El sexo en tiempos del Jurásico

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De que lo hacían, lo hacían. No cabe duda de ello, porque si no, se hubieran extinguido antes de que les cayera el asteroide de Chicxulub. La cuestión es saber cómo lo hacían, y según investigadores como el Dr. Ken Carpenter, la Dra. Kristy Curry Rogers y, sobre todo, el ya fallecido Dr. Lambert Beverly Halstead, un paleobiólogo británico muy conocido por su trabajo de divulgación de la ciencia, la postura más usual que para copular adoptaban los dinosaurios y demás bichos de su ralea, era la que popularmente se conoce como “de perrito”, con el macho montando por detrás a la hembra.

De 13 metros de largo, seis de altura y hasta diez toneladas, el Tyrannosaurus rex —al que aquí vemos en la dulce y aplastante unión con su pareja sexual— era un monstruo imponente. Usualmente se considera que fue un agresivo depredador, pero hay quienes opinan que en realidad era carroñero. De cualquier manera, las poderosas garras de sus pequeñas patas delanteras podían destrozar el cuerpo de un animal.

De todo esto se habla en un documental de televisión difundido recientemente, pero en realidad es asunto viejo. Halstead, quien murió en 1991 y cuya especialidad, como señalábamos, era el estudio de la biología de animales ya extintos de los cuales sólo se conocen sus fósiles, dedicó bastante tiempo a este tema, que le pareció fascinante dadas —decía— las formidables dificultades que implicaba para los mayores dinosaurios, con sus decenas de toneladas de peso y su formidable armadura de gruesas placas y enormes y puntiagudas espinas, cumplir el rito de la reproducción.

Con base en sus estudios sobre la anatomía y dimensiones de los dinosaurios, Halstead desarrolló varias explicaciones muy convincentes que hoy día son generalmente aceptadas por los especialistas, sobre todo porque corresponden a la forma en que se aparean los reptiles de la actualidad y llegó a la conclusión de que esencialmente todos los dinosaurios, grandes y pequeños, lo mismo los terrestres que los acuáticos y los grandes reptiles voladores o pterosaurios, adoptaban la mencionada postura como posición básica para la unión sexual.

Los pentacerátopos, de los cuales hubo varias especies del mismo género, habitaron en lo que ahora es Norteamérica. El nombre de estos dinosaurios significa “rostro con cinco cuernos”, pero sólo tres eran cuernos en sentido estricto, largos, fuertes y muy puntiagudos, adecuados para el ataque. Los otros dos, a ambos lados del rostro, eran una especie de gruesas púas protectoras. En la imagen, una pareja de ellos en plena cópula. Sus bramidos deben haberse escuchado a kilómetros de distancia.

En el caso de las especies terrestres y las voladoras —que se apareaban en tierra—, la hembra acercaba al suelo los cuartos traseros lo más posible —a diferencia de las hembras de los mamíferos, que levantan la grupa para recibir al macho—, y el macho se le subía a la espalda sujetándose con las patas delanteras y tratando de acomodar la cola bajo la de la hembra. Luego levantaba una pata trasera para situarla sobre el lomo de su pareja, y finalmente introducía el pene en la cloaca, una cavidad que poseen las aves, los anfibios y los reptiles y que está conectada al aparato urinario y el reproductor. Soltaba su carga de espermatozoides, y se retiraba. Todo ello en breve tiempo —la introducción y la eyaculación deben haber sido cosa de segundos—, pues es de suponer que tener 15 ó 20 toneladas sobre la espalda no resultaba muy placentero para las dinosaurias. Lo que presumiblemente llevaba bastante más tiempo, era todo el ritual previo al apareamiento.

Quizá pronto comencemos a ver en los museos exhibiciones como esta, aunque quizá también las pudibundas señoras de la Liga de la Decencia o los no menos pudibundos Caballeros de Colón pongan el grito en el cielo y exijan que se retiren semejantes cochinadas que podrían incitar a las impolutas mentes infantiles a pecar de pensamiento o —peor aún— de obra.

Otra solución que la naturaleza le dio por la vía evolutiva al problema de tener a cuestas —así fuera por poco tiempo— semejante mole, fue hacer a las hembras de los dinosaurios mayores que los machos, a diferencia de lo que ocurre en la generalidad de los animales, en los que el macho supera en tamaño a la hembra. Al menos ese parece ser el caso del gigantesco tiranosaurio, una de las especies más conocidas.

De cualquier manera, la cópula resultaba tan incómoda, molesta y problemática para aquellas criaturas, que algunos especialistas opinan que quizá trataban de realizarla en el agua, donde la flotabilidad les facilitaba las cosas, como lo hacen actualmente sus lejanos descendientes, los cocodrilos y las tortugas marinas. Unos y otras, aunque depositan sus huevos en tierra, se aparean en el agua, justamente porque a la hembra le resulta más conveniente al no tener que soportar el gran peso del macho. No hay todavía, sin embargo, muchas evidencias de que los dinosaurios tuvieran un comportamiento semejante.

Después de todo, ni los elefantes ni los rinocerontes se aparean en tierra firme y no en el agua, pese a que son bastante pesaditos y experimentan iguales dificultades para llevar a cabo la reproducción.

Desde luego, las especies marinas, como los ictiosaurios y los plesiosaurios lo hacían en lagos y mares, donde las cosas se les facilitaban por la flotabilidad.
Y ya que andamos por los   terrenos de la vida sexual de los dinosaurios, para satisfacer el morbo de los lectores interesados en tales minucias, diremos que, según estiman algunos paleobiólogos, el pene de los mayores de ellos era un instrumento verdaderamente formidable que superaba los 3.5 metros de longitud.

Hace 150 millones de años, los descomunales braquiosaurios —de 25 metros de largo, 13 de altura y entre 35 y 60 toneladas, quizá los dinosaurios más conocidos y populares— fueron pioneros de una técnica de fornicación que los humanos perfeccionarían con el colchón de agua y les permitía montar a la hembra sin aplastarla con su propio peso.

 

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx
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