La audacia sexual de las detectives, las tenistas y las violinistas…

0

A principios de los años noventa dos mujeres se dieron un beso en la boca en un programa de la televisión estadounidense (una de ellas, Mariel Hemingway; lo vimos por Cablevisión); era la máxima audacia que se habían permitido, aunque muchas actrices aparecían en ropa íntima, o en traje de baño, para mostrar las piernas o los escotes, pero sin llegar a los desnudos; éstos podían admirarse en algunas cintas que se transmitían en la noche muy noche, a riesgo de que algunos se sintieran ofendidos y protestaran en diarios y revistas, alegando que había niños que podían perturbarse (creo que “perturbarse”) con esos desnudos.

La exhibición de una cinta de Godard, Pret a Porter, en la que hay un largo desfile no de modas, sino de desnudos, indignó a mucha gente; a unos, por los desnudos; a otros, por lo malo de la película. En otras, pese a lo restringido de la televisión por cable, cortaban los desnudos de Hair, pese a lo breve, inocentes y bellos.

Las encueradas del cine mexicano, antes escamoteadas por la televisión que cortaban las escenas que los contenían en la mayoría de las cintas exhibidas incluso en horarios para adultos (mutilaban cuando iban a enseñar, o ponían beeps cuando decían una palabra altisonante, aunque dejaban los albures, es de suponerse que porque no los entendían), ahora aparecen con un hartazgo molesto, porque no todos esos desnudos son buenos y porque las actrices son feas.

Sorprende que en las series estadounidenses haya desnudos; en algunas dejaban pasar lo que como metáfora llaman “descuidos”; uno memorable de Helen Hunt cuando era bella y abría las piernas más de lo aconsejado; otros en Three’s Company que ni molestaban ni excitaban; en alguno, sorpresivo, Lindsay Wagner, al tiempo que reflexionaba (“a ver qué tan biónica soy”) se lanzaba desde un piso alto y su vestido, ampón, dejaba al descubierto piernas y pantaletas; en otro, Stephanie Power caía en un hoyo, sin ningún decoro, de lo que se aprovechaba para escapar de sus perseguidores, porque ellos se paralizaban; era más frecuente que el vestido de alguna actriz se atorara en el elevador, o en la portezuela del auto que arrancaba, y se los arrancaban, pero iban preparadas con ropa íntima elegante y opaca, además de que alguien, galante, las tapaba con su abrigo o su saco.

Han aparecido otras audacias: en Friends más de una vez cayó la toalla con que se cubría Jennifer Aniston y por un segundo se aprecia lo que llaman “butt crack”, o el perfil de los pechos; ella y Lisa Kudrow son víctimas, en esa serie, de un ataque que en el cine es especialista Sandra Bullock, el “ass grab”, que quiere decir que les rozan, soban, pellizcan o les aprietan los glúteos (no han revelado cuántas veces ensayan esas escenas); en Married with children, Katty Sagal sufrió el agarrón de parte de su suegro (ficticio), pero duró lo que tardaron en subir los tres (¿o cinco?) escalones de la escenografía y se congeló la imagen; no dio muestras de sorpresa ni de enojo, mucho menos de molestia en lo que creo fue la primera escena de ese tipo. En una escena reciente de SCI (o una de sus variantes), el actor invitado Robert Wagner lleva la mano izquierda hacia el amplio trasero de Pablo de Cote (chaparra y bien formada), pero no llega al toqueteo, porque uno de los actores le reprocha el gesto, pero más que para mostrar el carácter despreocupado y donjuanesco del personaje, lo más probable es que los productores hayan recurrido a ese truco para que el espectador se fije en esa parte del cuerpo de De Cote, seguramente porque le darán más relevancia a su papel en el futuro inmediato.

Cada vez las series son más audaces; los protagonistas tienen relaciones ilícitas aun cuando son compañeros de trabajo y son jefe y subordinada; hay –muy políticamente correcto— personajes homosexuales, aunque cada vez más entre mujeres que entre hombres, a los que los retratan como escandalosos, exagerados e inmorales; los adulterios no tienen la justificación de las películas mexicanas de los años cincuenta (la impotencia del marido –La Diana Cazadora, debido a un accidente, no a la inflamación de la próstata o a la sobremanipulación—, descubrir su amasiato, o por sacrificio para sacarlo o para salvarlo de la cárcel); a veces, ni siquiera por venganza, y desde luego no tienen consecuencias morales o, peor, sociales. En un capítulo reciente, sospechando que un paciente sufre de escasez de deseo por causas no orgánicas, varios médicos hacen que una aprendiz de médica se agache resaltando su trasero, a lo que se presta en una acción más allá de su deber, con los resultados previstos: no hay reacción del paciente, sí del televidente (en ese programa ensayan tantas medicinas y tantas curas para enfermos con malestares indefinidos, que si fuera real, el pobre fallecería intoxicado, y dejando a los parientes con un cuentón impagable).

Los protagonistas, además de las tramas semipoliciales, viven unos dramas bárbaros de su vida íntima. En otra serie, donde se hace apología del delito sólo porque el delincuente tiene un físico agradable y se viste para excitar a las mujeres, hay una detective de color (negro) sumamente guapa, a la que a últimas fechas han disminuido su participación seguro porque se irá a otra serie donde se aproveche más su belleza. Marsha Thomason (intérprete más de series televisivas que de cine) ya fue estrella de Vegas, donde seguramente dio de qué hablar. En ésta, para apaciguar a sus compañeros, a los héroes, a los villanos y a los espectadores, la han puesto con una novia; eso no sería lo malo, si no lo poco que la destacan, o por no opacar a otras actrices no tan espectaculares, o porque su capacidad histriónica es opacada por su físico.

En otra serie más reciente, Homeland, los productores sorprendieron a los televidentes al poner a la muy bella Morena Baccarin simulando un acto sexual, desnuda de la cintura para arriba; repitió el desnudo en el tercer capítulo, y ya no ha necesitado más, porque la serie la verán en espera de que vuelva a lucirse, y si no, cuando salga en DVD a la venta. No es la única que se encuera en ese programa, otras dos actrices se quitan el sostén, y una de ellas sale en pantarraf después de entregarse, faltando a la ética, con el sospechoso al que investiga. Las detectives de las series estadounidenses no son las únicas que insinúan que son buenas para la investigación (hay una que quiere hacer creer lo que decían los desmemoriados: que la memoria es la inteligencia de los pendejos, aunque ignoran que la memoria es uno de los cinco componentes de la inteligencia; lo malo es que no recuerdo cuáles son los otros cuatro elementos ni quién afirma eso), además de bonitas y deseables.

En los canales deportivos hay que estar al pendientes de los juegos de volibol femenil, sobre todo los de las representantes de Brasil contra las de Cuba (no el playero, cuyos trajes, aunque muy reveladores, son antiestéticos y antieróticos), y los juegos de tenis, no los varoniles, sino en los que se lucen las rusas, y otras europeas; ver un juego entre Ana Ivanovic contra Maria Sharapova permite el eclecticismo: una morena que disfruta el juego, que se contonea cuando gana un punto, que parece ronronear cuando va a lanzar un saque, y del otro lado de la red un rostro impávido (o lleno de tensión, pero que no se deforma por los gestos), los brinquitos que le sirven para destensarse pero que ponen tensos a los espectadores, y las posturas que toma al esperar un saque, porque nunca le han llamado la atención por poner nerviosos a jueces, público y camarógrafos con sus escotes; en las conferencias de prensa, en cambio, deja mudos a los entrevistadores porque en la Rusia donde creció (y creció a lo bruto) no le enseñaron cómo deben sentarse las señoritas.

No son las únicas atractivas del tenis; para quienes gustan de lo exuberante pueden ver a Serena Williams, a quien con frecuencia se le olvida ponerse algo bajo la falda, o con ropa que le estimula el punto G; también está la muy fina pero extrovertida Carolina Woznianky, quien a falta de un busto tan desproporcionado como el de Serena, se pone toallas para simularlo mientras baila sin ritmo pero con atrevimiento; hay otras, más finas, estilizadas y elegantes (aunque no ganan muchos juegos): María Kirilenko, por ejemplo, o Tzvetana Pironkova, que parece antropóloga de película de Harrison Ford, o Daniela Hantuchova, que tiene piernas más largas y bien formadas que las de cualquiera actriz, o la Mishinska, lamentablemente retirada pero que ganaba todas las bolas difíciles, siempre que quien arbitrara fuera hombre; Elena Medienteva que hace encelarse a las modelos, y casi todas las competidoras (exceptuando a las Williams y a las chinas) son bellas, esbeltas y con piernas hermosas; su único defecto es su estatura, porque ya no son como Gigi Fernández, o Mary Joe Fernández, que apenas rebasaban el 1.60 0 no lo rebasaban, pero eran vitales, pícaras, coquetas y muy hermosas; fuera de la contemplación estética, ¿cuál puede ser el atractivo de Sharapova, que mide 1.83? (lo que debe costar su ropa).

Y eso que ya se retiraron jugadoras que eran admiradas no por su juego, sino por su vestimenta: Martina Hingis, quien jugaba con cacheteros que dejaban sus glúteos a la vista, o Ana Kournikova, quien bendito sea Dios ya se retiró porque era vergonzoso “irle” a la que seguro iba a perder, porque era mala, pero muy vistosa (ha ganado mucho más modelando que en el tenis); o Stephie Graff, quien tenía el mejor revés del tenis; o Mary Pierce, con un cuerpo de modelo que hacía palidecer a las modelos (y a Roberto Alomar, a quien le hizo bajar su juego casi tanto como Marilyn Monroe a Joe DiMaggio). Ivanovic, la más pícara, está cerca del incómodo 1.80, que casi todas rozan o lo sobrepasan; y todas, vestidas de civil, son mucho más atractivas que cuando juegan tenis, aunque muchas de ellas usan unas licras que, con el sudor, exponen a la vista de todos sus partes más íntimas. Y hablando de deportes, las comentaristas de los programas deportivos transmitidos por televisión no saben nada de deportes, pero usan ropa entallada y breve, y cruzan y descruzan las piernas, con lo que no sólo perturban a los espectadores, sino a sus compañeros (porque dicen tantas barbaridades que sólo perturbados pueden ser tan ignorantes –síscierto, diría Ceballos).

Acabo de leer un libro de Eusebio Ruvalcaba donde hace una amable mención de una recomendación que le hice: Beber un cáliz, de Ricardo Garibay, uno de los más hondos pesares por la ausencia del padre, él, que recuerda con tanta pasión al suyo, uno de los grandes violinistas mexicanos, igualado sólo, dicen las leyendas, por Silvestre Revueltas. No dudo que a Eusebio le guste la música, pero discrepo de sus gustos; no de las obras que menciona y en las que me lleva mucha ventaja, sino en las violinistas preferidas; menciona a Juli Fisher, Akiro Suwanai, quien debe tener mucho éxito si todo lo hace con la lentitud con que toca el concierto para violín de Beethoven, y a una a la que nunca he oído (aunque sí visto), pero sus referencias no son buenas, excepto por la exuberancia de su cuerpo, que le valió ser portada de (self) Play boy (aunque por sus características parece más para Penthouse) Linda Brava, que presume su cuerpo ampliamente en sus páginas de internet, y que recuerda, por su indumentaria y su ritmo, más a Olga Breeskin que a Vanessa Mae. Desde luego, insiste en Mutter. Discrepo: aunque sigo con la duda de cuál es el mejor intérprete de Beethoven, Yehudi Menuhin dirigido por Wilhelm Furtwängler, o David Oistrach con Rozhdestvensky (la mayoría de las veces, prefiero a Oistrach en el concierto de Brahms –y el doble, también de Brahms), caigo rendido con las audacias de las jóvenes y muy bellas violinistas: Lisa Balishvilli, quien alcanza agudos semejantes a los de Oistrach en su célebre versión del concierto para gato y orquesta; la inventiva Hillary Hann, quien le da nueva vida al concierto y lo acerca a la sensibilidad del jazz; Janine Jansen, quien empleó técnica de rock para su versión del concierto de Beethoven, pues combina las cadenzas clásicas y conocidas, con otras poco interpretadas, y lo hace como hicieron Lennon y McCartney: sobregrabándolas para que las oigamos al mismo tiempo; la muy divertida Patricia Kopatchinkaja (cuando vino a México, hace poco, se quitó los zapatos para tocar con más comodidad), quien tiene una versión extravagante: transcribe para el violín las cadenzas que reescribió Beethoven para la versión para piano de su único concierto de violín, lo cual es una innovación muy digna de escucharse; o la muy delicada e inteligente Stephanie Chase, quien, al contrario, lo toca cual lo escribió Beethoven, sin la marcialidad con la que ya nos acostumbramos a oírlo, con sutileza pero sin perder vigor. O la frágil Soyaka Shouji, y la ágil Anabella Steinbacher.

Y todas estas violinistas son bellas, o cuando menos saben posar; son elegantes, finas, y sin la incomodidad de la estatura de las tenistas de moda. Y eso que no habla de las trompetistas (sin alburear, por favor) Tine Thing Helseth o a Alison Balsom, a las que hay que oír con los ojos cerrados para apreciar bien la música. O a Anna Netbreko, quien cuando le aplauden se emociona y brinca dando vueltas, con lo que le aplauden más. *Ya hubo un segundo juego sin hit ni carrera en las Mayores, y eso que apenas han rebasado la sexta parte de la campaña; otros juegos de uno o dos hits abundan, y casi a diario hay blanqueadas; Adrian González batea apenas arriba del .270 y Pujols, quien ya lleva un jonrón en 112 turnos, apenas está abajito de .200; con que no se les ocurra bajar otra vez la lomita…

*Alterna a la Feria de Minería hay una Feria del Libro de Ocasión, donde a veces se consiguen libros buenos y agotados, las más de las veces carísimos, porque abusan de las manías de los bibliómanos; este año imprimieron un folleto para anunciarse, y, como siempre, incluyeron escritos interesantes; uno de ellos, de Herman Bellinghausen lleno de inexactitudes; por ejemplo, afirma que Álvaro Obregón le recitaba fragmentos de la Suave Patria al propio López Velarde, a quien no conoció; se la recitó completa a Vasconcelos, cuando éste fue a comunicarle el fallecimiento del jerezano; fue a José Rubén Romero a quien le recitó un poema completo, y lo acusó de plagio; sólo después le aclaró la broma: se lo sabía de memoria, pese a que había sido poco publicado; dice inexactitudes respecto de Gustavo Díaz Ordaz (Torres Bodet no fue funcionario en su sexenio), y se sabe que era un lector ávido, lo mismo que Luis Echeverría, Adolfo López Mateos, Carlos Salinas de Gortari, y antes lo habían sido Sebastián Lerdo de Tejada y Benito Juárez; una biografía reciente aclara que Plutarco Elías Calles estaba leyendo Mi lucha, de Hitler, como es sabido, cuando fue desterrado por Cárdenas, pero que en su mesa de noche tenía también El capital, de Marx, y La vida inútil de Pito Pérez, del muy leído José Rubén Romero. Es hasta fechas recientes que se ha visto que no hace falta ser lector para ser presidente, y además, que ser lector no asegura a nadie que se sea buen presidente, ni buenos periodistas.
http://errataspuntocom.blogspot.mx/

Expresa tus ideas

Quieres tener tu propia personalidad?...
consigue tu gravatar!