Vargas Llosa, Valdés, Martínez Solares, surrealismo

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Aunque me gusta hablar de cine, se supone que el propósito de errataspuntocom es señalar los errores, no los comunes ni las erratitas ni las transposiciones ni la equivocación en las teclas, tan comunes en todos los libros, aun los más limpios; no tiene mucho chiste con la mayoría de los libros actuales, en manos de los propios autores que se envician con sus textos y no ven el error que encuentra a primera vista un ojo ajeno e imparcial, pero que muchas editoriales ya no consultan pues confían en el autor; y hay autores tan vanidosos que prohíben que unos ojos ajenos vean sus textos, y entonces se cuelan errores divertidos aunque inocuos, como los “parajitos” en vez de “pajaritos”; hay otros que aunque se les corrija incurren en el mismo error, sólo porque quien se lo señala no pertenece a su círculo de íntimos.

En fin; releo por séptima u octava vez en mi vida La ciudad y los perros, que leí en 1971, a casi diez años de su primera edición; mi ejemplar, de ese año, que conseguí con descuento por gestiones de Gustavo Sainz, tiene las huellas de las relecturas, y aun así lo conservo en buen estado; por la misma fecha compré en la Librería del Sótano (la buena, no la Librería El Sótano) una edición pirata de La Casa Verde (José Godard editor), aun así autografiada por el propio Vargas Llosa por gestiones de José Emilio Pacheco, cuando se presentaba Pantaleón y las visitadoras en La Casa del Libro, enfrente del ahora Centro Coyoacán, unos días después de haber publicado una insolente reseña del libro, pero que me fue premiada por Vargas Llosa nombrándome su “valedor” (mi ejemplar de Los cachorros, segunda edición, está dedicada a Los Incansables –Lourdes y yo, que lo habíamos perseguido todo el día, primero en el Club de Periodistas, luego en la Capilla Alfonsina y al final en esa librería, a donde pude colar esos ejemplares con la complicidad de Fernando Valdés),

Celebré la buena edición de Alfaguara, pese a que insisten en decirle La casa verde; en cambio, deploré la edición dizque limpia y definitiva de Conversación en la Catedral (de la que sí tengo la primera edición), llena de erratas que parecen mal intencionadas o que corrigieron con el inconsciente (“la mamita” en vez de “la manita”; “ay, papá, sobre papá” en vez de “pobre papá”, pero hay muchas otras).

Ahora aparece una edición conmemorativa de La ciudad y los perros de parte de la Real Academia de la Lengua; en El Librero del domingo 26 de agosto en El Universal tuve a mal señalar algunos de los aspectos de la edición; me queda agregar que los comentaristas insisten en decir La casa verde, cuando debe ser La Casa Verde (así lo escribe, correctamente, José Emilio Pacheco en el cuaderno que acompaña el disco de Voz Viva de México; así se escribe en Antología mínima de M. Vargas Llosa, aunque Vargas Llosa, en Historia secreta de una novela, escriba “La casa verde”, ¡en cursivas y entrecomillado! (este cuaderno, de Tusquets con tipografía verde, está dedicado, detalle olvidado, a Carlos Fuentes).

Hay otro detalle, que escribí en esa reseña, pero no con claridad: en la Antología mínima de M. Vargas Llosa (Editorial Tiempo Contemporáneo, Argentina, 1969) se reproduce una mesa redonda con Luis Agüero, Juan Larco, Ambrosio Fornet y el propio Vargas Llosa, en donde se analiza La ciudad y los perros.

Los integrantes hablan de la estructura, de la influencia de lo policial, de los aspectos sociales, de los personajes más importantes (y hasta se llega a insinuar que el más importante es la Malpapeada), y se discute quién mató al Esclavo; se insiste en que Ricardo Arana, El Esclavo, no puede salir del colegio primero porque lo sorprenden dándole al Poeta los resultados del examen de química, que se habían robado los integrantes del Círculo, mejor dicho uno de ellos, Cava; éste, al brincar por la ventana del salón dónde están los exámenes recién mecanografiados, rompe un vidrio; como resultado todos los alumnos que estaban de guardia (imaginaria, término militar) son castigados sin salir los sábados hasta que se encuentre al culpable; lo peor del encierro es que Arana no puede ver a Teresa, de la que se encapricha, y en cambio ella comienza a salir con el Poeta, quien va a verla para disculpar al Esclavo por faltar a una primera cita; desesperado, Arana delata a Cava, quien es expulsado del colegio; en la siguiente maniobra militar Arana es muerto, no se sabe si por una bala perdida o por un disparo del Jaguar, jefe del Círculo al que pertenece Cava.

Pero en las primeras páginas del libro, cuando Cava pregunta quiénes están de guardia, para cuidarse al ir a cometer el robo, el Jaguar responde “El poeta y yo”; “¿Tú?”, pregunta Cava; “Me reemplaza el Esclavo” (página 11 de la edición de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española); al descubrir el hurto, las autoridades castigan a los guardias, pero no tenían por qué saber que el Esclavo reemplaza al Jaguar; de ser así, ambos serían castigados de manera más severa; las autoridades ni lo saben, es decir, el Esclavo no tendría por qué estar encerrado, y podría visitar a Tere sin tener que delatar a Cava; ninguno de los comentaristas en esta edición, ni siquiera quienes resumen el argumento de la novela, reparan en que Arana no tendría por qué estar castigado.

La novela no deja de ser extraordinaria, ni puede solucionarse omitiendo el dato de que el Esclavo reemplaza al Jaguar, porque muestra desde el principio el dominio que mantiene el Jaguar sobre él, pero revela una falla en la lógica del libro.

*Por burocracias en el condominio tenemos que ir al mercado Ramón Corona sin automóvil; como los domingos Mariano Escobedo-Avenida Cuitláhuac-Robles Domínguez casi no tiene tránsito, apenas nos tardamos un poco más que si viajáramos en el auto; a pie, decidimos pasear un poco por el parque María Luisa, entre Buen Tono y Fundidora de Monterrey; aunque está en reparaciones, podemos ubicar el sitio donde chocan Arreolita y Wolf Ruvinskys, la casa donde entran a robar el Peralvillo y secuaces y a la que llevan al cerrajero Marcelo Chávez a que abra la caja fuerte (“¿se le olvidó la combinación, jefe?”, pregunta inocente; “sí, no me acuerdo dónde la dejé”, le contestan), pero es imposible ubicar dónde estaba el puesto donde René Ruiz vende tortas y refrescos, ni la banca donde Germán Valdés da grasa a quien se deje (“grasa, joven”, le dice a un anciano, quien contesta “gracias, joven”); ubicamos la esquina donde Rebeca Iturbide pasa por Valdés para llevarlo como cómplice a un juego de poker.

En una de las bancas besa a la rejega Perla Aguiar, menos pícara pero más auténtica que en Doña Mariquita de mi corazón o en El casto Susano; Valdés lleva un tinte para mejorar los zapatos, muy jodidos, de Aguiar, y se los quema; de manera casi inadvertida, ella levanta una pierna para poner el pie sobre el cajón de bolero y muestra algo del muslo interno, apenas un par de segundos y unos cuantos centímetros; comparado con lo mucho que muestran ahora las actrices, es muy poco, pero mucho para esa época.

Con Aguiar, Valdés se porta ansioso pero con cierta caballerosidad; se le cuecen las habas por fajarla, y por ello la apresura para que vayan al cine (a ver una de Pedro Infante y otra del propio Tin Tan); ella aceptaría, pero está preocupada porque su padre Marcelo no fue a dormir (“sería que no tiene sueño”, cavila Valdés), y no tiene dinero ni para comer; Valdés la procura, le consigue chamba, y parece dispuesto a respetarla, pero cae en las garras de Iturbide, quien no pierde su expresión fría pero cachonda; se deja abrazar y besar por el no tan ansioso Valdés, y aun le reclama que haya coscolineado con una invitada bastante potable y coqueta (¿Lupe Llaca, Magdalena Estrada, Lily Aclemar?); la llegada de la policía interrumpe el faje; aun preso, protege a Iturbide, y sólo cuando ella se entrega y declara que es inocente, él la abandona a su suerte, para ir por Aguiar, pero cae en una trampa del Peralvillo, de la que se salva por perseguir un puerquito en los alrededores del Monumento a la Raza (pasa un camión Fundidora, a lo lejos; ya no existe la línea de camiones, ahora pasa la línea 3 del Metro y un metrobús, pero el entorno apenas ha cambiado) y ella es apresada; por liberarla pelea con un boxeador profesional, está dispuesto a vender un ojo, y escala un edificio supliendo a un hombre mosca.

Tenía fama Valdés de aprovecharse de sus coestrellas, que no simulaba el beso, que les metía la lengua en la boca, que su placer por verles las piernas y las caderas era real, no actuado. Si eso fue cierto, seguro que cortaban la escena y la repetían; sin embargo, hay un regodeo innegable de Valdés con ellas; ahora sería catalogado de acosador, y en varias cintas se gana una cachetada que también disfruta; pero su asedio no es fugaz, no quiere dejarlas inútiles para él y para los demás; se casa con Rosita Quintana en Calabacitas tiernas (aunque besa a todas las otras damas jóvenes), igual que con Alicia Caro en El Ceniciento y que con Silvia Pinal en El rey del barrio; con Ana Bertha Lepe en Lo que le pasó a Sansón y con Lilia Prado en El que con niños se acuesta; queda comprometido con Meche Barba, con Marga López, Perla Aguiar, Rosa de Castilla (golpe tras golpe la deja por otras: Gloria Mange, Rosita Fournés, las bailarinas de “Piel canela”, y una extra con la que protagoniza uno de los bailes más cachondos de la época, en El mariachi desconocido), con Rebeca Iturbide (en ¡Ay, amor, cómo me has puesto!, en la que tiene la decencia de no aprovecharse de la muy ganosa Lupita –Lucrecia Muñoz), Evangelina Elizondo, Sonia Furió, Luz María Aguilar, Tere Velásquez, Lorena Velásquez, Renee Dumas, Rosita Arenas, Irma Dorantes, Lilia del Valle, Ana Bertha Lepe, Yolanda Varela… aunque se faje a muchas otras.

Gilberto Martínez Solares es uno de los pocos directores mexicanos que tratan con delicadeza a la mujer, aunque sean objeto del deseo; son tan protagonistas de las tramas tanto como el propio Germán Valdés; las coestrellas a las que se faja no las humilla, ni las considera pasajeras, aunque en compensación las pone a disfrutar tanto como el propio Tin Tan… no son pasajeras ni víctimas del pecado; no son las abandonadas por Pedro Infante en Los tres García, ni son las entregas inmediatas ni las chamaconas de Dos tipos de cuidado; Valdés no es un marido mandilón, como Rafael Baledón lo es de Lilia Michel, pero sus parejas no pasan a un segundo plano como casi todas las esposas del cine mexicano.

Al revisar a las mujeres de Woody Allen me di cuenta, para mi placer, que debo ver de nuevo varias cintas suyas que tengo imprecisas; así me sucede con las otras heroínas de Gilberto Martínez Solares

*Ya estaba resignado a que me perdería la exposición del surrealismo en el Munal; un intento quedó frustrado porque las autoridades del Museo consideraron que a Nahúm le interesarían más las insulsas pláticas de los guías que minimizan la obra de José María Velasco y de Casimiro Castro; hubiera sido mejor perderme el surrealismo, con cuadros que no son surrealistas, con una sola obra de Alice Rahon (con Lilia Carrillo, mis pintoras favoritas), con Riveras que no son surrealistas, con un puñado de Lamm no muy representativo; no es una colección, sino un amontonamiento sin criterio de curador, con préstamos de varias colecciones particulares pero no especializadas; en el acervo de Bellas Artes y en el Museo Tamayo hay más muestras de surrealismo menos pretenciosas, más pertinentes, más definidas; ¿y de veras Miró es surrealista? ¿Al menos, lo expuesto de Miró es surrealista? ¿Y no pudieron conseguir algún Klee? Las autoridades culturales ven algo no figurativo y creen que es surrealista…

*Circula en youtube un video muy divertido de Daniel Barenboim dirigiendo, en vivo, el Boléro; apenas hace movimientos de la batuta, casi todo el tiempo con los brazos colgando, y una que otra indicación; termina, claro, en La Mayor (euforia); el domingo 26 se transmitió por el canal universitario el concierto de la Sinfónica de Minería en que interpretaron, de manera virtuosa, varias obras de Ravel, y terminaron con el Boléro; como Barenboim, y como lo hizo Mata en 1968 al frente de la OFUNAM, Carlos Miguel Prieto dirigió sin partitura, pero al revés de Barenboim, y como Mata en 1968, con gran euforia, aspavientos, y terminó tan agotado que debió recargarse, aunque después repartió flores a toda la orquesta que tocó sin falla; la televisión mostraba la partitura de quien tocaba la tarola (creo que su partitura, más o menos visible, decía “tan tan tan tan, tan tan tan tan, tantantantantatantán”); ya se sabe que la verdadera tarea está en los ensayos, pero esta orquesta se luce en vivo, bailan y disfrutan todos, y sus integrantes parecen maestros de estatura mundial. Repito lo que dicen algunos músicos: Prieto no sabe dirigir, pero sus músicos lo respetan. Lo malo fue la transmisión, con fallas en el sonido. Pese a eso, se apreció el concierto (aunque el Boléro sea poco valorado por muchos melómanos).

*Luis Cruz está imparable; el viernes hizo una atrapada que impresionó a todos, incluido Adrián González, que se quedó con la boca abierta; lleva seis juegos pegando de hit, con .342 en los últimos diez juegos, y más de .400 desde que está de titular como tercera base de los Dodgers, aunque ayer cometió su tercer error del año.

*Y qué mala onda de que el único partido de Pirinkova que trasmitieron fue en donde Ana Ivanovic (sin la picardía ni la sensualidad de hace apenas cuatro años) no le permitió lucir su juego ni su elegancia. Pirinkova no parece tenista, parece antropóloga interesante.

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