La humildad de Juan Rulfo, según René Avilés Fabila

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El escritor René Avilés Fabila publica en su blog algo más de Juan Rulfo. El escritor mexicano nos habla de cómo veían a Juan Rulfo Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Benedetti y otros escritores.

Aquí, el texto encontrado en http://recordanzas.blogspot.mx

René Avilés Fabila

Para Joaquín Jiménez, amigo entrañable y colega universitario.
Juan Rulfo fue un escritor que desde su arranque deslumbró a críticos y público en general. Joseph Sommers, crítico norteamericano, dijo que Rulfo “encuentra la clave de la naturaleza humana en otra parte. Él se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables: Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Es esta zona, intemporal y estática como una tragedia griega, la que, en su misión, decide los avatares del encuentro del hombre con el destino.” En este aspecto, el notable crítico Luis Leal, uno de los que más de cerca han estudiado a Rulfo, insiste: “…los personajes por lo general son seres desolados que dudan de sus propios actos y se entregan, con característica resignación, a lo que el destino les depare. Los personajes de Rulfo, por lo tanto, parecen ser movidos por fuerzas que no se derivan de sus propias convicciones, sino que emanan desde fuera”. Y esto es justamente lo que a Rulfo le concede universalidad: la poética hondura de sus personajes, que son griegos, rusos, argentinos, españoles, portugueses, y tremendamente mexicanos.

Álvaro Mutis, por su parte, platicó con entusiasmo y regocijo la impresión que le produjo leer la única novela de Rulfo. Su primer encuentro mexicano con García Márquez lo obliga a hablarle de esta obra de extraña perfección. Pronto García Márquez se contará entre los enamorados del escritor jalisciense. Carlos Fuentes y Mario Benedetti son otros que al nacer a la fama declaran la importancia de Pedro Páramo y de El llano en llamas. Y no hace mucho tiempo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte le dijo con rabiosa claridad a un joven novelista mexicano que la maravilla de Juan Rulfo “es el caos de la lengua en una explosión imaginativa, que aparte de mexicano, tiene mucho de español… Pedro Páramo es una obra espléndida, la novela del siglo y no me explico por qué en España no está junto a Cien años de soledad”.

Es, pues, imposible trabar relaciones con escritores, críticos o lectores de otras latitudes sin que aparezca el tema Rulfo. En Buenos Aires, en Coimbra o en París fui interrogado una y otra vez acerca del silencio de Rulfo. Les parecía angustioso, desesperante. En La Sorbonne, el crítico Rubén Bareiro Saguier, de origen paraguayo, me invitó a dar una conferencia sobre el espíritu de Pedro Páramo. Al final, jóvenes literatos franceses me bombardearon con la misma pregunta: ¿Cuándo aparecerá el nuevo libro de Rulfo, La cordillera o lo que sea? ¿Qué podía responder? Sólo pedir respeto para quien no desea o no puede escribir más. Mejor hablemos de “Comala”, proponía. O de la extrema lentitud con la que sus personajes e historias se mueven, con penosas dificultades, en un mundo opresor. Pero, en efecto, ¿lo habrá paralizado su enorme y veloz éxito? No creo que esta discusión sea significativa. No es historia, es pura conjetura necia. ¿Podríamos reprocharle a Tolstoi la larga extensión de La guerra y la paz o a Balzac el haber creado una Comedia Humana en tantos volúmenes? Hay que centrarnos en lo hecho y en todo aquello que surgió a partir de dos libros formidables, inagotables: el universo rulfiano, una compleja mezcla de realismo y fantasía que probablemente sólo las peculiaridades de México permitieron, pero que fue creada desde la cima del planeta, mirando hacia todos los puntos cardinales. Me parece que si otro hubiera sido el carácter de Juan Rulfo, bien hubiera podido afirmar con arrogancia lo que dijo hace muchos años Juan Ramón Jiménez; “todos los poetas españoles e hispanoamericanos jóvenes me deben algo; algunos mucho y otros todo”.

Rulfo parecía ajeno por completo a la publicidad, la que Octavio Paz y Carlos Fuentes buscaron como clave de éxito y poder. Sobre este punto, Emmanuel Carballo, autor de una obra crítica de relevancia en México, ha señalado que la humildad de Juan Rulfo, fingida o verdadera, resultó a la larga más productiva que las jactancias en voz alta de los dos escritores citados. Tanto en Europa como en su continente, disfrutó de hazañas soberbias: homenajes y reconocimientos, traducciones y un sinfín de tesis y trabajos críticos sobre su obra. El amor y el respeto de los mexicanos. Tengo la impresión de que alguien que intenta poner distancia real entre su fama creciente y su sencillez y modestia, no permitiría ser fotografiado tan abrumadoramente como él lo toleró, quizás pensando en la posteridad.

Las ventas constantes de Pedro Páramo y de El llano en llamas prueban la veneración de los lectores por su autor. Jorge Luis Borges, en un libro formidable, Borges oral, observa —y esto es algo fascinante?— que Inglaterra ha seleccionado como su representante a Shakespeare, Alemania a Goethe, Francia a Víctor Hugo, España a Cervantes, Argentina al autor de Martín Fierro, José Hernández. En México elegiríamos a Juan Rulfo. Nadie como él para representarnos. Pero sin duda ya hemos hecho nuestra selección.

Posdata: Argentina, estoy convencido, modificó su criterio: ahora el representativo es Borges.

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