Los Legionarios de Cristo y la obediencia perfecta

0

Pensábamos que quizá la siniestra congregación de los Legionarios de Cristo movería una vez más sus influencias políticas y económicas —como lo hizo varias veces a fin de proteger y encubrir a su fundador, el pederasta, bígamo, falsificador y otras lindezas, Marcial Maciel—, para tratar de impedir la exhibición, programada a partir del primero de mayo en 800 salas de todo el país, de la cinta Obediencia perfecta, que se refiere precisamente a las tropelías de Maciel. (Si lo hicieron afortunadamente no tuvieron éxito.)

Por Juan José Morales

Un aspecto de la filmación de Obediencia Perfecta, cinta sobre el delincuente Marcial Maciel dirigida por Luis Urquiza y con Juan Manuel Bernal, Claudette Maillé, Alfonso Herrera, Juan Ignacio Aranda, Luis Ernesto Franco, Sebastián Aguirre y Alejandro de Hoyos en los papeles principales. En cartelera.

El título es muy adecuado. Como decimos en nuestro libro Divinos Negocios, Maciel supo desarrollar métodos para manipular las mentes de los jóvenes a quienes los Legionarios reclutan para sus seminarios, a tal punto que los convierten en obedientes autómatas, que acatan fiel y ciegamente los dictados de sus superiores y para quienes dejan de existir familia, amigos, sociedad o nación y finalmente no hay más mundo que la congregación y sus dictados.

Decimos en el capítulo El manejo de las mentes del libro:

“Una vez seleccionado algún jovencillo que por sus rasgos de personalidad y carácter se considera buen candidato al sacerdocio, y tras convencer sus padres de permitirle ingresar al seminario, se le envía a otro país, muy lejos de su ciudad natal y del ambiente social y familiar en que se ha desenvuelto hasta entonces. Ahí se le recluye en un seminario y durante los primeros tres o cuatro años no puede recibir visitas de nadie en absoluto. Únicamente se le permite hablar por teléfono con sus padres y hermanos tres veces al año, en fechas establecidas de antemano, por no más de 30 minutos en cada ocasión y desde el propio seminario, para que su conversación pueda ser escuchada en una extensión.

“Al seminarista se le mantiene casi totalmente aislado del mundo exterior, con su vida enteramente regulada, sin permitirle contacto ni siquiera con su propia familia y sin poder leer u oír más que publicaciones y emisiones de radio y TV autorizadas por sus superiores.

“Tampoco puede visitar a su familia. Su mundo se reduce al de sus compañeros y maestros, y su vida está enteramente programada hasta el mínimo detalle día a día, desde que amanece hasta que se va a la cama, con horas fijas para comer, asearse, tomar clases, estudiar, rezar o ejercitarse, sin que le quede un minuto libre para meditar, reflexionar o hablar con alguien ajeno a ese cerrado círculo.

“Ni siquiera en las vacaciones tiene oportunidad de salir de ese ambiente totalmente controlado. Las toma en grupo, con sus compañeros y maestros del seminario y también conforme a un programa de actividades planeado al detalle, minuto a minuto. Todos se alojan en el mismo sitio, comen a la misma hora, nadan en el mismo lugar y por el mismo lapso, hacen caminatas y paseos juntos, rezan juntos, se acuestan y se levantan a horas prefijadas, y prácticamente en ningún momento se deja sin vigilancia a nadie. Ni siquiera mientras duermen. Siempre están en compañía de alguien y bajo el ojo vigilante de un superior, que escucha todas sus conversaciones, sin que el joven pueda alejarse de sus compañeros un solo momento.

“No se les permite siquiera conversar entre sí, salvo en cierto momento del día al cual se le llama “la quiete”. El seminarista está obligado a avisar si llama a alguien, informar al superior sobre lo que le cuenten, no moverse de los lugares establecidos e ir siempre con un compañero a cualquier sitio.

“Así pasan los 15 años que dura su formación como sacerdote. Para el futuro legionario, dejan de existir familia —a la que sólo se permite visitar una vez cada siete años—, amigos, conocidos, ciudad natal, patria y, en pocas palabras, el mundo exterior. Su universo se reduce a la Legión. Se le moldea en todos los aspectos de su vida, hasta que termina mentalmente atrapado, incapaz de salir de esa prisión sin rejas, de ese círculo en que se le ha confinado.

“Bajo este tratamiento, el joven termina perdiendo su propia identidad y personalidad para convertirse en un simple engrane de la maquinaria de la Legión, de la cual se siente parte, en la cual encuentra todo lo que forma su vida, y es incapaz de abandonar por el temor a enfrentar el mundo desconocido que hay fuera de la congregación, que le da todo y a la vez nada, pues todo lo que usa y consume, inclusive la ropa que lleva puesta, es propiedad de la Legión.”

Así, funcionando como una secta, la Legión de Cristo logra la obediencia perfecta de sus miembros.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Expresa tus ideas

Quieres tener tu propia personalidad?...
consigue tu gravatar!