Después de Lucía: minimalismo a ritmo de caracol

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Ganadora del premio Una cierta mirada del festival de cine de Cannes. Quizá el tema que aborda, muy sonado en estos días y sobre el que evidentemente debe actuarse, contribuyó a su éxito.

Por Víctor M. Aguilera L.

Después de perder a Lucía, su esposa, Roberto (Hernán Mendoza) decide salir de Puerto Vallarta junto con su hija, Alejandra (Tessa Ia), para comenzar una nueva vida en la Ciudad de México. Adaptarse no es fácil, pero las cosas se complican aún más cuando Alejandra es grabada en un momento íntimo y alguien difunde el video entre sus compañeros de escuela: la joven se convierte en víctima de abusos cada vez más violentos y degradantes.
El largometraje, que se centra en el abuso escolar (o bullying), fue escrito y dirigido por Michel Franco, a quien parecieran interesarle la humillación y el cine con tendencias melodramáticas: su película anterior, Daniel y Ana (2009), expone la historia de dos hermanos quienes son obligados por sus secuestradores a tener relaciones sexuales frente a una cámara.
Después de Lucía (2012) puede presumir de tener diálogos naturales que los actores expresan con el realismo e intensidad que cada escena requiere. Por lo general, las interpretaciones consiguen convencer sobre la cotidianeidad de las situaciones que se desarrollan en la pantalla y en los momentos más exaltantes los actores logran representaciones convincentes.
De entre todos ellos, el personaje de Hernán Mendoza parece ser el mejor construido: desde la primera secuencia podemos ver cómo la depresión, la frustración y la furia reprimidas constantemente lo hacen estallar y tomar malas decisiones. Este impulsivo comportamiento es vital para entender y justificar su decisión en la escena final.
Sin embargo, todo lo contrario ocurre con la protagonista: el personaje más importante y a quien debió dársele mayor cuidado en el planteamiento psicológico se expone más bien como un ser incoherente sólo por el bien de la trama; como una pieza de rompecabezas que se mete a la fuerza aunque no pertenezca a ese lugar.
Por ejemplo, aunque la historia es posible debido al silencio de Alejandra sobre los abusos que sufre, la joven que conocemos al principio no es reservada y, en realidad, se muestra bastante segura y deseosa de comunicarse con su distante padre. Cuando el director de la escuela cita a Roberto para comentarle sobre el consumo de marihuana de Alejandra, ella tiene el valor de cuestionar: “¿Y eso qué tiene que ver con la escuela?”.
Si quisiera pensarse que la protagonista decide callar para no dar más preocupaciones a su padre, la decisión que ella toma al final implica totalmente lo contrario y Roberto queda completamente destrozado. Cabe aclarar que todo esto es, por supuesto, problema del guión y no de la interpretación de Tessa, quien hizo un buen trabajo a lo largo del filme.
Cediendo un poco, podemos justificar las acciones de la protagonista si pensamos que durante la adolescencia todos actuamos de manera más o menos ilógica en alguna ocasión. Además, conforme la vergüenza, los abusos y la humillación crecen, el carácter, autoestima y valores de Alejandra son pulverizados: después de todo, esto es precisamente el mensaje último de la película. Pero, a final de cuentas, la historia sigue sintiéndose forzada.
En cuanto a la técnica, la película opta por el minimalismo, es decir, el lenguaje cinematográfico reducido a lo más sencillo: no hay música a menos que sea diegética (la que escuchan los personajes, por ejemplo, en el radio durante una escena de fiesta), los diálogos son parcos y la cámara casi no se mueve. Así, lo único que abunda son tomas largas, algunas de las cuales parecen eternas.
Este tipo de expresión fílmica es común para producir un efecto dramático o estético acorde con lo que se muestra en pantalla. En la película de Franco, por ejemplo, la economía de recursos pretende aumentar la tensión y expresar el ambiente opresivo provocado por el silencio de la protagonista; lo que en ocasiones consigue.
Sin embargo, el uso plano y monótono de esta táctica consigue que uno se pregunte por qué es necesaria la existencia de varias escenas, como aquella que consiste únicamente en Alejandra comentándole a su papá que va a bañarse… El ritmo de la película parece innecesaria e injustificadamente lento. Más que un efecto dramático consigue uno frustrante, no por el destino de la protagonista, sino por el tiempo que se siente perdido.
La cuestión es que este minimalismo de ritmo de caracol y tomas muy largas, tan de moda en el cine mexicano actual, provoca que uno se pregunte hasta qué punto se trata de una tendencia estética válida y hasta cuál es sólo un síntoma de mediocridad.
Sin embargo, muchos no piensan igual y la película recién fue ganadora del premio Una cierta mirada del festival de cine de Cannes. Quizá el tema que aborda, muy sonado en estos días y sobre el que evidentemente debe actuarse, contribuyó a su éxito. A final de cuentas, la moraleja es clara: hay que romper el silencio para evitar estos abusos; abusos como el bullying y el del minimalismo como máscara para pretender que tu película es artística.

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