Los desamparados del primer mundo

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En Estados Unidos, a contrapelo del sueño americano y a pesar de su opulencia económica, hay 50 millones de pobres.

Por Juan José Morales

Abundemos un poco sobre el tema de la pobreza en aquel país o, más exactamente, de la miseria. Porque en la miseria y no en la simple pobreza puede considerarse a quien no tiene absolutamente nada; ni siquiera un techo que lo cobije. Según las estadísticas más recientes, se ha registrado en el vecino país a más de 630 mil personas que, literalmente hablando, viven en la calle, pues no tienen hogar. Esos —hay que recalcarlo— son los desamparados que fueron censados. Se ignora cuántos más eludieron los registros por temor o simplemente no fueron localizados.

Buen lugar para el sueño americano: el quicio de la puerta de una iglesia, con protección divina por añadidura.

Esos 630 mil norteamericanos sin hogar —hay que recalcarlo también— no son, como mucha gente podría pensar, vagabundos alcohólicos o drogadictos. Ciertamente, los hay entre ellos. Y hay también buen número de veteranos de guerra que padecen desequilibrios mentales por los horrores que les tocó vivir o las atrocidades que fueron obligados a cometer, y que por su estado no pueden mantener un trabajo estable. Pero un alto porcentaje de quienes viven en la calle, y entre los cuales se incluye a mujeres y niños, son simplemente personas que por diferentes circunstancias se quedaron sin empleo, sin casa y sin recursos para vivir.

Un caso que me tocó conocer de cerca, en una ciudad del sur de Estados Unidos, fue el de un obrero que vivía en un pueblo a 50 kilómetros de su lugar de trabajo y diariamente se transportaba en automóvil. Un día, su vehículo fue robado. Como el transporte público es casi inexistente en esa región, comenzó a llegar tarde a su empleo, fue despedido, al carecer de ingresos no pudo pagar la renta, se le echó de su casa, y casi de la noche a la mañana, se vio forzado a vivir en la calle, durmiendo en parques o quicios de puertas, sin poder asearse, buscando desperdicios para comer, cada vez más sucio y por ende cada vez con menores posibilidades de ser aceptado en un empleo. Cayó así en ese círculo vicioso en que viven muchos desamparados y del que es muy difícil salir.

En un reciente viaje por aquel país, pude verlos por todas partes. Lo mismo en los bancos de los parques, con una expresión de derrota y desesperanza, que haciendo cola para pernoctar en los albergues de templos y del Ejército de Salvación, o vendiendo ciertos periódicos sobre su problemática, expresamente editados por organizaciones de ayuda para que puedan obtener ingresos sin mendigar, ofreciéndolos por un dólar. Pero, sobre todo, me llamó la atención ver tantos en las bibliotecas públicas. No las frecuentan —me explicó alguien— porque sean muy cultos o ávidos lectores, sino porque en esos sitios pueden sentarse cómodamente, gozar de la calefacción en invierno y el aire acondicionado en el tórrido verano, usar los sanitarios, asearse en los lavabos y hasta disfrutar de televisión o usar el internet para ver películas, y porque son también los únicos lugares públicos donde no se les somete a humillantes revisiones y se les permite entrar sin mayores problemas.

Pero hay desamparados que llevan —también literalmente hablando— una vida subterránea, fuera de la vista de los transeúntes, en túneles y alcantarillas. En Nueva York hay miles de ellos, conocidos como topos, que las autoridades tratan constantemente de expulsar de sus refugios. Y en la deslumbrante ciudad de Las Vegas, en 2010 se descubrió que mil personas vivían en los más de 220 kilómetros de túneles que corren bajo la ciudad.

Ciertamente, el sueño americano a menudo se convierte en pesa-dilla.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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