Agua y aceite, ciencia y religión

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La película Ágora relata la vida de Hipatia, una brillante astrónoma del siglo IV víctima del fanatismo religioso que murió lapidada y desollada viva a manos de una turba azuzada por el obispo Cirilo, que también que1mó la célebre biblioteca de Alejandría para destruir los “textos paganos”. Cirilo, dicho sea de paso, fue después proclamado santo y doctor de la Iglesia.

Por Juan José Morales

Hay en ese filme una escena muy ilustrativa: cuando el prefecto romano, convertido al cristianismo por orden del gobierno, pide a Hipatia que se doblegue ante el obispo Cirilo, lo cual implicaba aceptar que las Sagradas Escrituras son la única y absoluta verdad, ella le responde, refiriéndose a la religión que profesa el prefecto: “Tú no puedes dudar de lo que crees. Yo debo dudar de lo que creo”.
Esta frase expresa con meridiana claridad la diferencia entre religión y ciencia. La primera se basa en la fe y sus seguidores están obligados a aceptar y acatar los dogmas de esa religión como verdades absolutas y reveladas que no necesitan demostración y sin ponerlos en duda. La ciencia, por lo contrario, se basa en postulados provisionales, que deben ser demostrados antes de que puedan ser aceptados, y ello significa que en tanto no se obtengan pruebas observacionales o experimentales indiscutibles que las respalden, es necesario dudar de ellos.

Hipatia, la primera astrónoma y matemática de que se tiene registro. El retrato es imaginario, pues no se conservó ninguna imagen de ella, como tampoco se conservaron sus obras, destruidas junto con el resto del acervo de la biblioteca de Alejandría por órdenes del obispo Cirilo.

 

Por eso religión y ciencia son como el agua y el aceite. No pueden mezclarse, aunque no por ello deban enfrentarse. Sencillamente, deben mantenerse separadas, cada una en su ámbito —el de la fe la primera y en el de la investigación y la búsqueda del conocimiento y el esclarecimiento de los fenómenos naturales la segunda—, pero sin que tampoco una pretenda controlar o imponerse a la otra. Ni los científicos tienen por qué combatir las creencias religiosas, ni los dirigentes de religión alguna tienen por qué tratar de frenar los avances de la ciencia, amordazar a los científicos ni —mucho menos— imponer las creencias y principios religiosos por encima de la evidencia científica y como normas aplicables a toda la sociedad.

Por parte de los científicos, esta separación es en general respetada. Pero, por desgracia, no ocurre lo mismo del lado de la religión. Y no sólo de alguna en particular, sino prácticamente de todas. Así, los clérigos musulmanes insisten en que la sharia o ley islámica sea de cumplimiento obligatorio para todos, creyentes o no creyentes, y los jerarcas católicos se empecinan en que principios bíblicos —o sus a veces caprichosas interpretaciones de la Biblia— sean la base de leyes y normas civiles y se apliquen en lugar de las pruebas científicas. Por su parte, en México el clero ha logrado que en las constituciones de varios estados se introduzca la afirmación de que la vida de un ser humano comienza en el momento mismo de la “concepción”, aunque éste es un vago e impreciso término religioso sin ningún fundamento científico.

Han logrado asimismo frenar la investigación con células madre embrionarias, de igual forma que en una época pudieron detener los progresos de la anatomía al prohibir la disección de cadáveres o creyeron haber detenido el movimiento de traslación de la Tierra al obligar a Galileo a negar que es nuestro planeta el que gira alrededor del Sol porque —según afirmaban en aquella época los padres de la Iglesia—, la Biblia dice lo contrario.

Dejemos a cada una en su lugar. La ciencia en su nicho, la religión en el suyo.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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