Un productivo triángulo engañabobos

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Hace unos días, por enésima vez, me topé en la televisión con un documental sobre el llamado Triángulo de las Bermudas, en esta ocasión presentado en History Channel, un canal que se ufana de ser serio. Pero —como casi todos los demás documentales, libros, artículos y reportajes sobre este tema— el programa en cuestión no pasó de repetir lo mismo que se ha dicho hasta la saciedad: que en esa zona del Atlántico, aviones, barcos y seres humanos desaparecen misteriosamente y ocurren inexplicables fenómenos meteorológicos y geofísicos.

El dichoso triángulo es una región de más de un millón de kilómetros cuadrados delimitada por Florida, Puerto Rico y las islas Bermudas. Ahí, según se repite una y otra vez, se han desvanecido sin dejar rastro alguno, cientos de buques y aeronaves, existen desconcertantes anomalías magnéticas y gravitacionales, los aparatos de radio y los sistemas de navegación dejan repentinamente de funcionar y los aeroplanos se ven envueltos en una extraña niebla que desorienta a los pilotos.

El Triángulo de las Bermudas ha servido para todo. Hasta para elaborar churros cinematográficos, como esta coproducción ítalo-mexicana de 1978 —en la cual truculentamente el triángulo se volvió diabólico— dirigida por el inefable René Cardona Jr.

El mito lo popularizó con su libro de ese nombre, el Triángulo de las Bermudas —del cual se vendieron más de 20 millones de ejemplares—, un tal Charles Berlitz, nieto del fundador de las conocidas escuelas de idiomas que llevan su apellido. El nieto, a quien se ha colgado toda clase de títulos, desde arqueólogo hasta submarinista, se presenta como investigador pero sólo fue lingüista y profesor de idiomas y jamás realizó nada que pudiera llamarse ni remotamente una investigación científica. En la obra, presenta una impresionante lista de naufragios y desastres aéreos que califica de inexplicables, ocurridos —afirma— en esa transitada zona del Atlántico.

En 1974, sin embargo, Lawrence David Kusche, aviador y bibliotecario de la Universidad de Arizona realizó una acuciosa investigación de las “enigmáticas” desapariciones citadas por Berlitz y encontró que en algunos casos jamás sucedieron sino que fueron inventadas o se refieren a buques de los cuales no hay pruebas de que hayan existido siquiera, como un imaginario Stavenger. Otras fueron reales pero no ocurrieron en el triángulo sino a miles de kilómetros en el Atlántico del Norte, en las cercanías de Irlanda, e incluso —el naufragio del Freya— en el Pacífico. Y en su mayoría no tenían nada de enigmáticas, pues se sabía perfectamente que se debieron a tormentas, explosiones, incendios y otros accidentes, o a hechos de guerra. Una vez descartadas esas desapariciones falsas o que nada tenían de misteriosas, sólo quedaron unas pocas sin explicar. Y resultó que —contra lo que se dice— en esa zona no ocurren más naufragios o accidentes aéreos que en cualquier otra igualmente transitada. Por lo demás, a medida que mejoran los sistemas de localización y navegación —por ejemplo con los equipos de posicionamiento global por satélite— han ido disminuyendo tales desastres.

Y aquí debe recalcarse que por esa región del Atlántico cruzan cada año decenas de miles de buques y aviones de todos tipos y tamaños, sin que piloto o capitán alguno tema hacerlo. De hecho es una de las regiones más transitadas del océano. Incluso pasan por ella las rutas de cruceros que van de Florida a Cozumel y Majahual en Quintana Roo.

Sobra decir que del libro de Kusche no se vendieron millones de ejemplares sino sólo unos miles, o decenas de miles si acaso. Y es que la gente parece tener una propensión innata a rechazar la verdad y en cambio creer a pie juntillas lo que cualquier charlatán presente como suceso inexplicable, misterioso o sobrenatural, aunque no tenga absolutamente nada de enigmático.

Por ello persiste el mito del Triángulo de las Bermudas. Es un cuento engañabobos muy productivo para periodistas, escritores y productores de televisión.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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