Crujir los esqueletos en pareja; amistades literarias

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En su ensayo “El poema como caminata”, Hugo J. Verani cita a Octavio Paz, hablando de Ramón López Velarde: “se ve a sí mismo caminando por una calleja y hablando a solas”. Me temo que Paz y López Velarde no se refieren a lo mismo; Xavier Villaurrutia habla de la poesía en términos más cercanos a lo que se refiere Paz: “eres la compañía con quien a solas, de pronto, hablo”, y Paz tiene muchos versos sobre la pertinencia de la primera persona como objeto de un poema, pero pocas veces en términos autobiográficos (aunque cuando los son, nadie más intenso que él).

López Velarde, en cambio, habla de sí mismo, aunque no relata su vida, pero sí sus pensamientos y sus sensaciones. En uno de sus más conocidos poemas, “Mi prima Águeda”, habla de su prima con unas palabras inequívocas: “a ella la debo la costumbre heroicamente insana de hablar solo”. Águeda le causaba escalofríos ignotos. Claro, era un párvulo que conocía la O por lo redondo, y carecía de Baudelaire, de rima y de olfato; Paz recordaba que Villaurrutia se mostraba molesto, y Paz se solidariza con él, cuando Ortiz de Montellano insinuó que “olfato” correspondía a malicia. Pero no estaba tan errado; López Velarde no sólo es un poeta tocado profundamente por el erotismo; Paz, en su ensayo “El camino de la pasión” (en Cuadrivio) acepta el erotismo y la muerte como los extremos de la poesía de RLV, aunque discrepa del absolutismo de esos conceptos; otros, el mismo Villaurrutia, ven otras características: el pecado, más que el erotismo, y la contención, el sentimiento de culpa, aunque termina siendo derrotado por lo pecaminoso.

Para afirmar esto tengo en la mente muchas imágenes de López Velarde; en “El retorno maléfico” encuentro algunas muy bellas: cuando abre el portón de la casa, “los dos púdicos medallones de yeso” remiten a los pechos femeninos, a los que se refiere con más claridad en un verso que eluden quienes abordan La Suave Patria: “quieren morir tu ánima y tu estilo, / cual muriéndose van las cantadoras / que en las ferias, con el bravío pecho / empitonando la camisa, han hecho, / la lujuria y el ritmo de las horas.” Ni modo de disfrazar que se refiere a los pezones mostrados con la arrogancia de esa lujuria, no con el erotismo sutil que se esconde detrás de la blusa corrida hasta la oreja (no me imagino, en cambio, qué quiere decir “corrida”: ¿cerrada, subida, apretada?); en “Ser una casta pequeñez” es también muy elocuente: “Yo, sintiéndome bien en la aromática / vecindad de tus hombros y en la limpia / fragancia de tus brazos / te diría quererte más allá / de las torres gemelas” y luego se queja de haber crecido y no recibir más besos cándidos que ahora son inaccesibles “a mi experiencia licenciosa y fúnebre”.

Cuando se refieren al amor que sentía por Fuensanta, parienta política mayor que él, y de la que se enamoró de una manera dizque platónica, se olvidan de cuando menos un poema: en “Cuaresmal” le afirma: “Fuensanta: al amor aventurero / de cálidas mujeres, azafatas / súbditas de la carne, te prefiero / por la frescura de tus manos gratas.” No hay metáforas al hablar de las súbditas de la carne, como sí las hay en “Nuestras vidas son péndulos”: “E ignoraba la niña / que al quejarse de tedio / conmigo, se quejaba / con un péndulo.” Metáfora, pero elocuente, como elocuente es la excitación de quien confiesa que no sabe si está presa su devoción en la alta locura del primer teólogo que soñó con la primera infanta “o si, atávicamente, soy un árabe sin cuitas / que siempre está de vuelta de la cruel continencia / del desierto, y que en medio de un júbilo de huríes, / las halla a todas bellas y a todas favoritas.”

(A propósito, Manuel Maples Arce contaba que se reunía los domingos con López Velarde para ir a la iglesia de La Sagrada Familia, para trabar contacto con las humildes azafatas que salían de misa para llevarlas al parque cercano… hasta allí llega la confesión de Maples Arce.)

También es directo cuando se queja de un amor fallido: “Y pensar que pudimos, / en una onda secreta / de embriaguez, deslizarnos, / valsando un vals in fin, por el planeta…” (bella metáfora de un acto sexual), y directo cuando se queja: “Prolóngase tu doncellez / como una vacua intriga de ajedrez. // Torneada como una reina / de cedro, ningún jaque te despeina. // Mis peones tantálicos / al rondarte a deshora, / fracasad en sus ímpetus vandálicos. // La lámpara sonroja tu balcón; / despilfarras el tiempo y la emoción. // […] Las monedas excomulgadas / de nuestro adulto corazón / caen al vacío, con / lúgubre opacidad, cual si cayera / una irreparable sordera…”

Otra escena de autoerotismo está en La Suave Patria de manera directa: “¿Quién, en la noche que asusta a la rana / no miró, antes de saber del vicio / del brazo de su novia / la galana pólvora de los fuegos de artificio?”. (No hablo de la “exquisita partitura del íntimo decoro” porque ya Huberto Batis lo explicitó con su picardía característica. Tampoco insisto en que “el amor amoroso de las parejas pares” no es un juego de palabras.) La queja más directa es la que comparte con Cuauhtémoc, pues al recuento de sus tragedias (“la piragua prisionera, el azoro de tus crías, la Malinche, los ídolos a nado, el sollozar de tus mitologías”) que resumen la caída de Tenochtitlan (en su Antología del Modernismo, las notas de Pacheco a este fragmento son de una belleza y una contundencia insuperables), pone la que a López Velarde le parece la mayor: “y por encima, haberte desatado del pecho de la emperatriz”, de cuyo nombre la historia se ha olvidado, pero que don Ramón cree que era la gran pasión del Águila que Embiste en Picada.

Es de suponer que los escritores tienen mayor información que el resto de la gente por el hecho de que leen, si no más, cuando menos con atención superior; hay ejemplos de que hablamos sin saber: un autor, reputado como uno de los mejores conocedores del erotismo, dice, en boca del protagonista de su más reciente novela: estoy bien del corazón, por lo que puedo tomar dos viagras al día (gloso, no cito), en un intento de advertirle que tendrán muchos actos sexuales en cada sesión.
El autor desconoce que este medicamento y otros similares fueron desarrollados por lo que en ciencia se llama Serendipia, o sea que buscando un objetivo se encuentra otro; así, quienes pretendían encontrar un medicamento vasodilatador que ayudara a quienes sufren de hipertensión, descubrieron que estos pacientes de pronto tenían un inesperado estímulo sexual que, pese a su enfermedad, y muchos a su mayor edad, tenían un vigor como en su juventud. El desarrollo de esta llamada milagrosa pastilla azul renovó la actividad sexual de muchos, quienes sin la orientación médica han acudido a ella para satisfacción propia y de sus parejas, estables o de un instante; no se alarmaron cuando aparecieron noticias de que, como el personaje de una serie televisiva, algunos habían fallecido en plena actividad sexual, lo que calificaron como la más placentera de las muertes.
El personaje de esta novela cree que si no está enfermo del corazón puede consumirla, y desconoce que no sólo se padece de hipertensión (cierto, es lo más común, por aquello del sedentarismo, el tabaquismo, la falta de ejercicio, el consumo de sal más allá de los siete gramos necesarios para no decaer); igual de grave es la hipotensión, o sea la presión baja constante (o repentina, pero ésta se combate en cuanto pasa el susto), lo que antes se remediaba con Coramina (según el cine mexicano; ya no está de moda en México, pero es muy utilizada para combatir la fatiga, o el decaimiento por el mal de altura o los viajes en avión en personas muy sensibles, muy popular en Suramérica), o más actualmente por el AS Cor. Quien está normal del corazón, es decir, sin arterías o venas tapadas, con la presión entre 110/70 o 120/80, sufrirá una baja de presión con las medicinas contra la falta de erección; si se toma dos al día sufrirá una baja muy sensible de la presión, lo que combinada con el ajetreo, las contorsiones, los peligrosos malabares, puede resultar si no fatal, cuando menos peligroso. Si no, es potencial víctima de priapismo, incómodo, además de riesgoso. Sindudamente, el personaje no consultó a una cardióloga rigurosa.

La primera serie de Los Narradores Ante el Público tuvo 20 participantes; conocí o conozco a la mayoría, aunque no con todos he tenido la misma amistad; haré el recuento de mis agradecimientos según el orden en que dictaron su conferencia, el mismo en que están en el volumen publicado en el libro de Joaquín Mortiz; nunca vi, aunque leí todas las semanas, a Rafael Solana; a Juan Rulfo lo saludamos Paco Alvarado y yo, en una exposición en Bellas Artes, el mismo día en que le entregaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes (ese mismo día conocimos a Juan García Ponce). Nos atrevimos a acercarnos y, muy amablemente, nos dio su número telefónico, y charló un poco; nunca nos atrevimos a llamarle. A Juan José Arreola lo conocí en la preparatoria 9, en 1968, en una serie de conferencias; emocionó a quienes lo escuchamos; me firmó la edición conjunta de Confabulario y Varia Invención, y el fragmento correspondiente a su conferencia en Los Narradores; a Ricardo Garibay lo conocí en el Canal 11, un día que irrumpió en el programa de Sergio Romano, diciendo que lo amenazaba de muerte el gobernador de Guerrero por Acapulco, que estaba por aparecer; luego se sumó a la plática; por esas fechas llevaba a En mangas de camisa alguna edición rara; ese día llevaba un cuento infantil de Faulkner, editado por Lumen: “no lea a autores extranjeros”, me dijo, tajante, casi a gritos; el programa estaba por terminar, y Sergio nos conminó a que la siguiente semana debatiéramos sobre literatura colonizada, y lecturas extranjeras; el debate fue amistoso, pese al tono agresivo de Garibay, a sus frases fulminantes; me atreví a decirle que, en su conferencia de Los Narradores, había hablado de la influencia de Proust, Joyce, Faulkner en su obra, y me dio la razón cuando terminé diciendo que era más colonizante leer a Corín Tellado que a Faulkner; me agradeció mi nota sobre su reciente Verde Mayra, aunque no había sido elogiosa, y al terminar el programa me ofreció amistoso su mano, y me dijo que el tono agresivo era sólo una pose ante las cámaras. Pero no tuve oportunidad de tratarlo posteriormente. Rogelio Carvajal me pidió que prologara el volumen de sus crónicas en la edición de las obras completas; allí expresé mi admiración no incondicional por su obra literaria.

El siguiente conferencista fue Luis Spota; amigo de mi tío Ramón Berumen, lo conocí gracias a mi muy recordado amigo Sotero Garciarreyes, en sus oficinas en El Heraldo de México; desde luego, lo había leído, en especial Casi el paraíso, que sigo estimando una de las novelas más legibles y mejor narradas de la literatura mexicana; sus otras obras las había leído con prejuicios y sin atención, pero me puse a leerlo, pude ver dos cintas que había dirigido, y me concedió una entrevista que ocupó varias páginas en la revista Él, que dirigía James R. Fortson, otro amigo entrañable que no me corría cuando iba a sus oficinas en la colonia Cuauhtémoc, a quitarle el tiempo a Alfonso Rodríguez, a Jaime Reyes, a Javier Rábago Palafox y Abel Ramos.

Spota me preguntó si escribía; le llevé dos cuentos, “Croniquita” y “And Then I’ll Go Spoil it All by Say Something Stupid Like I Love You” (José Emilio Pacheco me corrigió: es saying, gerundio; si alguna vez lo reedito lo corregiré); los publicó el 9 y el 23 de enero de 1972 en El Heraldo Cultural, suplemento que dirigía, y donde publicaban Pacheco, José de la Colina, Huberto Batis, Juan Miguel de Mora, José Antonio Alcaraz, y después coincidí en sus páginas con Marco Antonio Campos, quien desde entonces deslumbraba con su cultura, y desde entonces me reprochaba mi afición por la televisión y por el mal cine, gustos que ahora compartimos, y llevamos más de cuarenta años de lecturas críticas, y a quien le debo haber participado en tantas mesas redondas, y haber coordinado una serie de conferencias y mesas redondas sobre literatura policial, y un homenaje a Sergio Galindo.

Pero ése no fue el único privilegio, sino que por varios años Spota me ofreció sus páginas para escribir de libros, cine, acontecimientos culturales; me pidió que mandara dos notas semanales, me inventó varios seudónimos, como Agustín González (en homenaje a un cronista deportivo, me dijo Spota, refiriéndose a González Escopeta), Diego Eguiluz, y otros menos rastreables; aunque no pagaban mucho, esos honorarios me ayudaron cada semana a acabalar los ingresos; también en esas páginas conocí a Óscar Wong, a Rafael Ramírez Heredia, quien me concedió su amistad duradera hasta su partida; conocí a Fernando del Moral, a Lucy Macías; gracias a ese suplemento conocí a Ricardo Anguia, un excelente pintor; Jorge Mejía Prieto, quien me hizo la primera entrevista, y Elda Peralta, con su seudónimo de Ellú Martí, hizo la primera reseña de mi primera novela, Háganme lugar. Por algunas notas publicadas en el suplemento recibí llamadas de Jaime Labastida, Carlos Monsiváis, Juan Bañuelos, Manuel Gutiérrez Oropeza, Lourdes Guerrero, Guillermo Ochoa, y me incluyeron varias editoriales en sus envíos de libros para reseñar.

Por El Heraldo Cultural conocí a Edmundo Gabilondo, primo de Cri-Cri y coleccionista de cine, quien me honró con su amistad varios años, y quien me mostró una cantidad impresionante de cine mexicano mudo, y documental; vi escenas de La Decena Trágica, y la primera película a colores, de 1908, y me obsequió una buena cantidad de libros y revistas de cine, como la colección casi completa de las ediciones de cine de la UNAM, entre ellas el segundo libro de Salvador Elizondo, sobre Luchino Visconti.

Sobre todo, las muchas horas que me dedicó Spota para hablar de libros, de sus novelas, y su amistad, que conservo aunque falleció muy joven hace muchos años. Muchas anécdotas divertidas, y otras no tanto, que muestran la hipocresía e ingratitud que le tuvieron muchos de sus colaboradores. Le tengo un agradecimiento que, como siempre pasa, no le externé de manera personal, sino hasta la última vez que nos vimos, y cuando me dijo que cada semana me seguía leyendo, aunque ya no existía su suplemento. Tengo todos sus libros (menos su obra de teatro y su biografía de Miguel Alemán) dedicados, y me aguantó críticas que le hice, siempre de buena voluntad, aunque no siempre elogiosas. Al releerlo, reconozco que tres de sus novelas deberán ser incluidas entre las mejores que se hayan escrito en México: Casi el paraíso, Lo de antes y Palabras mayores.

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