El derecho a una muerte digna

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Hace poco más de un mes falleció una persona muy cercana a mí. Tuvo la buena fortuna de que su muerte fuera rápida y tranquila, pese a que lo aquejaba un tipo poco común de cáncer generalizado que le afectó seriamente casi todos los órganos y el pronóstico de los médicos era que viviría todavía unos meses más y en ese lapso experimentaría intensos dolores.

El lo sabía, y poco antes de morir dijo sin ambages a quienes lo rodeábamos que lo único que lamentaba era que los médicos no pudieran darle un medicamento que acabara rápidamente con su vida y le ahorrara esos sufrimientos.

La caricatura, publicada por un bloguero español, ilustra muy bien los casos de enfermos incurables sometidos a interminables y costosos tratamientos que sin curarlos les prolongan inútilmente vida, sufrimientos y dolores y hacen más abultada la cuenta del hospital.

Así es por desgracia. Bajo la actual legislación, un médico no puede ayudar a un paciente —aunque sea su voluntad expresa y lo manifieste clara e inequívocamente, en estado de plena lucidez— a morir tranquila y calmadamente, sin pasar por una larga y atroz agonía, como por lo general ocurre a las víctimas de ciertos tipos de cáncer y otras enfermedades terminales.

Por eso creo que ya va siendo tiempo de que —al igual que en otros países, como Holanda— se legisle para establecer el derecho a una muerte digna. Después de todo, si el derecho a la vida se considera el principal derecho del ser humano, debe también tener derecho a la muerte. A su propia muerte.

Sé que hay quienes se oponen a ello por razones religiosas. He escuchado argumentos de esa naturaleza, en el sentido de que la vida es propiedad de Dios y sólo él puede terminarla, o que se debe sufrir para ganarse el cielo. Pero, en primer lugar, no creo que la obligación de padecer atroces dolores y una prolongada agonía deba imponérsele a quienes no tienen interés por llegar al paraíso o a los muchos que no creemos en una vida después de la muerte ni —mucho menos— en un dios tan cruel y sádico que exija el sufrimiento como boleto de acceso a la gloria.

En segundo lugar, los padecimientos de una larga e incurable enfermedad no son sólo para el paciente, sino para su familia y todos sus allegados más próximos. A ellos también les toca el dolor de verlo sufrir sin poder hacer nada para evitarlo. Les toca también la responsabilidad de atenderlo cuando la enfermedad lo deja postrado, incapacitado para valerse por sí mismo, y a veces hasta sin poder controlar sus evacuaciones. En tales circunstancias —por terrible e inhumano que ello parezca— la propia familia llega a detestar inconscientemente al enfermo y desear que muera cuanto antes.

Y ni qué decir de los gastos, a veces exorbitantes, que implica para la familia seguir administrándole atención médica totalmente inútil, que no le salvará la vida sino únicamente prolongará su agonía y sus sufrimientos.

Si mal no recuerdo, hace algunos años el PRD presentó una iniciativa de ley sobre la terminación voluntaria de la vida, que daba a los enfermos terminales la potestad, no sólo de pedir que no se le apliquen —o que se suspenda su aplicación— tratamientos o fármacos para prolongarle la vida, sino también la facultad de pedir de manera libre, voluntaria y autónoma, que se le otorguen los medios necesarios para la interrupción de su vida.

La iniciativa no prosperó. Sobre todo porque en aquellos tiempos estaba en marcha la ofensiva clerical —apoyada por las diputaciones del PAN, el PRI y el Panal— para implantar en todos los estados las llamadas leyes de defensa de la vida, que penalizan severamente el aborto.

Mientras la ley no nos otorgue el derecho a decidir sobre la terminación voluntaria de nuestra propia vida en caso de una enfermedad terminal, seguirán dándose suicidios de enfermos desesperados, con los consiguientes problemas para la familia, que debe pasar por el trauma de verlos ahorcados o bañados en sangre con un tiro en la cabeza, y de ribete sufrir la verdadera tortura de una indagación judicial que no pocas veces se traduce en infundadas acusaciones de homicidio y en extorsión por parte de policías corruptos.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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