Un peligro que aún persiste

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Durante varias décadas, en la época de la llamada Guerra Fría —la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética—, pendió sobre el mundo como espada de Damocles el riesgo de una hecatombe nuclear, de que ambas potencias se enzarzaran en una contienda con armas atómicas que acabara con gran parte de la humanidad.

Actualmente, mucha gente piensa que ese peligro ya ha pasado, y que acaso sólo subsiste la posibilidad de que algún grupo terrorista o de delincuentes haga estallar una pequeña bomba nuclear o disperse material radiactivo. Pero la realidad es que aún podría ocurrir una guerra nuclear que, aún sin ser de carácter mundial, tenga devastadores efectos sobre amplias regiones del mundo y repercuta sobre los demás países.

No se necesita una guerra nuclear generalizada ni tampoco el uso de grandes bombas termonucleares para desatar una catástrofe ambiental que afecte casi a toda la humanidad. Bastaría un pequeño ataque o una guerra limitada con menos del 1% del arsenal nuclear.

Así lo señalan dos grupos de investigadores de las universidades norteamericanas de Rutgers y de Wisconsin en un estudio que en breve será publicado en la revista Climatic Change.

El problema estriba en que, además de las grandes potencias —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y la Gran Bretaña—, también poseen arsenales nucleares de diverso tamaño la India, Pakistán, Corea del Norte e Israel, y cualquiera de esas naciones podría utilizarlos en un momento dado. De hecho, en este momento existe la real y concreta posibilidad de que Israel lo haga, en un ataque contra Irán para destruir los centros de investigaciones nucleares de este país, de los cuales se dice que están trabajando en el desarrollo de una bomba atómica.

Israel, hay que recordarlo, se ha negado sistemáticamente a firmar el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, alegando que eso afectaría su seguridad, y aunque no niega ni reconoce poseerlas, se sabe que tiene —según diversos cálculos— entre 75 y 400 de ellas, así como sistemas de lanzamiento mediante aviones, cohetes y submarinos.

El estudio de los investigadores norteamericanos, sin embargo, no se refiere a un ataque israelí contra Irán, sino a una posible guerra entre Pakistán y la India, en la cual cada bando emplee 50 bombas nucleares de baja potencia. Eso equivale a menos del uno por ciento del arsenal nuclear mundial. Pero —dicen los científicos— ese centenar de pequeñas detonaciones sería suficiente para inyectar en la atmósfera enormes cantidades de polvo, humo, cenizas, hollín y pequeñas partículas producidas por las explosiones y los incendios subsecuentes en ciudades, instalaciones militares y zonas industriales. Esos materiales, al extenderse por la atmósfera y bloquear parcialmente la luz solar, provocarían un descenso en la temperatura media en amplias regiones, así como alteraciones en el régimen de lluvias.

Esa especie de invierno nuclear se prolongaría al menos durante una década, y en ese lapso afectaría profundamente la agricultura, no sólo en los propios países contendientes y los aledaños —China por ejemplo— sino incluso al otro lado del mundo. En el caso de China, la producción de arroz podría desplomarse hasta en un 21%. Y en las distantes llanuras de Estados Unidos, las cosechas de maíz, trigo y soya —que abastecen a gran parte del mundo— también serían mermadas por los trastornos meteorológicos. En el caso del maíz, la baja de producción sería de entre 10 y 40%, y la de soya de 2 a 20%.

El estudio, repetimos, se refiere a una posible guerra entre la India y Pakistán, pero sus conclusiones pueden aplicarse a los efectos un ataque nuclear de Israel contra Irán. Sus consecuencias no se limitarían al Medio Oriente, sino que se dejarían sentir prácticamente en todo el mundo.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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