La religión en tiempos del cólera

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Hace poco leí en la revista Relatos e Historias en México un artículo sobre la gran epidemia de cólera que azotó a la ciudad de México en 1833. Lo interesante de este trabajo, obra de la historiadora Silvia Villarespe, es que muestra cómo una mezcolanza de religión, ignorancia, superstición y fanatismo puede ser utilizada con fines políticos e incluso ocasionar la caída de un gobierno.

La devastadora epidemia —dice la autora— en realidad se había iniciado desde 1817 en Asia, y por años se mantuvo limitada a ese continente. Pero entre 1829 y 1831 se propagó a través del imperio ruso hasta alcanzar Europa y las costas del Mediterráneo, de donde saltó a América por conducto de los buques mercantes. Así llegó a Canadá y posteriormente a México por tres vías: la frontera norte desde Estados Unidos, y los puertos de Veracruz y Campeche.

Pues bien: en aquel entonces ocupaba la presidencia de la República Valentín Gómez Farías, quien al frente de un gabinete liberal trataba de modernizar el país y acabar con prácticas heredadas del virreinato, como el fuero eclesiástico —que ponía a los miembros del clero al margen de la justicia civil aunque cometieran delitos penados por las leyes civiles— y el pago del diezmo, que obligaba a todos los ciudadanos, quisieran o no, fueran o no católicos, de pagarle el diezmo —o sea la décima parte de sus ingresos— a la Iglesia.

Grabado del siglo XIX que muestra enfermos de cólera durante la gran epidemia de 1833 en una vivienda del entonces pueblo de Tacubaya, ahora parte de la ciudad de México.

Por supuesto, el alto clero se enfrentó al gobierno por esas cuestiones, ya que implicaba —sobre todo— dejar de percibir los cuantiosos ingresos derivados del diezmo que el gobierno cobraba y le entregaba a la Iglesia. Así que aprovechó la epidemia para desatar una ofensiva contra Gómez Farías, acusándolo de ser responsable de ella porque —decían en virulentos sermones los curas— el “gobierno impío”, con sus acciones contra la Santa Iglesia, había provocado la ira de Dios, quien mandó el cólera como advertencia a los mexicanos para que no siguieran apoyando a los liberales.

La epidemia —o más bien pandemia, pues abarcaba ya gran parte del mundo— ocasionó no menos de 14 mil muertos tan sólo en la ciudad de México, pese a los esfuerzos de las autoridades, las cuales —relata la historiadora— echaron mano de todos los recursos usuales en la época: baños de vapor, aspersiones de vinagre y cloruro, cal en los pisos de las viviendas, láudano para los enfermos, sangrías, parches adheridos al cuerpo, calabazas con vinagre detrás de las puertas, fumigaciones, prohibición de venta de alimentos callejeros, etc. Y —desde luego— se multiplicaron los rezos, procesiones, rogativas y demás actos de fe.

Finalmente, el gobierno de Gómez Farías no pudo resistir la ofensiva clerical y fue derrocado mediante un golpe militar por Antonio López de Santa Anna.

En coincidencia con la asonada, cedió la epidemia, debido en parte a las medidas sanitarias tomadas por el gobierno y en parte a que, como es común en tales casos, después de una gran mortandad el resto de la población sobrevive porque posee o desarrolla defensas contra la enfermedad. Pero, naturalmente, la Iglesia atribuyó “la cesación del cólera morbo” a las rogativas que se habían hecho en los templos y a que ya habían dejado el poder los liberales enemigos de la religión. “Fue la ocasión perfecta —concluye el artículo de Silvia Villarespe— para que la ignorancia y la superstición salieran a flote.” Y pregunta: “¿Es acaso algo lejano a nuestros días?”

Así se frenaron las reformas liberales y la modernización de México. Habrían de pasar todavía muchos años antes de que nuevamente se emprendieran esfuerzos en ese sentido, que culminaron exitosamente durante el gobierno de Juárez.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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