de casi 600 sustancias químicas diversas y ejercer presión a fin de fracturar las rocas y permitir que se libere el gas. En el curso de la vida útil de un pozo, la operación de fractura puede repetirse hasta 18 veces.

El principal problema con este procedimiento, es la gran cantidad de agua que exige, cosa inaceptable en lugares donde es muy escasa, ya no sólo para la agricultura y la industria, sino hasta para consumo humano. Ciertamente, se dice que podría utilizarse agua de acuíferos con alto contenido de sales, impropia para consumo agrícola, industrial o humano. Pero además de que no siempre se le encuentra, persiste el riesgo de contaminación de los acuíferos de agua dulce, pues el agua cargada de sustancias tóxicas usadas para el fracking —la cual en un 80% se queda en el subsuelo— podría difundirse por las fracturas naturales y las provocadas por la propia operación, hasta alcanzar los acuíferos. De hecho, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos ya ha detectado este tipo de contaminación en agua para uso doméstico en zonas del estado de Wyoming donde se perforaron pozos para extraer gas de esquisto.

Hay asimismo otros peligros, como el de sismos locales causados por las fracturas, contaminación por accidentes de los vehículos usados para transportar las sustancias tóxicas hasta los pozos, contaminación atmosférica con metano que escapa de los pozos, y desde luego el deterioro del paisaje, convertido en un erial.

Tan riesgoso es el fracking para el medio ambiente, que para poder autorizar esa práctica en Estados Unidos, las autoridades tuvieron que eximir a las empresas petroleras de cumplir las normas sobre calidad del aire y del agua potable, y se les dieron otras muchas facilidades de que no gozan otras industrias. Ni siquiera están obligadas a revelar qué sustancias químicas le adicionan al agua inyectada. Sencillamente, se les dio un trato de excepción, a costa del medio ambiente.

Este es el tipo de “progreso” que busca el gobierno de Peña Nieto con la llamada reforma energética y la supuesta modernización de nuestra industria petrolera.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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