Cómo las vacunas cambiaron el mundo

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Hace cien años la principal causa de mortalidad en el mundo eran las enfermedades infecciosas. Hoy, lo son la diabetes, los padecimientos cardiovasculares y el cáncer. En casi todos los países, las enfermedades transmisibles ya son cosa del pasado y los padres no temen que sus hijos puedan contraer sarampión, poliomielitis, varicela, paperas, rubéola, tosferina y otros padecimientos que antes eran un azote y del cual había de tiempo en tiempo brotes epidémicos, con su secuela de muertos y minusválidos.

Por Juan José Morales

El sarampión, por ejemplo, puede ser mortal, la poliomielitis no en balde se llama parálisis infantil, las en apariencia inofensivas paperas pueden dejar sordera como secuela y si una mujer contrae rubéola durante el embarazo, el hijo puede nacer con graves defectos orgánicos.

La gráfica, que indica la reducción en el número de casos de poliomielitis en Estados Unidos a partir de la introducción de la vacuna contra esa enfermedad, muestra claramente la manera como la vacunación ha permitido eliminar graves padecimientos que parecían invencibles

Ese cambio espectacular en el panorama epidemiológico, desde luego, no es producto de la casualidad, sino de la vacunación. Se estima, por ejemplo, que durante los cinco años siguientes a la introducción de la vacuna contra el sarampión en 1963, disminuyó en 95% el número de casos en aquellos países donde se aplicaba, y tanto la varicela como la difteria fueron prácticamente erradicadas en un par de décadas gracias a la vacunación.

El caso más impresionante y demostrativo de cómo las vacunas cambiaron la vida —y la muerte— del ser humano, es el de la viruela. Conocida desde la más remota antigüedad, había sido un azote que provocó incontables millones de muertes —la tasa de mortalidad entre quienes la contraen oscila entre 20 y 40%—, dejó a miles de millones marcados para siempre con las cicatrices de las pústulas que provoca, y fue un factor decisivo en la conquista de México al matar a unos 3.5 millones de indígenas y debilitar así la resistencia a los españoles. Todavía en la segunda mitad del siglo XX parecía invencible. Era endémica en más de 30 países y en 1967 se registraron en todo el mundo 15 millones de casos con dos millones de muertos. Ese año, sin embargo, la Organización Mundial de la Salud inició una campaña para erradicarla. Ocho años después, en octubre de 1974, se registró en Bangladesh el último caso. Desde entonces —y estamos hablando de hace 40 años— no ha habido uno solo en el mundo entero.

En fin, no es necesario abundar más en el asunto. Aunque mucha gente no se percata de ello, el mundo en que viven los niños de hoy es incomparablemente más seguro que aquel en que vivieron sus abuelos, gracias al desarrollo espectacular de las vacunas durante la segunda mitad del siglo XX y principios del actual. Y no sólo se ha prolongado la vida de cientos de millones de personas a las que se salvó de la muerte por esas enfermedades, sino también mejoró su calidad de vida y su capacidad de trabajo al evitar las secuelas que hubieran padecido.

Todo esto viene a cuento porque, aunque parezca increíble, en los últimos tiempos se ha desatado una serie de campañas antivacunación promovidas por diversos grupos y personas —como cierta doctora y monja española de nombre Teresa Forcade—, basadas en la afirmación de que las enfermedades infecciosas ya estaban desapareciendo por sí solas, por lo cual vacunas son inútiles y sólo sirven para enriquecer a las grandes empresas farmacéuticas. Por desgracia, hay padres que les prestan oídos y se niegan a vacunar a sus hijos, exponiéndolos a sufrir enfermedades que ya han sido vencidas por la medicina.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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