¿Es usted partidario de la pena de muerte?

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Tras la escueta noticia de la Agencia France Presse publicada en marzo pasado de que en Japón se juzgará nuevamente a un hombre condenado a muerte cuya ejecución ha estado en suspenso más de cuatro décadas y media, se esconde un increíble drama que debe hacer reflexionar sobre la pena de muerte, ese castigo considerado por muchos cruel e inhumano pero del cual es entusiasta partidario el llamado Partido Verde Ecologista de México.

Por Juan José Morales

El sentenciado en cuestión es Iwao Hakamada, un obrero —ahora de 78 años de edad— que en 1968 fue sentenciado a la horca por considerársele culpable del asesinato de una familia de cuatro personas. Siempre, sin embargo, sostuvo su inocencia e incluso uno de los tres jueces que lo sentenciaron renunció poco después convencido de que se había cometido una injusticia. De hecho, las pruebas en su contra eran muy débiles —ahora se ha comprobado que algunas incluso fueron fabricadas por la policía—, y el fallo de culpabilidad se basó casi exclusivamente en su confesión, arrancada tras un intenso interrogatorio que duró 20 días continuos, durante los cuales dijo haber sido golpeado. Tampoco contó con un abogado.

La horca es el símbolo más común de la pena de muerte, pero hay una gran variedad de formas de ejecución, a cual más inhumana y brutal, lo mismo la lapidación que se aplica conforme a la ley islámica, que la hoguera de leña verde —predilecta de la Santa Inquisición católica—, el garrote vil —tan querido por Francisco Franco—, el fusilamiento o la sangrienta decapitación en la guillotina, que todavía se utilizaba en la civilizada Francia en la década de los 70 del siglo pasado.

Desde entonces, y por más de 45 años, Hakamada permaneció encerrado en una celda diminuta, en confinamiento solitario, totalmente aislado del mundo exterior, sin más contacto que con sus carceleros, sometido a la espantosa tortura sicológica de despertar cada mañana sin saber si ese sería el último día de su vida, y esperando a cada momento, hora tras hora, día tras día, que el verdugo se presentara a la puerta de su celda para llevarlo al patíbulo.

Y es que en Japón a los condenados a muerte —ocho fueron ahorcados el año pasado y 130 más esperan serlo— no se les informa cuándo se cumplirá la sentencia. “Para no perturbar su tranquilidad de espíritu”, se les mantiene en prisión solitaria por largo tiempo, sin el menor contacto con el resto del mundo y sin ver a más seres humanos —fuera de sus familiares próximos— que los carceleros. Esa situación se prolonga en promedio más de siete años, pero en ocasiones por décadas. Y cuando finalmente se decide llevarlos al cadalso, la orden se cumple de inmediato, sin darles oportunidad siquiera de ver por última vez a sus parientes. Simplemente, se les informa que ha llegado el momento tan temido, se les saca de su celda y se les conduce directamente al sitio de la ejecución. Justicia rápida y expedita, dirían algunos.

Así, como señalamos, Iwao Hakamada pasó más de 45 años, durante los cuales su hermana no cejó de luchar tenazmente por su libertad. No es de extrañar que cuando —tras la decisión del tribunal de someterlo a nuevo juicio— salió de la prisión, lo hiciera totalmente confundido, desorientado, sin creer lo que sucedía, casi incapaz de caminar y con evidentes síntomas de demencia. Creo que la brutal tortura sicológica de haberlo mantenido por más de cuatro décadas y medio —toda una vida, desde su juventud hasta la ancianidad— con la angustia de no saber si cada amanecer sería el último que vería, resultó finalmente peor que si se le hubiera ejecutado de inmediato.

Lo vivido por este hombre debe hacer reflexionar a quienes de buena fe son partidarios de la pena de muerte, y a quienes se dejan convencer por los politiquillos que quieren ganar votos ofreciendo “mano dura” contra la delincuencia. La historia abunda en casos, plenamente comprobados, de que la pena capital, por su naturaleza misma, lleva a cometer injusticias no sólo graves sino irreversibles. Y, como lo demuestra el caso de Hakamada, mantener al condenado en una interminable espera equivale a un castigo igual o peor que la muerte misma.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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