Octavio Paz… El centenario de un Nobel mexicano

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El 31 de marzo se cumplen cien años del nacimiento de Octavio Paz. Entre las festividades planeadas para festejarlo podemos contar la cancelación de un timbre postal y la emisión de un billete de lotería. La Cámara de diputados declaró 2014 el año de Octavio Paz. El domingo 23 habrá un paseo cultural por los lugares donde transcurrió la infancia y juventud del poeta (en Mixcoac).

Por su parte, el Colegio Nacional llevará a cabo el encuentro intelectual Octavio Paz y el mundo del siglo XXI, los días 27 y 28 de marzo. Este evento se compone por las conferencias Octavio Paz en la historia de México, Revuelta, rebelión, revolución: Ayer y hoy, Fanatismos de la identidad, La democracia en el orbe iberoamericano y La letra y el cetro: los intelectuales y el poder.

Por Guillermo Velasco Tapia

Entre los participantes en estas conferencias están David Brading, Enrique Krauze, Miguel León-Portilla, Hugh Thomas, Adolfo Castañón, Héctor Aguilar Camín, Ian Buruma, Norman Manea, Jean Meyer, Aurelio Asiain y Juan Goytisolo entre muchos otros. La cita es en Luis González Obregón No. 23, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. La entrada es libre.

También el Fondo de Cultura Económica y el INBA tienen programadas actividades conmemorativas durante este mes. Clío TV ha preparado cuatro programas: dos sobre la vida del poeta y dos enfocados en su obra. La revista Letras Libres de marzo está dedicada al Nobel de Literatura.

Octavio Paz nació en la Ciudad de México en el año de 1914. Vivió en Mixcoac hasta los diecisiete años. En este periodo leyó a los grandes escritores del mundo en la biblioteca personal de su abuelo Irineo Paz, que lo alentó, guió e influyó.

Paz estudió en la Escuela Nacional Preparatoria en el Antiguo Colegio de San Ildefonso. Podemos rastrear su vida de estas dos épocas en los poemas Pasado en claro y Nocturno de San Ildefonso, respectivamente.

Publicó sus primeros poemas en la revista Barandal (1931). Dirigió las revistas Taller en 1939 y, en 1943, Hijo pródigo. A partir de la experiencia que le dejó la Guerra Civil Española escribió el poemario No pasarán (1936). En 1944 recibió la beca Guggenheim, por lo que pasó un año en Estados Unidos. Entró al Servicio Exterior Mexicano en 1945 y viajó a París.

Los libros que lo convierten en figura literaria son: Libertad bajo palabra (1949) El laberinto de la soledad (1950), Águila o sol (1951) y El arco y la lira (1956).

Octavio Paz fue un intelectual, poeta y ensayista de gran erudición. Observó el mundo y sus fenómenos de manera profunda y amplia. Desarrolló los temas que le importaron, cuidadosa y extensamente. Con su gran cultura y su enorme capacidad lectora construía sus textos bajo argumentos sólidos y sorprendentes puntos de vista (por su observación aguda y no por descabellados). Así nos dio una mirada global y universal de los asuntos que abordó.

De entre muchos, hay elementos que siempre aparecen en sus análisis y cavilaciones, como las razones psíquicas, psicoanáliticas y sociológicas, los marcos históricos y aun los antecedentes más remotos de que tuvo noticia. Por ejemplo cuando nos habló de la juventud de Sor Juana en la Corte Virreinal (Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe) nos llevó de los sentimientos de la joven criolla a la invención del amor occidental por los griegos y Platón. Son tantas las fuentes que utilizó que al leerlo nos deja la sensación de que logró abarcarlo todo, que encontró la esencia del asunto. Tiene una visión lúcida del Mundo.

Parte de su trabajo lo dedicó a la crítica de arte. Escribió sobre Marcel Duchamp, Claude Levi-Strauss, Sor Juana Ines de la Cruz. En Los privilegios de la vista abarcó el arte prehispánico hasta llegar al moderno. Nos habló de José María Velasco, José Guadalupe Posada, Dr. Atl, Diego Rivera, Ángel Zarraga, Luis Barragán, Manuel Álvarez Bravo, Remedios Varo, Carrillo Gil, Gunther Gerzso, Juan Soriano, Pedro Coronel, Alberto Gironella, Manuel Felguérez y José Luis Cuevas, por mencionar algunos.

Como embajador de México en la India, se empapó y absorbió la cultura y religión de este enigmático y carismático país. De este descubrimiento surgieron El mono gramático y Vislumbres de la India.

A partir de 1968, cuando renunció a su puesto diplomático como protesta por la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, se convirtió en la voz cantante en el ámbito intelectual mexicano. De ahí hasta su muerte, en abril de 1998, dominó la escena pública. Se convirtió en el caudillo cultural de México de la segunda mitad del siglo XX, un gigante intelectual crítico del sistema que siempre opinó sobre la situación política de país.

Afortunadamente (Octavio Paz lo pensaría igual) siempre tuvo opositores. En su juventud se inclinó por la izquierda. Sus juicios y opiniones, no siempre favorables, terminaron por alejarlo de este bando político. Nunca lo perdonaron. En una protesta contra la embajada de Estados Unidos quemaron una efigie del poeta, por unas declaraciones suyas contra la revolución sandinista.

En el ámbito intelectual también contó con grandes detractores. El más fervoroso, avezado y que le discutió de tú a tú fue Carlos Monsiváis, quien alguna vez acusó de intorelante a Octavio. Esta disputa duró algunos años, a través de un intercambio de cartas públicas. La rivalidad creció a tal grado que los intelectuales y escritores de la época se dividieron en dos bandos: Los adeptos de Octavio Paz y su grupo (los colaboradores de la revista Vuelta) y los del grupo antagónico, los colaboradores de Nexos.

En favor de Octavio Paz se puede argumentar que siempre estuvo abierto a la crítica, y más todavía, proponía la autocrítica. Él pensaba que sin ésta el conocimiento no avanza. Tuvo muy presente el concepto de “el otro”. Para un mexicano el otro es el extranjero, el extraño, el que no tiene nuestra misma religión, lengua e historia. Conocer al otro nos sirve de espejo para reflejar y entender lo que nosotros mismos somos, no somos y queremos ser. Y de manera complementaria comprendiéndonos, comprendemos al otro que deja de ser un extraño, una amenaza o un enemigo.

Constantemente propuso la discusión (como diálogo e intercambio de ideas) para dirimir nuestras diferencias sociales y políticas. Todos deberíamos participar y opinar, escuchando y tomando en cuenta a “el otro”.

Su obra es extensa, interesante, amena, brillante. Arroja mucha luz sobre los temas que aborda. Por algo recibió el Premio Nobel de Literatura en 1990. Lo cierto es que tenemos Octavio Paz para rato. Celebremos, pues, su centenario.

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