De plagios y plagios / El destino de las bibliotecas /Más musas de Lester

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De nuevo las opiniones se polarizan, aunque prevalecen las que condenan a Alfredo Bryce Echenique (sin dejar de elogiar algunos de sus libros) y al jurado que le otorgó un premio ya de por sí escandaloso desde que Tomás Segovia, a quien se lo otorgaron, hizo una semblanza campechana y amistosa de Juan Rulfo, cuyo nombre prestigiaba a dicho premio, y la familia Rulfo se indignó; como los responsables no se echaron para atrás y se negaron a nombrar a otro ganador, ellos retiraron el nombre del Rulfo mayor. A Bryce Echenique, sin dejar de elogiar sus novelas y algunos de sus cuentos, lo condenan por haber plagiado 16 artículos de 15 autores (32, dice Musacchio); no he visto más que el nombre de uno de ellos, el doctor Cristóbal Pera; no sé en qué consistió el plagio, si en el tema, en la redacción, en las conclusiones, si no le dio el crédito debido, si no entrecomilló; lo grave de este asunto es que no sólo copió un artículo en el que Bryce Echenique no es experto (el doctor Pera es un magnífico escritor que asume, hasta lo que le he leído, asuntos médicos –su profesión— con inteligencia, humor y sabiduría, sin alarmar a los lectores, ni siquiera a los hipocondriacos como yo): faltó además a las reglas de la cortesía porque lo plagió después de haber comido en su casa. No he tenido la curiosidad malsana de buscar los 16 (¿32?) artículos para compararlos con los originales; lo grave es que las acusaciones causan prejuicios y durante mucho tiempo leeremos a Bryce Echenique prevenidos y advertidos; lo leeremos mal.

El tema del plagio es largo y antiguo, tanto que muchos se han plagiado el famoso juicio “bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos”; hace unos años nadie menos que Carlos Fuentes fue acusado de plagiar una novela mediana (la tengo, pero no la presto, ni pienso releerla); se demostró que era una acusación falsa, y que el tema no puede ser propiedad de una sola persona; se citó, por ejemplo, dos grandes novelas sobre la infidelidad femenina, Madame Bovary y Anna Karenina: ¿Tolstoi copiando a Flaubert? Nada más ridículo. Fuentes tuvo a bien titular uno de sus más recientes libros, el muy dramático Todas las familias felices, con la primera frase, y tema de Anna Karenina, que además usó como epígrafe del volumen y es citada en Cumpleaños. Las hemos olvidado, pero ha habido muchas acusaciones (no voy a entrecomillar, porque yo mismo las cité): en su autobiografía, Juan Vicente Melo dice que en un periódico de Veracruz publicaba crónicas, cuentos, relatos, críticas, de varios de los entonces jóvenes y ya magistrales escritores, como José Emilio Pacheco o José de la Colina, y “algún plagio” de Gustavo Sainz; esas afirmaciones llegaron de manera contundente a las páginas sepia de Siempre!, por lectores que decían que Sainz tomaba textos de escritores que no llegaban a México y las firmaba como suyos. También se acusó a Carlos Monsiváis de plagiar una columna titulada “La caja idiota”, en la que analizaba la televisión, pero él respondió que sólo tomaba el título, no el tono ni los temas ni el lenguaje de la columna original de la revista Encounter; no fueron muchos, pero sí algunos, los que notaron el parecido de su “Notas sobre el camp”, recogido en Días de guardar, con las Notas sobre el Camp de Susan Sontag, recogidas en Contra la interpretación; en efecto, poco tenían que ver; Monsiváis desde aquellas épocas tenía una información impresionante, similar a la que puede conseguirse ahora, superficialmente, gracias a las redes sociales. Hubo sin embargo, un plagio que no trascendió: en las páginas de La Cultura en México, el 11 de octubre de 1967, Monsiváis publicó “He leído un artículo inolvidable, pero no ha sido éste”, con los cintillos “Los Hermanos Marx. Crítica de la razón pop”. Supongo que ese buen artículo no fue recogido para su Días de guardar, que incluye muchas de sus notas escritas por aquellos días, porque iba a guardarlo para su libro prometido y nunca entregado a la imprenta sobre los Marx (“¿Estás escribiendo un nuevo libro?”, preguntó James R. Fortson; “Sí, he terminado una primera versión de un ensayo larguísimo sobre los hermanos Marx, que me interesan sobremanera. Ignoro la calidad de mi texto, pero le puse mucho empeño […] los hermanos Marx me apasionan, como fenómeno de anarquía artística, de anarquía y destrucción del orden cómico inclusive…” (entrevista aparecida en dos números, de junio y julio de 1972, en la revista Él, y recogida en Cara a cara. Confrontaciones humanas, tomo I, Fortson, Grijalbo, 1974); nadie se indignó cuando en las páginas de la revista Él en 1973 (por desgracia no recuerdo el mes) apareció un artículo titulado “He leído un artículo inolvidable, pero no ha sido éste”, con párrafos idénticos a los de Monsiváis; estaba firmado… por Carlos Monsiváis (por desgracia, en su hemerografía del Diccionario de Escritores Mexicanos de la UNAM, y reproducida en El arte de la ironía. Carlos Monsiváis ante la crítica –compilación de Mabel Moraña e Ignacio Sánchez Prado, Ediciones Era-UNAM) no se da cuenta de lo que Monsiváis publicó en muchas revistas, como Él, Eros y otras, o como él mismo decía, hasta en las hojitas parroquiales. Emilio García Riera da cuenta de innumerables plagios cometidos por el cine mexicano a lo largo de su historia: adaptan novelas, obras de teatro, otras cintas, y la mayoría de las veces los responsables no dan cuenta de dónde les llegó la inspiración; mi plagio favorito es la versión mexicana de Los tres mosqueteros, Cuatro contra el imperio, trasladada a la época de la Intervención francesa, con Antonio Aguilar como D’Artagnan, pero los ejemplos sobran. Lo más curioso es que a veces cuando dan crédito o se dicen filmes inspirados en alguna novela o drama, se apartan tanto que uno debe imaginar en dónde está la adaptación. Y no sólo en el cine mexicano: Tres hombres y un bebé, que conmovió hasta a las admiradoras de Magnum, fue antes una cinta francesa, lo mismo que El hombre que amó a las mujeres, primero de Truffaut y luego de Blacke Edwards (bueno, las norteamericanas dieron créditos a los guiones originales, pero escondidos). II ¿A dónde van a parar las bibliotecas de los aficionados a coleccionar libros, cuando sus propietarios abandonan el mundo? Uno pensaría que el Estado, por intermedio de la UNAM o del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, debería resguardarlas; esta última institución tuvo a bien adquirir algunas bibliotecas célebres, como las de José Luis Martínez, Alí Chumacero y la de Carlos Monsiváis. Al revisar la trayectoria de los dos primeros encontramos muchas coincidencias: son coetáneos, contemporáneos y empezaron y trabajaron en las mismas revistas, Tierra Nueva y Letras de México, colaboraron en las mismas publicaciones, ambos trabajaron en Ferrocarriles Mexicanos (el Diccionario de Escritores Mexicanos no da cuenta de esto), y sobre todo en el Fondo de Cultura Económica; fueron grandes amigos y compañeros, y tenían los mismos gustos, las mismas amistades (Alí, más campechano y compartido), las mismas aficiones; ¿cuál será la diferencia entre las bibliotecas de uno y otro? Hay también el rumor de que antes de que el Estado, o algún particular poderoso (durante mucho tiempo los investigadores aspiraban a vender las suyas a Condumex, o a Televisa) adquiera alguna biblioteca, antes ya fue ordeñada por amistades y familiares; no hace mucho tiempo adquirí de manera formal, no clandestina, libros que pertenecieron a Jaime Torres Bodet, fallecido a principios de los años setenta, y 40 años después llegan a librerías especializadas; no digo los títulos ni los autores para no causarle un telele a quienes entregaron ansiosos de reconocimiento sus libros, con dedicatorias llenas de afecto y admiración, y llegaron a mis manos intonsos. Pero en una página de internet dedicada a promover librerías de todo el mundo encuentro que un ejemplar de 6 7 poemas (ediciones Aztlán), de Carlos Pellicer, lo ofrecen en poco más de 200 euros, con el atractivo extra, aparte de ser una primera edición, de estar dedicado a Julio Torri, “poeta, amigo y otras tres cosas”; la librería que la ofrece está en la ciudad de México, pero se supone que la biblioteca de Torri está bajo buen resguardo (menos algunas de sus ediciones pecaminosas, que caminaron desde hace mucho, dicen), pero una librería de San Francisco ofrece en 199 euros un ejemplar de Camino, dedicado a Rafael Muñoz López, cuyos descendientes se desprenden de esa joya, de tan pocos ejemplares. En esa misma página vemos que libros pertenecientes a José Bianco están en oferta; es de suponer que no hay quien cuide que su biblioteca se conserve intacta. ¿Las bibliotecas de escritores o de grandes lectores mexicanos están protegidas? Una librería especializada en estos rubros afirma que no es la edad, ni lo famoso de los autores, lo que hace valioso un libro. ¿Qué es? Lo terrible es habernos desecho de algún ejemplar que de pronto adquiere celebridad. Abundan quienes pretenden vender muy caro un libro de un tiraje de diez mil ejemplares (más otros de reposición –esta frase la plagio de uno de mis autores favoritos, por desgracia poco leído), y quieren mucho por él, más que por uno de 200 ejemplares y nunca reeditado. ¿Es el nombre del autor, lo raro de la edición? Dicen que un famoso escritor, dueño de una biblioteca enorme, porque le llegaban cortesías de todas las editoriales, ante la falta de espacio en su casa ofreció donar sus libros a la Universidad, quienes con poca cortesía declinaron la oferta porque no tienen dónde guardarla; en alguna de las escuelas periféricas, sugirió, sabedor que él tiene más libros que todas las bibliotecas de las prepas y otras escuelas lejanas a CU; tampoco hay espacio, le contestaron; dicen que, corteses, no le dijeron que calculan que, excepto por algunas ediciones de autor, tiene los mismos títulos que la UNAM porque ésta los recibe de la oficina de Derechos de Autor, así que no remediaría ninguna carencia o laguna; o sea que no hay que tener muchos, sólo libros buenos, porque ya no es fácil engañar a (todas) las autoridades; queda el recurso de malvenderla a universidades del extranjero, que se interesan no tanto por títulos raros, inconseguibles, ediciones príncipes, incunables (saqueadas de bibliotecas públicas); se interesan más bien por las dedicatorias, mientras más raras, mejor. III En las redes sociales me enteré, y me dejó azorado, de la muerte sorpresiva de Jesús Muñoz, a quien se le conocía como Muni. Un día me llamaron a casa, no sé cómo se enteraron del teléfono, Víctor Roura y Muni; vivían en un pequeño ático en una vecindad cercana al Monumento a la Revolución; publicaban una revista, Sesión, donde comentaron con sentido crítico alguna nota mía sobre Electric Light Orchestra en El Heraldo Cultural, pero se interesaban en platicar conmigo; con cierto recelo acudí una tarde en la que, por complacerme, pusieron varios discos, entre ellos uno de Harrison que a la fecha no tengo; bebimos vodka y nos hicimos cuates; colaboré en su revista, y en alguna otra que emprendieron; los invité a colaborar en La Onda, pero Muni era rejego y entregó pocas notas; Roura comenzó a trabajar en unomásuno, luego en La Jornada y después en El Financiero; al margen editó Melodía. Diez años después, donde también me invitó a colaborar. Muni contrajo matrimonio, y tenía mejores ingresos cocinando unos pasteles naturistas exquisitos, de los que fui cliente hasta que dejó de hacerlos. Quién sabe dónde conseguía discos extrañísimos que no llegaban a las disquerías; tenía grabaciones extraoficiales de Beatles, sesiones alternas a las oficiales, con diferencias notables: “Dig it”, que en Let it Be dura 51 segundos, en el disco que me vendió él dura siete minutos 51 segundos; hay versiones que no vienen en Antología, que es la oficialización de muchas versiones pirata (que es como si una esposa da permiso a un marido coscolino para que tenga versiones alternas: le quita emoción al asunto); por ejemplo, When Two Legends Collide, en la que Lennon canta “She’s Like a Rainbow” interpretada por Rolling Stones; años después me consiguió la rarísima grabación de Traffic con Jimi Hendriks, un excelente disco homenaje a The Doors con una excepcional versión de “Roadhouse Blues” a cargo de Status Quo, y una de “Light my Fire”, con Led Zeppelin, y otras. Cuando Jorge Pantoja organizó una sesión de intercambio de rarezas a las afueras del Museo del Chopo (entonces dirigido por Ángeles Mastretta), Muni fue de los más entusiastas; ese intercambio tuvo tanto éxito que debieron hacerlo varios sábados, hasta que las autoridades del museo se deslindaron de su organización, que llevaba a centenares, tal vez miles de fanáticos cada sábado a cambiar, pero después a vender, sus mercancías; los vecinos se quejaron, y los tianguistas se cambiaron a la Guerrero, por la esquina que domina (aunque los más excéntricos coleccionistas se ponían más bien en La Lagunilla, donde nunca pude comprar “Back”, con Los Spiders, porque pedían miles de pesos por aquel LP rarísimo. Muni se apersonó, se arraigó, y se hizo uno de los líderes de los tianguistas, y uno de los más respetados. Además de allí, se instaló en las afueras de la Ciudadela, donde vendía posters, revistas raras, camisetas, y discos muy raros; quién sabe cómo conseguía grabaciones de los conciertos que dieron muchos conjuntos en México, y una semana después ya vendía casetes con esos conciertos, la mayoría de las veces muy bien grabados; de lunes a viernes, si sobrevivía a sus desveladas, habría su puesto a media mañana; cuando iba a visitarlo me tenía noticias del gremio musical, o del literario: “¿sabes que el Chamaco ya lee? Como ahora es amigo de famosos, tiene que contestarles cuando le preguntan qué piensa de sus libros”; o quién se divorciaba (a veces, sin estar casado); durante mucho tiempo su saludo era “ya ves cómo es Manuel”, en alusión a Manuel Gutiérrez Oropeza, con quien tenía discusiones muy divertidas, cuando nos visitaba en La Onda. Tenía fama de arisco, pero también de generoso, y conservó sus amistades de hace 30 o 35 años, algo que no todos podemos hacer. Tal vez su episodio más curioso fue durante una gresca en una cantina, donde varios rocanroleros departían con Joaquín Sabina, y se fueron a golpes contra Víctor Roura, quien dejó de defenderse cuando vio, azorado, que Muni estaba entre sus verdugos. Nunca me aclaró el motivo. El deceso de Muni me dejó completamente azorado. IV Para muchos cinéfilos, la belleza de Rachel Welch es artificial, de plástico; aunque parecía perfecta, con un cuerpo equilibrado, en realidad era fría, no pertenecía al cine sino a las revistas eróticas (“Self play, boy”), y sus intervenciones en todas las cintas en donde aparece son inocuas, excepto en dos: Bedazzled, donde Stanley Donen aprovecha la atmósfera de la cinta y la expresión de Dudley Moore para hacerla parecer excitante, y en Los tres mosqueteros, donde se ve simpática, desenvuelta en su papel de ingenua, y en donde su belleza es provocativa, aunque aparece completamente vestida, pero con un escote que deja ver no el tamaño sino la forma de sus pechos; en una escena sólo se ve eso: ella va fuera de una carroza, a gran velocidad; se abre la ventanilla y lo único que se puede observar son sus pechos, con un balanceo muy exacto, muy justo, y que excita tanto a quienes la observan como al espectador. Todas las mujeres que aparecen en las tres películas de los mosqueteros, de Richard Lester, son, más que bellas, misteriosas, enigmáticas, capaces de producir estremecimientos en los protagonistas masculinos; si Welch es ingenua, de cualquier manera D’Artagnan sucumbe más que a sus atributos físicos, a su comportamiento frágil, a la sensación que da de desamparo; la reina infiel Geraldine Chaplin, la villana Faye Dunaway, y las comparsas Nicole Calfan, Sybil Danning, Gitty Djamal y Kim Cattral hacen que se mueva la cinta entre la gandallez de villanos y héroes, y la conmoción que provocan ellas; Lester le dio a sus protagonistas femeninas un papel preponderante, más que en el argumento, en su presencia y lo que ésta causaba; sus heroínas en estas tres cintas de mosqueteros, surgen, no aparecen, como en un poema de De Moraes. Richard Donner eligió a Margot Kidder por sobre más de cien aspirantes a protagonizar a Luisa Lane en Supermán, porque en la prueba (audición) mostró auténtica vergüenza cuando Supermán ve, con su visión de rayos X, que ella usa tarzaneras rosas; y en la cinta se ve en realidad perturbada en esa escena; Donner pone a la espontánea e hiperactiva Luisa agarrada del helicóptero a punto de caer desde la azotea, o helipuerto, de El Planeta, y aunque la toma desde abajo, no muestra las piernas (aunque sí en la parodia de Mad, donde alguien asegura que trae lencería transparente); en las dos secuelas, Lester la hace menos turbada, más empecinada, y sobre todo deseosa de volcar su erotismo en Supermán; Lester la respeta mucho, aunque hay dos escenas en Supermán II en que se nota el erotismo inteligente del director: cuando los supervillanos soplan haciendo caer cornisas, volcar autos y casi volar a la gente, la tensión se distrae cuando por el superviento hace volar la falda de una transeúnte a la que se le ven las tarzaneras blancas; pero quien resulta irresistible es Sarah Douglas como supervillana, con rostro enigmático y expresión misteriosa; además, muestra sus piernas en la escena más atrevida de toda su carrera, superior incluso al no muy estético desnudo que hizo en The Brute. Lester, como veremos después, sabía tratar a las mujeres y hacerlas excitantes, atractivas, memorables. V Busco chamba: quiero hacer los resúmenes de las películas transmitidas por Cablevisión: diría que la trama es que “un muchacho conoce a una muchacha”, y le ahorraría el esfuerzo al televidente; desde el principio diría quién es el asesino; llamaría la atención de las escenas atrevidas y cuántos desnudos contiene cada cinta. VI Dicen que los Tigres de Detroit estaban fuera de ritmo en la Serie Mundial; es falso; quienes estaban fuera de ritmo eran los lanzadores, nada más; y hasta eso, no mucho: tres de los cuatro juegos fueron muy cerrados. Y a propósito, en los juegos de futbol americano llama la atención que Fernando Von Rossum (padre) diga todo en cinco o seis palabras, mientras que sus compañeros usen 40 o 50 para decir nada, o lo mismo que don Fernando, sólo que sin gracia ni inteligencia.

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