Darwin y el fundamentalismo religioso

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Allá en mi lejana infancia, antes de los libros de texto gratuitos de la SEP, me tocó estudiar ciencias naturales en el libro de un tal Mario Leal del que años después, ya mejor informado, pude percatarme de su nada escondido racismo y antisemitismo, que se manifestaban en los dibujos que ilustraban el capítulo de la obra dedicado a las razas del mundo.

Por Juan José Morales

En ellos, la raza blanca se representaba con el rostro de un apuesto doncel de finas facciones y claro perfil griego, la raza negra con un perfil simiesco más semejante al rostro de un orangután que de un humano, la ilustración de “la raza cobriza” —la nuestra— no llegaba a tales extremos sino su aspecto era sólo piadosamente feúcho —¿acaso los indios no lo son?—, y “la raza judía” se representaba con un caricaturesco perfil, de nariz más que prominente.

En concordancia con lo que el libro decía, nuestra maestra nos explicó que un buen ejemplo de judío era “Friedman, el dueño de La Casa de Todos”, un céntrico establecimiento comercial. Y ahí nos tienen ustedes ese día a los alumnos en pleno, al salir de la escuela, aglomerados frente a la tienda para conocer a un judío de carne y hueso y ver qué tan diferente era del resto de la hu-manidad.

Recordé esta anécdota al leer que en las escuelas de un distrito de Ankara, la capital de Turquía, se distribuye un libro de texto, aprobado por las autoridades educativas, en el cual, además de atacar la teoría de la evolución, se dice que Charles Darwin “Tenía dos problemas: Primero era judío; segundo, odiaba su frente prominente, su gran nariz y sus dientes deformes.” Y se añade que este judío narizón disfrutaba estar acompañado de monos.

El joven Darwin, no el anciano de larga barba blanca y aspecto cansado que siempre se nos muestra. Activo, dinámico e intrépido, no dudó en emprender la aventura que fue el duro y peligroso viaje de cinco años alrededor del mundo en el Beagle, durante el cual reunió material para desarrollar su teoría de la evolución.

En realidad, Darwin no era judío. Ni por su ascendencia ni por su religión. Su padre, Robert Darwin, médico de profesión, era librepensador, pero para complacer a su madre lo bautizó en la iglesia anglicana, de la cual Charles estuvo a punto de ser clérigo después de abandonar la carrera de medicina. Incluso, para realizar estudios eclesiásticos, ingresó en el Christ’s College de Cambridge, donde sin embargo no duró mucho… afortunadamente para la ciencia.

Decir que era judío —describiéndolo además con cierto estereotipo físico— es sólo un intento de aprovechar los sentimientos antisemitas de algunos sectores, para atacar a la teoría de la evolución. Sólo que ahora no son los fundamentalistas cristianos quienes lo hacen, sino los fundamentalistas musulmanes.

Y es que unos y otros, enemigos acérrimos, tienen no obstante un punto de coincidencia: su oscurantismo y su rechazo a los conocimientos científicos, que consideran diabólicos y peligrosos porque piensan que pueden debilitar la fe de los creyentes.

Lo curioso, sin embargo, es que las ideas de Darwin —o las que se le atribuían— han sido también usadas por políticos judíos para injuriar a sus adversarios. Por ejemplo, cuando el primer ministro británico Benjamin Disraeli —quien sostenía que el pueblo judío era el elegido de Dios y los judíos llevan la sabiduría en la sangre— dijo dirigiéndose a un miembro del parlamento con quien discutía: “Señor; mientras mis antepasados estaban escribiendo la Torah (el libro sagrado del judaísmo), los suyos estaban saltando de árbol en árbol”.

Como se ve, en materia de fanatismo, los radicales y fanáticos de todas las religiones son tan semejantes que resulta casi imposible distinguir a unos de otros.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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