Miguel Capistrán y Javier Ibarrola

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Los recuerdos se acumulan en estos días, que no han sido fáciles; y ante la soledad que se siente, es preferible acudir a los recuerdos gratos ante las personas que se van. A Javier Ibarrola se le tenía miedo, antes de conocerlo; su físico imponente, una corpulencia de acuerdo con su estatura y a su gesto de rigor, más su conocimiento de la disciplina militar que estaba dispuesto a imponer en las tareas periodísticas, hacían que uno pensara que era de difícil trato, pero se desvanecía apenas se cruzaban palabras con él; de lo primero que recuerdo de nuestro trato fue la explicación de “cajas destempladas”, con lo que pude apreciar la escena de la expulsión del serrano Cava en La ciudad y los perros, por la atmósfera lúgubre de su sonido, con el que se despide con deshonra a alguien en el ejército, y que encaja muy bien como metáfora cuando alguien se va de un sitio donde no es bien recibido.

No es que no fuera riguroso: en alguna ocasión, para que los secretarios de redacción de El Financiero usaran todos los elementos que brindaban (con deficiencias, es cierto) los programas para la formación de las páginas, hubo quien firmó “bajo protesta”; eso bastó para que lo despidiera del diario; Javier era el jefe de redacción, y bajo su mando la mesa era alegre, dicharachera, alburera; él no perdía ocasión para alburear a quien se dejara, pero era más blando de lo que parecía, y con frecuencia era víctima de la mesa en general (las mesas de redacción, los talleres de los periódicos –y en general de las imprentas– son escuelas inmejorables para el difícil arte del albur), que lo hacía caer en trampas no siempre visibles; respondía con bravura, no siempre triunfante. En alguna ocasión, vencido por dos o tres de los que más congeniaban con él, se levantó y desenfundó el bíper, entonces tan de moda, y su víctima palideció, porque Javier había presumido esa tarde de algunas armas antiguas que había adquirido.

Era pródigo en anécdotas, y como en el buen periodismo, contaba sin pena algunas erratas que se le habían escapado; y como buen periodista, no se avergonzaba de narrarlas sin tratar de disminuir su impacto; no eran muy graves, pero refería con frecuencia cuando se le escapó, en una primera página, “la azúcar”, y a 30 años de distancia seguía lamentando esa errata que, como todas las erratas, tiene alguna explicación (que no justificación): la premura con la que se redactan las notas, la escasa oportunidad de revisar las páginas cuando está cerrando el periódico; no pocas veces, la distracción (una errata esconde otra, es una de las máximas del oficio), una llamada telefónica inoportuna que obliga a una revisión no siempre detenida, las dudas que no pueden resolverse porque ya están los del taller exigiendo las últimas páginas; no pocas veces, la presencia de alguna mujer que llama la atención, y a Javier le llamaban la atención muchas compañeras de la redacción; no era infrecuente que cuando Alejandro Ramos, el director, preguntara por él, alguien respondiera que la última vez que lo habían visto era platicando con alguna reportera guapa.

Tenía muchas anécdotas, casi todas muy graciosas; pero sobre todo era un buen recopilador de dichos y refranes que aplicaba con oportunidad a los compañeros, a los reporteros, a sus jefes y a sus subordinados; algunos de ellos: “solitas van al agua sin que nadie las arree”, cuando veía que alguna reportera coqueteaba con los jefes; “con estos bueyes hay que arar”, cuando uno de sus subordinados cometía el mismo error dos o tres veces en una misma tarde (lo que también es muy frecuente); “cuando una vaca dice no pasa, no pasa, y cuando una hija dice me caso, se casa”, cuando se encontraba con algún necio. “Quédense con su miadero”, decía al recordar una manifestación en que todos proclamaban “me adhiero”, y lo decía cuando no estaba de acuerdo con alguna nota, o con la jerarquización de las noticias en una página; y cuando había frecuentes contraórdenes, decía, con su voz de militar, “baja el piano, sube el piano”, que no necesita explicación.

Como los periodistas que lo son en verdad, era muy bueno contando chistes, y al revés de los que saben platicarlos, también sabía oírlos, y los celebraba; por eso, bajo su tutela, la mesa de redacción de El Financiero era una fiesta. Personalmente le debí mi cambio de la sección de Deportes a la jefatura de la mesa; el trabajo nunca es fácil, y se repiten las rispideces, los momentos difíciles, a veces los enojos y los malestares; Javier, como ninguno de los buenos periodistas, trataba de evitarlos; pero como pocos, no guardaba rencores por esos momentos, y al día siguiente de haberlos padecido su trato era tan gentil y caballeroso como si nada hubiera sucedido, y no pocas veces se disculpaba por algún exabrupto, lo que sí es difícil en el medio, tan lleno de rencores.

No fueron muchos esos momentos difíciles, y en cambio hubo muchísimos agradables, porque el periodismo en un oficio noble que, además, ofrece la satisfacción de cumplir a diario un deber, y compartir el mérito con los demás; pero su bondad no era incondicional, y pedía el mismo rigor que él trataba de aplicar; no toleraba la indisciplina (que no confundía con la desobediencia) y admiraba el buen desempeño.

Trabajar juntos, en un ambiente tan tenso como es una mesa de redacción no propicia las amistades, sino hasta que alguna de las personas involucradas se cambia de trabajo; la amistad es no un reflejo sino una reflexión, y por eso hay tan pocos amigos; pero Javier Ibarrola ofrecía su amistad sin condiciones, incluso a quienes veían con reparos su afecto y admiración al ejército; hijo y hermano de militares (uno de ellos se ganó la gloria con una de las mejores canciones de nuestra música sentimental, “Página blanca”, y era sobrino de José Alfredo Jiménez, de quien contaba deliciosas anécdotas y explicaba algunas de sus canciones compuestas en clave; no deshonró a quienes vivieron esa aventura: el famoso caballo blanco que salió un domingo de Guadalajara, y que llegó con todo el hocico sangrando, era un automóvil de lujo, blanco, en el que José Alfredo, Chavela Vargas –a quien Uncut le dedica un obituario en su número más reciente) y alguna otra persona continuaron una parranda, con una trayectoria que se narra en la canción, y que dejaron inservible en Baja California, luego de varios días de juerga ilimitada, sin lugar para la cruda [sin albur]), en realidad admiraba a los militares y le dolía saber que alguno de ellos rompía el código de honor y de honradez que debe regir en el medio; le costaba trabajo admitir que alguno se corrompía, y muchas veces justificaba los medios que usaban para mantener el orden.

Los momentos más difíciles para Javier fueron los días cercanos a la rebelión zapatista en Chiapas, y fue muy duro para él tratar con una mesa donde todos estaban de acuerdo con los indígenas que declararon la guerra al gobierno mexicano. Decía que a él le debí mi promoción en el diario, pero nunca dejé de considerarlo mi jefe, incluso cuando emigró hacia otros diarios; tuve el honor de promover su libro sobre el ejército, pero también fui testigo de la frialdad con que lo recibieron en el medio, lo que le dolió, tanto como haberse ido a un diario que fracasó der manera lamentable; no fue el final que él quería para coronar una larga carrera llena de virtudes en el periodismo mexicano.

Una tarde, llena de chamba, descubrimos que habíamos vivido en la misma calle, al mismo tiempo, Escuela Industrial; no nos tratábamos, ocho años de diferencia en la infancia son muchos, pero fue amigo de mis tíos, o de dos de ellos, y conocimos a las mismas personas: la señora Perrusquía, Candelaria, el doctor, los de la vecindad, Toy… Las redes sociales sirven para algo más noble que el intercambio de insultos sin argumentos, o de la presunción de la inutilidad y de la, como decía Carlos Fuentes, sacralización de lo baladí; gracias a ellas, uno mantiene contacto, aunque sea momentáneo, con amigos que el trabajo, la distancia, la edad, van alejando.

En ellas nos carteamos algunas veces, compartimos algunas bromas, y le dimos continuidad a la camaradería que tuvimos en El Financiero. Varias veces discutimos, y no compartimos muchas opiniones, puntos de vista o afinidades políticas o sociales (sin que éstas fueran motivo de peleas); le hice bromas, pero en privado, aunque no niego que me haya reído cuando le hacían bromas a él o lo albureaban; como todos, me referí a él como “El General”, que era su sobrenombre más conocido; ya retirado de El Financiero, nos visitó una tarde, y como todos lo bromeaban, me pidió que los pusiera en orden; no pude evitar contestarle que era porque él le daba por su lado a los secretarios de redacción; sus carcajadas fueron las más sonoras.

No era dado a las confesiones íntimas, sin embargo, siempre me confesó su única debilidad: el amor a sus hijos. Y sus momentos más difíciles, cuando una de sus hijas estuvo muy enferma; no compartió sus preocupaciones, y el que lo haya hecho conmigo me confirmó que pese a nuestros desencuentros y polémicas, me consideraba su amigo. Nunca dejé de extrañarlo.

Más inesperada fue la muerte de Miguel Capistrán. Y duele porque no pude reconciliarme con él. En mis primeros meses en El Financiero publiqué, en la sección cultural, una nota sobre la canción “Antonieta”, que se interpreta en Danzón, la cinta de María Novaro, mientras María Rojo camina por el malecón de Veracruz; la letra es la adaptación de un poema de Xavier Villaurrutia, pero sólo Vicente Quirarte y yo lo notamos, o mejor dicho, lo publicamos, cada quien por su lado; me pregunté en la nota si era el danzón que Villaurrutia compuso para un cumpleaños de Antonieta Rivas Mercado (una famosa fiesta en que varios literatos, en complicidad con amigos músicos, compusieron danzones para la amiga y contemporánea de los Contemporáneos); al día siguiente de publicada, me llamó a la redacción de Deportes, para comentarme la nota; reanudamos una amistad que había nacido cuando Miguel coordinaba el programa Encuentro, y gracias a él conocí a varios escritores visitantes; entre ellos, a Norman Mailer, con quien platicamos Lourdes y yo varios minutos en el Museo de las Intervenciones, en Coyoacán; lo había perdido de vista, aunque seguía leyendo sus entrevistas, ensayos, y sus antologías de Villaurrutia, Jorge Cuesta, y su libro sobre los Contemporáneos.

Pronto volvimos a vernos, y formamos una agradable tertulia en una cantina, El Tío Pepe, en Sinaloa y Cozumel, a la vuelta de donde estuvo la casa de La Bandida (bueno, la segunda casa de La Bandida), que integramos con Marco Antonio Pulido, Juan José Utrilla, Salvador González, a veces Rafael Vargas, en muchas ocasiones Víctor Díaz Arciniega, a veces Mario Magallón y esporádicamente Arturo Basáñez; en alguna ocasión llegó Ramón Córdoba, y cuando tenía tiempo, Diego.

En más de una ocasión (y a veces en otra cantina, como La Caminera) Miguel nos dejaba mudos con su libro sobre Jorge Cuesta; un día no pronunciamos palabras, asombrados, por el poder narrativo de Miguel al reconstruir la vida azarosa de Cuesta, y cómo iba escribiendo un libro que, si terminó, será deslumbrante; de pronto nos sorprendía con sus conocimientos de los otros Contemporáneos, los no famosos, como Celestino Gorostiza, sobre quien escribió el documento más completo, en que abarca su vida y sus obras.

Si alguien tenía anécdotas era él: la de la coordinadora de un programa televisivo que en una ocasión invitó a un panadero, homónimo de un escritor alemán, a un encuentro entre dramaturgos; las borracheras de algunos escritores que terminaron en las delegaciones. ¿Cómo le hacía Miguel para enterarse de los problemas económicos, domésticos, conyugales, de los escritores y pintores mexicanos? Cada semana, cada viernes, nos asombraba al relatarnos la última infidelidad de alguna escritora, los pleitos sucedidos en esos ocho días; o, si no, los que vivieron los escritores de otras épocas; nos explicó quiénes le pusieron trampas a una política para desprestigiarla y evitar que llegara al poder porque pensaba expropiar, de nuevo, la banca mexicana; cómo investigaron su vida, sus gustos, los hombres por los que tenía debilidad, e hicieron que tuviera intimidad con un hombre prefabricado, encontrado después de buscar uno con las características adecuadas para enloquecerla; se sabía los chistes que se contaban en Los Pinos, en cada secretaría y en los corrillos de Conaculta; sabía el motivo de las remociones, de las promociones, y estaba al tanto de las novedades literarias, las que leía con objetividad asombrosa; riguroso, se burlaba de muchos investigadores que descubrían cosas que él había descubierto mucho antes, y establecían categorías que él inventó; modesto, nunca trató de imponer sus méritos, aunque se los fusilaban y, peor, no lo consideraban aunque se apropiaran de sus puntos de vista y sus muchos hallazgos; a él se debe la diversidad de las Obras de Villaurrutia, cuando menos en la misma medida que Alí Chumacero y Luis Mario Schneider; lo único que le molestó fue le piratearan sus Obras de Jorge Cuesta, con todo y un par de errores que él ya había enmendado.

Fanático del cine, la música, su verdadera pasión era la pintura, aunque es uno de los aspectos más desconocidos de su labor de investigación. Tuvimos un desencuentro, porque cometimos un error: tratar de hacer un libro juntos, y ya se sabe que los trabajos en conjunto entre amigos terminan mal; la ilustración de un libro, a cargo suyo, fue rechazada en términos groseros por una editorial, y no fui capaz de explicárselo a Miguel sin lastimarlo, pues lo acusaban de aprovecharse de otros trabajos; una vez más, la amistad se interrumpió, aunque no el afecto; me divertí muchísimo cuando supe que ingresaría a la Academia de la Lengua, de la que tanto se burló, del poco aprecio que sentía por muchos de sus miembros, y de lo poco que respetaba a otros; de igual manera, descalificaba a muchos, que después serían sus colaboradores o compañeros.

No pocos elementos que me hacen parecer riguroso se los debo a señalamientos suyos que, generoso, hacía notar. No pocos de los aciertos de mi baúl de recuerdos se debe a su información o a sus correcciones. Él, con Carlos Pascual, hicieron una fiesta muy divertida cuando se presentó el libro. No fui consciente de su enfermedad; en las reuniones sólo bebía campari, la única que le permitían sus médicos, pero no objetó un vino de la casa, en un restaurante especializado en paellas, que a los dos nos afectó, más a él que a mí y que a Marco Pulido lo dejó intacto.

Me acompañó en una ocasión a mi Taller de Lectura, después a una comida, y después a otra tertulia en casa de la hermana de Carlos Fuentes. En el Taller dejó a todos con la piel china cuando contó el día que Xavier Villaurrutia se le apareció, y le reveló en dónde encontraría unos inéditos suyos; supongo que no fue el único día que se le apareció Villaurrutia (o Cuesta, o su exjefe Salvador Novo) y eran quienes lo mantenían informado de los chismes más sabrosos de la política y de la intelectualidad mexicana, y que le comunicarán lo que siento por no haberme despedido de él.

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