Por qué la vida no es como en el cine (ni como en el cine por TV)

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Cineadicción, cine por televisión
La conmovedora escena de Day for Night, en la que el director del filme, encarnado por el director del film, François Truffaut, sueña que va de niño a robarse los cartelones de un cine, debe haber provocado que miles de cinéfilos se hayan identificado, si no en el hecho, cuando menos en las ambiciones.

Angie Dickinson en Río Bravo

Alrededor del rumbo donde viví desde 1952 hasta 1974 había varios cines, al alcance, cuando mucho, de un tranvía: el Cine de la Villa, al que nunca fui pero sí lo visitó Isaac Arriaga Soto, según me confesó muchos años después, y también sus motivos, que no revelaré; estaba, a la vuelta de la casa, el Tepeyac, y a unas cuantas cuadras, el Lindavista; al tiro de un viaje en camión estaba el Soto, y más lejos, pero que lo visité varias veces para ver Nevada Smith, Tamy Show y alguna otra, el Cosmos, que ahora será convertido en antro de cultura, aún indefinido; y cercanos a la Alameda, es decir, frente a la terminal de los camiones que iban a la Estrella y a Fundidora de Monterrey, el Alameda, el Variedades, el Regis, el París, el Paseo, el Del Prado; ya en la adolescencia llegaba hasta el Roble, el Diana cuando recién estrenado, el Chapultepec, frente a la Diana (que no estaba donde está hoy, por ignorancia de las autoridades); alguna vez, de pinta, fui al cine México a ver Hawaii, que no hubiera visto por mi voluntad; antes, cuando dependía de mis mayores, vi el Cinelandia, el Mariscala; en el Orfeón, el día que se estrenó, El castillo de los monstruos, una de las pocas cintas donde Evangelina Elizondo no mostró sus piernas prodigiosas; nos llevó Chata; en el Cinelandia, caricaturas que decía que me gustaban, aunque en realidad no tanto; allí, también, muchos cortos de los Tres Chiflados, cuya mejor actuación es un cameo en The Dance Girl, en la que Clark Gable le da una nalgada a Joan Crawford, que ella agradece.

De las cintas estrenadas entre 1950 y 1959 vi, o he visto, poco más de 1,300, ritmo que mantuve hasta los años ochenta, en que fueron desapareciendo muchos cines. Si hago un ejercicio de memoria que me deje como al profesor Alba cuando se esforzaba mucho, podría recordar no la fecha, sí en qué cine las vi; en el Teresa, ahora de cintas cachondas, vi en un programa doble Singin´in the Rain y Freud, que nada tienen que ver; en el Latino un inspector no dejaba entrar a Lourdes a ver El Santo Oficio; a la salida le agradecimos sus buenas intenciones. Creo que nunca entré al Diana, pero recuerdo con claridad la noche en que regresamos, a pie, del Lindavista a Escuela Industrial, luego de haber visto, seguro que en estreno, El espectáculo más grande del mundo, del que, al verla ahora en televisión, recuerdo casi todas las escenas, aunque entonces no entendí la trama; y pude ver las escenas del trapecio porque no me había invadido la acrofobia que hace unos años me impidió ver el corto de Roger Rabitt en la montaña rusa (me dio acrofobia sin que me haya desprendido de ella cuando, en 1978 o 1979, crucé por un puente movedizo el Viaducto, por culpa de las obras de la línea 3 del Metro; debo haberme tardado media hora en cruzarlo, y a cada paso que daba se movía como en muchas cintas de guerra). Recuerdo menos Candilejas, que también vimos allí.

Si a mi tío Pepe le debo prácticas deportivas que ahora me asombra que haya podido desempeñar, a mi tío Enrique le debo la pasión por el cine, sobre todo por el western; iba los domingos por mí, y veíamos las tres películas de la matiné; él iba con algunos amigos, y aún recuerdo, debe haber sido 1959 o 1960, cómo se asombraron, y lo expresaron con silbidos de admiración (fiu fiu, dice la Real Academia que debe escribirse) cuando apareció Angie Dickinson en corsé, mostrando sus piernas largas y torneadas, ante un no tan impávido John Wayne, en Río Bravo; con él vi El pistolero invencible, que apenas hace un par de años pude conseguir en video; también me emocioné con Scaramouch y con El prisionero de Zenda, con Stewart Granger, sobre todo en el duelo a espadazos que mantiene con James Mason, que la verdad, espadeaba mejor que Granger; con éste, vi La carreta de la muerte, en la que alterna con Robert Mitchum, y creo recordar que Mitchum era el villano; en el Tepeyac vi la mayoría de las películas que gocé en la infancia y adolescencia; ya mayorcito, con Mario Magallón íbamos a desaburrirnos cuando no había juego de dominó, y un día llevamos a Delfina Careaga a ver Winchester 73, la décima vez que la veía (y la he visto doce veces más).

Pero en el Tepeyac, sobre todo, iba a ver los cartelones; empezaba los domingos, a la salida de la matiné, que ya anunciaban los de la siguiente semana; los martes los cambiaban de lugar y los ponían en los escaparates laterales, en las escaleras, junto a la taquilla; en los escaparates o vitrinas que daban a la calle ponían las de la siguiente semana; cambiaban de martes a jueves, y el viernes ponían dos cintas que exhibían hasta el siguiente lunes. Era cuando estrenaban en sus pantallas las cintas que habían recorrido el circuito de los cines Variedades o Roble, que pasaban al Cosmos y luego al Tepeyac, o al revés, y terminaba su recorrido en el Soto.

Cuando mis andanzas me llevaban más lejos, me acercaba al Lindavista para ver los cartelones; uno de los atractivos era ver las fotografías, que luego identificaba en las escenas cumbres, porque era obvio que para eso las ponían, porque eran las escenas cumbre. Nunca me interesó comprarlos en la Lagunilla, cuando era posible visitarla; era como tener una infidelidad permitida; tampoco intenté robar ninguno.

Si exceptuamos los programas que consistían en dos o tres cintas de Pedro Infante (Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, Pepe el Toro; ATM, ¿Qué te ha dado esa mujer?; ¡Ahí viene Martín Corona!, El enamorado, Necesito dinero), casi no exhibían cine mexicano, aunque allí, demasiado chico para no conmoverme, en un solo programa exhibieron Juan Charrasqueado, En la Hacienda de la flor, Yo maté a Juan Charrasqueado. Es tarde perdí una bufanda, y no volví a tener una sino hasta los ochenta. Un programa que ponían cada año era El manto sagrado y Demetrio el gladiador, pero como era en Semana Santa, no me dejaban ir; de hecho, apenas las vi hace unos meses. Pero durante una larga época no me perdí, salvo por alguna circunstancia imprevisible, ninguna matiné; allí vi más de 20 cintas de Laurel & Hardy, vi Escuela de sirenas con Red Skelton y la pantorrilluda Esther Williams, en una época en que comencé a distinguir a las actrices por sus muslos más que por sus rostros; en 1967, estrenando la precartilla, nos dejaron entrar en el Tepeyac a Paco Alvarado y a mí para ver una cinta que entonces titularon Espía por error, con Doris Day (no he vuelto a verla: ¿Caprice?, ¿The Glass Buttom Boat?), en la que en una escena en la que Day corretea a ¿Elizabeth Traser?, junto a una puerta le arranca el vestido; aparece ¿Traser? desnuda una fracción de segundo, sin que se note nada, porque en cuanto reaparece por otra puerta, en la misma carrera, ya está cubierta con una toalla. No satisfizo nuestra curiosidad, aunque la cinta, creo que de Frank Tashlin, nos divirtió mucho.

Cada año exhibían La mandrágora, y se anunciaba como clasificación D, es decir, para mayores de 21 años; cuando pude entrar a verla me aburrió muchísimo; con la sala casi vacía, a la espera de algo excitante, alguien que iba en pandilla gritó: ¡cómo los tienen!, y otra voz anónima contestó: ¡grandotes!, lo que provocó la risa de todos, incluido el que lanzó el primer grito. Fue lo más divertido de esa función.

El primer desnudo que vi en cine fue uno de Mia Farrow en Rosemary’s Babe, en la época de los estrenos simultáneos en varias salas; una de ésas, el Tepeyac; en una escena, en un yate, Farrow se despoja de la ropa para bajar a la cabina para que se la eche el Diablo, que al parecer fornicaba con mucho ritmo; durante unos segundos aparece de espaldas, con las nalgas muy visibles; se asegura, sin embargo, que no eran las suyas, porque estaba demasiado delgada (en el Mad dijeron, sin embargo, que el trasero de Farrow era menos delgado que el de la doble); en otra escena, en una cópula con John Cassavetes, se le ve un pecho; esas escenas, importantes, son lo menos importante de la cinta; además, cuando la han retransmitido por televisión, las eliminan.

Las nalgas de Fay Dunway, auténticas pero de lejos, las vimos en The arragentment, cuando está desnuda, en una playa; los expertos dicen que también las enseñó Deborah Kerr, pero no la recuerdo (y la recordaría). Por esa misma época, Angélica María mostró las piernas y las pantaletas varias veces en Cinco de chocolate y uno de fresa, que vi en el Variedades, acompañado de una amiga que no sabía dónde meterse; en ese mismo cine, Mario Magallón y yo contemplamos atónitos el trasero de Ana Martin en una cinta que no he vuelto a ver más que una vez, suprimida esa escena (Trío, cuarteto).

Aunque dice la historia que el primer desnudo frontal en cine comercial fue el de Hedy Lammar en Éxtasis, tan temprano como en 1932, en realidad, ya con la intención de ir rompiendo los esquemas de la moralidad, hubo tres desnudos, breves pero excitantes en Blow-Up, con la dirección de Antonioni basado en un cuento de Julio Cortázar, en la época en que comenzábamos a admirar a ambos; pero cuando la vi en cine, los desnudos de Vanessa Redgrave, de Gillian Hills y sobre todo el frontal de Jane Birkin, los habían suprimido. Vi en el cine Tlatelolco con una amiga, cuando se inauguró, Romeo y Julieta sin las escenas de desnudos, que ahora pasan en televisión en pleno mediodía. Cuando leí un pasaje memorioso de Woody Allen, que va a ver Mónica, de Bergman, no por la película sino por un desnudo, recordé el éxito de Blow-Up no por la trama ni la dirección, sino por los desnudos que aquí no se vieron. Se vieron, en cambio, los traseros de las protagonistas de Las margaritas pervertidas, que nada tenían que ver con la trama, aunque sí con su espíritu. En los setenta, en una reseña, Amparo Muñoz, que dos o tres años antes había sido Miss Universo, abría y cerraba su bata, mostrando su desnudez plena, en una escena que dura casi un minuto (a propósito, dice El Doctor que el Miss Universo es el más racista de todos los concursos, porque sólo han triunfado terrícolas).

He visto muchas películas desde 1952 en que me llevaron a ver Cenicienta en el cine Alameda, y lo que más me impresionó fue el cielo que parecía tachonado de estrellas, más que el argumento, del que no creí que los ratones hablaran, ni me importó la historia de amor. Lo he dicho varias veces: suelo responder, espontáneamente, a cualquier pregunta, con frases de películas, muy diversas; casi nunca mi interlocutor identifica la frase; la vida nos da muchas oportunidades y no hay que despreciarlas; en la librería Madero antes de que fuera Antigua me presentaron a un sacerdote, quien me preguntó cuál era mi gracia: no me quedó más que responder: la facilidad de palabra; por desgracia, azorado de esa oportunidad, achaqué la frase a Tin Tan más que a Mario Moreno, que es quien la pronuncia.

Pero la vida no es como el cine: aunque he visto romances como si fueran argumentos de película, como el de Antonio Flores González con La Reventada (su nombre, en chino, significa “la que llega con el amanecer”); aunque conozco aventuras que en el cine parecerían inverosímiles, aunque trato a gente que ha vivido como las tragedias de José María Linares Rivas (con mucho, mi actor favorito del cine mexicano), sé que el cine es ficción, que la vida continúa después de la palabra fin, que al mismo tiempo que las pasiones y la diversión subsisten las penurias, a veces laborales y a veces económicas; que hay trampas, que no siempre el Diablo viene y se pone de nuestra parte (aunque nunca nos abandona del todo), que los amigos fallan y a veces traicionan; que la vida se parece más al cine de Woody Allen que al de Jacques Tati. ¿Qué es lo que me hace pensar de esa manera fatalista, por qué me quejo de que la vida no sea como en el cine? En ninguna escena ni Jorge Negrete ni Pedro Infante ni David Silva ni Emilio Tuero ni Pedro Armendáriz ni José María Linares Rivas (sólo a veces Dean Martin y John Wayne) se quitan el sombrero y quedan despeinados y sudorosos, como yo en estas fechas.

Algunas irreverencias de mi pasión por el cine: me gusta más The Magnificent Amberson que Citizen Kane; me gustan más Laurel & Hardy que Chaplin (a últimas fechas, lo soporto más); soy capaz de ver La sombra del otro con tal de ver a Viruta y Capulina cantando “En dónde está mi saxofón” y “Una aventura más”; me gustan más los westerns de John Ford que sus obras dramáticas, y sigo disfrutando mucho el cine de Raoul Walsh, aunque hace casi 45 años que no veo de nuevo Gentleman Jim, y fui al cine más por ver los rostros de Vivien Leigh, Virginia Mayo, Audrey Hepburn, Pier Angeli, Claudette Corbett, Susan Hauward, Maureen O’Hara, Maureen Sullivan, Eleanor Powell, Gene Tierney, Lauren Bacall, Joan Fontaine, Norma Sheare, Olivia de Havilland, Eleanor Parker; es decir, rostros perfectos.

Otra confesión sentimental: me daban unas inmensas ganas de llorar al escuchar el vals, interrumpido varias veces, en la escena de la coronación en Scaramouch.

Escuché en mi infancia algunas canciones que llevo en los oídos, pero que pocas veces he vuelto a oír: “Voy a mandarles pedir a los ángeles del cielo / una pluma de sus alas para poderte escribir”; “el Diablo salió a pasear / y le dieron chocolate / y tan caliente que estaba / que hasta se quemó el gaznate”; “que viva y viva, que viva y va / el partido por la mitad” (en esa canción hacían ministra a María Victoria); “un muerto resucitó cuando estaba en el velorio porque de pronto sintió las piernas de Carolina [que no son largas ni son finas]”; “en una casa enfrente de la Universidad / habita una muchacha que es una calamidad” (compré una de las peores cintas de Pardavé, Mil estudiantes y una muchacha, sólo por la canción, que cantan incompleta); “píntame de colores pa’ que me llamen Supermán” (que Carlos Fuentes cita en La región más transparente), y sobre todo “la televisión / pronto llegará”, que pasó de moda cuando llegó a México, como preveía la canción.

En donde vivía éramos los únicos que teníamos televisión; los domingos iban a la casa algunos de los otros niños del edificio, para ver el Teatro Fantástico; por las tardes completaba mi educación viendo Hopalong Cassidy, El llanero solitario, una breve temporada Cisco Kid, las aventuras de un detective, Boston Blackie, protagonizado por Chester Morris; no olvido su lema (“amigo de los que no tienen enemigos; enemigo de los que no tienen amigos”), Rin-Tin-Tin y la más sensiblera Lassie, que ayudaba a sus amos pero pocas veces atacaba como Rin-Tin-Tin; vi casi todos los episodios de Sherlock Holmes con Basil Rathbone, e identifico a Johnny Weismuller más con Jim de la selva que con Tarzán (aunque recuerdo el desfile de pantorrilludas en Tarzán y las sirenas, que se filmó en Acapulco y que fue cuando Weismuller no quiso competir con los clavadistas de la Quebrada, supongo; ahora disfruto el faje de la primera cinta de él como Tarzán, en el agua, con Jane tocándose mutuamente el pecho, y en la segunda, cuando ella se cala unas medias); vi casi todos los cortos de Laurel & Hardy y de Harold Lloyd; vi las aventuras de Ivanhoe, pero años después no pude leer la novela; si vi unas cuantas cinta de Pedro Infante en alguna matiné del Tepeyac, nunca he visto ninguna de Jorge Negrete (y conozco toda su filmografía) en cine, todas en televisión. Cuando estaba en El Financiero, que llegaba a casa al filo de la medianoche pero con las pilas prendidas, me hice experto en la filmografía de los hermanos Almada y la de Jorge Reynoso; así, un día, me topé con referencias políticas en una cinta de Gilberto Martínez Solares, Ahi vienen los gorrones, descubrimiento que me birlaron y escamotearon los que después escribieron sobre el asunto; ahora no entiendo cómo me gustaba El Gran Premio de los 64 mil pesos, cuyo primer triunfador fue mi amigo Carlos González Correa, con el tema Shakespeare; entiendo que me gustara Adivine mi chamba, 20 preguntas, Tres generaciones y Variedades de mediodía, aunque aún no averiguo de quién eran las piernas de los anuncios de la primera (medias Cannons) ni quién era la bailarina que abría el segundo. A la televisión le debo tanto como al cine.

Grace Slick, que demuestra que es muy difícil envejecer, envía una caricatura de ancianos en un asilo, que discuten sobre quiénes son sus músicos favoritos: Deep Purple, Black Sabath, Led Zeppelin, The Clash, ACDC, Hendrix; hace más de 30 años, Quino dijo que de viejito defendería a los Beatles como los viejos de entonces el tango; en Married with Children le dieron un golpe a mi vanidad, cuando la protagonista junta en su casa a las admiradoras de Elvis, que resultan unas ancianas. Pero lo reafirmo: la música (ni el cine, ni el cine por televisión) permiten envejecer, por más que la mayoría de los ingresos se nos vayan en medicinas y en análisis.

Y alguien ya dijo por allí: el premio al guión de Gravity debieron dárselo a sir Isaac Newton, y la cinta con ese nombre es la mejor película mexicana filmada en el extranjero sin capital mexicano. Pero revivió un nacionalismo que, como dijo Borges, echó a perder el espíritu de nobleza dentro de la competencia que debería de reinar en el deporte (y hubo quien dijo que como Borges no pudo triunfar como futbolista, se dedicó a escribir).

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