De la granja a la mesa, bacterias resistentes

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Uno de los más graves problemas a que se enfrenta la medicina es la creciente resistencia de los microbios a los antibióticos. Eso hace que enfermedades que antes podían ser fácilmente curadas con tales medicamentos, ahora resulten más difíciles de tratar e incluso mortales.

El problema se debe al uso generalizado e indiscriminado de esos medicamentos. Un antibiótico no mata a todos los microbios contra los cuales se aplica. Algunos son resistentes a él, sobre todo cuando se usan bajas dosis, y esos sobrevivientes transmiten su resistencia a sus descendientes. Así, por selección natural se van creando cepas micro-bianas resistentes a los diversos antibióticos, que gradualmente se vuelven menos efectivos, y es necesario desarrollar otros nuevos.

Por Juan José Morales

En parte, eso es consecuencia de la automedicación. Por ello, para frenar dicha práctica, recientemente se prohibió en México la venta de antibióticos sin receta, como ya se había hecho en otros países. Pero hay otro importante factor que contribuye a empeorar el problema: el empleo de antibióticos en las granjas productoras de huevo, pollo y cerdo, donde se acostumbra administrarlas a los animales durante el proceso de engorda, para evitar que sufran infecciones.

Para evitar infecciones y enfermedades en las granjas tecnificadas, donde el estrecho con-tacto de los animales entre sí facilitaría la propagación de epi-zootias, se acostumbra administrarles antibió-ticos en pequeñas do-sis, pero esto provoca que a la larga las bac-terias desarrollen re-sistencia a dichos medicamentos y los seres humanos terminan siendo más vulnerables a ellas.

Según reveló un reciente estudio de la Administración Federal de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, major conocida por su sigla FDA, de 30 antibióticos ampliamente utilizados en las granjas avícolas y porcícolas norteamericanas, 18 ofrecen un alto riesgo para los seres humanos al incrementar la resistencia a los antibióticos. El resultado —continúa el estudio— es que se hace difícil y a veces imposible tratar con dichos antibióticos a pacientes víctimas de infecciones.

En realidad, esta situación no es ninguna novedad. Se conoce desde hace más de 40 años, y ya en 1973 la FDA pidió por primera vez a las grandes empresas propietarias de granjas productoras de pollo, huevo y cerdos presentar estudios sobre las consecuencias del uso de antibióticos. Y en 1977 propuso prohibir el empleo en esos establecimientos de penicilina y tetraciclina con fines preventivos. Sin embargo, se impusieron los intereses de esas poderosas compañías y la prohibición no se puso en práctica. Hubieron de pasar 35 años para que la FDA aplicara una tímida regulación que restringía el uso en animales de cefalosporinas, un tipo de antibióticos que en los humanos sirve para tratar casos de neumonía e infecciones de la garganta. Sin embargo, poco después aflojó las restricciones.

Todo lo anterior, ciertamente, se refiere a Estados Unidos. Pero en México, donde las regulaciones sobre el uso de antibióticos son más laxas, las grandes compañías avícolas y porcícolas utilizan los mismos procedimientos que en el vecino país. Incluso hay algunas —como Tyson— que son simples subsidiarias de las empresas norteamericanas y aquí operan con mayor libertad en ese aspecto.

Tenemos así una situación en la cual los intereses de las grandes empresas que dominan la producción de alimento animal han dificultado el combate a las enfermedades y provocado o agravado problemas de salud a millones de personas en gran parte del mundo, de las cuales un número indeterminado mueren víctimas de infecciones que en otras circunstancias podrían ser eliminadas con relativa facilidad.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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