Los peligros de Caballo Blanco

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Una de las actividades humanas más agresivas contra el medio ambiente y que produce mayor contaminación ambiental, es la minería a cielo abierto. No sólo porque las excavaciones dejan enormes oquedades en la superficie, como tremendas cicatrices de suelo desnudo y estéril que afean el paisaje y no permiten la agricultura, sino porque en los procesos de refinación del mineral se emplean sustancias extremadamente tóxicas, como cianuro y arsénico, que contaminan ríos, arroyos, lagos y mantos subterráneos, y se generan inmensos volúmenes de desperdicios que permanecen indefinidamente liberando materiales contaminantes.

Por lo anterior, ningún país de la Unión Europea permite la minería a cielo abierto. Tampoco está permitida en Canadá. Sin embargo, en México el gobierno de Felipe Calderón ha estado otorgando a manos llenas concesiones, sobre todo a empresas canadienses, para operar minas a cielo abierto en Chiapas, San Luis Potosí, Sonora, Guerrero, Hidalgo, Chiapas, Guanajuato, Baja California, Baja California Sur y ahora también en Veracruz.

En este último caso —del cual nos ocuparemos ahora— la concesión fue concedida a la transnacional canadiense Goldgroup y abarca nada menos que 50 mil hectáreas en los municipios veracruzanos de Actopan y Alto Lucero. Ahí, la empresa pretende establecer una mina denominada Caballo Blanco para producir oro, lo cual ha provocado una fuerte oposición de los lugareños, de numerosas instituciones y organizaciones, y de la comunidad científica nacional.

Y no es para menos. Por principio de cuentas, la compañía utilizará cianuro, un compuesto del cual bastan dos gramos para matar a un ser humano. La minera, sin embargo, pretende emplear mil toneladas al año. El solo transporte de tan mortífera sustancia ya implica graves riesgos para la población, sin contar la contaminación que ocasionará y de la cual ya se tienen trágicos ejemplos en otros lugares del mundo.

Necesitará también la transnacional consumir entre dos y medio y tres millones de litros de agua al día, agua de la cual se despojará a los agricultores de la región y a los habitantes de las poblaciones, que la necesitan para consumo doméstico.

Además, hay que considerar la inmensa cantidad de desechos tóxicos que producirá la mina. En el proceso que empleará para separar el oro se genera como mínimo una tonelada de desperdicios por gramo de metal producido. O sea, que por cada kilo de oro producido, habrá mil toneladas de desperdicios venenosos, que sencillamente se acumularán en tiraderos a cielo abierto.

No hay datos precisos sobre la cantidad de oro que se planea producir en Caballo Blanco, pero una estimación razonable es 40 toneladas en los diez años que como máximo —según ha anunciado la propia empresa— estará en operación. Esto significa que dentro de diez años, cuando la mina cierre, quedarán ahí para siempre no menos de 40 millones de toneladas de desechos contaminados con cianuro, plomo y otros materiales tóxicos, de los cuales obviamente no se hará responsable la empresa y durante siglos contaminarán las aguas en la zona. Sobre todo durante las tormentas y huracanes que con frecuencia impactan Veracruz y provocan inundaciones.

Este tipo de minas no se permite en la Unión Europea, Costa Rica ni Canadá, pero en México promueve el gobierno federal.

Tan grandes y serios son los peligros que representa la operación de Caballo Blanco, que el propio gobierno de Veracruz —del cual no puede decirse que se preocupe mucho por los intereses populares— se ha opuesto al proyecto, al igual que se oponen biólogos, conservacionistas, antropólogos, campesinos, estudiantes y otros muchos sectores. Pero la decisión está en manos del gobierno federal, que parece estar empeñado en tenderle una alfombra roja a las grandes empresas mineras canadienses para que vengan a México a causar los desastres ambientales que no se les permiten en su propio país.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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