Adiós al padre de la radioastronomía

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Si Bernard Lovell hubiera sido boxeador, cantante de rock, estrella de televisión, futbolista o actor de cine, los periódicos, revistas, noticiarios radiofónicos y programas de televisión hubieran estado llenos durante días con noticias y comentarios sobre su muerte, acaecida el pasado 6 de agosto, a menos de un mes de que cumpliera 99 años de edad. Pero como fue sólo un brillante físico y astrónomo británico, el hecho ameritó únicamente —si acaso— aisladas y escuetas noticias.

Lovell, ya de edad avanzada, en el observatorio de Jodrell Bank, que fundó y dirigió mucho tiempo. Al fondo, el gran radiotelescopio de 76 metros de diámetro, todavía en funcionamiento más de medio siglo después de haber comenzado a operar en 1957 y con el cual se han hecho grandes descubrimientos astronómicos.

A Lovell puede considerársele el padre de la radioastronomía, esa nueva técnica de observación en la cual no se utiliza —como en la astronomía tradicional— la luz que llega de los astros, sino las ondas de radio que emiten estrellas, planetas, galaxias y otros cuerpos celestes.

Si bien las ondas de radio procedentes del espacio exterior ya habían sido descubiertas por Karl Jansky a principios de la década de 1930, fue Lovell —que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en el desarrollo de sistemas de radar para localizar submarinos y guiar los bombarderos nocturnos— quien inició el estudio sistemático de las fuentes de ondas de radio extraterrestres.

Gracias a su empeño, se construyó el primer gran radiotelescopio del mundo, el de Jodrell Bank, en Inglaterra, con una inmensa antena parabólica móvil de 76 metros de diámetro que por mucho tiempo fue la mayor del mundo. Entró en servicio en 1957, en medio de una tormenta de críticas de quienes se quejaban de que había resultado once veces más costoso de lo que originalmente se presupuestó —760 mil libras esterlinas en vez de 60 000— y afirmaban que sería un elefante blanco. Pero pronto las críticas cesaron, aunque no precisamente por su valor científico, sino porque se le consideró útil para fines militares en aquellos tiempos de la guerra fría, ya que el aparato pudo detectar el primer satélite artificial soviético, el Sputnik I, así como a su cohete portador.

Pero más allá de esas aplicaciones secundarias, el radiotelescopio de Jodrell Bank abrió una nueva ventana para la observación del Universo y comenzó a aportar un torrente de información sobre los planetas, las estrellas y las galaxias. Entre otras cosas, permitió descubrir y estudiar los cuasares o fuentes de radio cuasiestelares, esos extraños cuerpos celestes que, aunque muy compactos, emiten tanta energía como cien millones de soles. Uno de ellos, por ejemplo, es 60 mil veces más brillante que toda nuestra galaxia.

Permitió también ese instrumento descubrir los pulsares, que son igualmente fuentes de radio pero pulsantes, de los cuales se sospecha que están hechos de materia increíblemente densa, a tal grado que una esferilla de bolígrafo de ese material pesaría cien mil toneladas.

Sirvió también el radiotelescopio de Jodrell Bank para medir con extraordinaria precisión las distancias entre los cuerpos del sistema solar, lo cual fue fundamental para la exploración interplanetaria. Y así por el estilo. Con él se han logrado grandes avances científicos.

Ciertamente, mucho debe la astronomía a Bernard Lovell.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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