Los claroscuros de la cacería

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Una cazadora y su presa. Con cinco metros y medio de altura y su peso que puede llegar a dos toneladas, una jirafa macho es sin duda una pieza impresionante, aunque matarla no ofrezca grandes riesgos o dificultades.

No soy enemigo de la cacería. Mucho menos si es con fines de subsistencia, como la que realizan los campesinos de la península de Yucatán y otros lugares de México, y gracias a la cual pueden complementar su dieta con proteínas de origen animal. También creo que debe practicarse para ayudar a mantener en buen estado las poblaciones de ciertas especies. Por ejemplo, es conveniente la caza deportiva del borrego cimarrón del noroeste de México, porque sólo se permite matar a los machos más viejos —reconocibles por su gran cornamenta casi cerrada en círculo—, los cuales compiten con los jóvenes, que son genéticamente mejores, y les impiden aparearse.

En cuanto a la cacería deportiva, tampoco me opongo por entero a ella. Creo que puede ser una buena alternativa económica para grupos de campesinos organizados que, en lugar de cazar, digamos, un venado para comer su carne, pueden cobrar por permitirle a un cazador aficionado hacerlo en sus tierras y ofrecerle servicios de transporte, hospedaje y guía. Incluso, la cacería puede resultar benéfica si se orienta hacia animales que por su excesiva abundancia resultan una plaga en los campos agrícolas, como la paloma torcaza en el noreste de México. Y, desde luego, a veces resulta necesario matar animales que han adquirido el hábito de atacar seres humanos, como los leones en algunos lugares de Africa o los tigres en la India.

Pues bien, resulta que ahora se ha puesto de moda entre norteamericanos y europeos algo que horroriza a las asociaciones protectoras de animales y a algunos grupos conservacionistas: la cacería de jirafas.

Cazarlas resulta especialmente atractivo para algunos por su enorme tamaño (de hecho, se mata especialmente a los machos, que son mayores que las hembras). Así, las fotos del o los cazadores al lado del animal muerto resultan muy impresionantes. También, cazar jirafas tiene la ventaja de que —a diferencia de los leones, rinocerontes o hipopótamos— son animales tranquilos y pacíficos, de modo que el cazador prácticamente no corre peligro.

Desde luego, este no es un pasatiempo para pobretones. Sin contar los gastos de viaje hasta Africa, el costo anda por las diez mil libras esterlinas —más de 200 mil pesos— por concepto de trasporte local, alojamiento, alquiler del rifle, batidores y guía.

Como decíamos, grupos conservacionistas y amantes de los animales critican fuertemente esta moda, y aducen que, si bien la jirafa no está catalogada como especie en peligro de extinción, su número ha disminuido sensiblemente. Un censo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza indica que de 140 mil que había en 1988 en toda Africa, a la fecha sólo quedan 80 mil. En Angola, Malí y Nigeria, ya ha desaparecido y en otros países es muy escasa.

Pero —y aquí viene lo interesante— en aquellos países donde se permite su cacería —Sudáfrica, Namibia y Zimbabwe—, no sólo hay grandes poblaciones, sino que están aumentando. Lo dice un experto en la materia, el Dr. Julian Fennessy, quizá el biólogo que más sabe de jirafas, autor precisamente del censo arriba señalado y fundador de la Fundación para la Conservación de la Jirafa, única organización dedicada específicamente a la protección de este animal. Lo que más afecta a las jirafas —dice Fennessy— es la transformación de su hábitat. Y, por extraño que parezca tratándose de un hombre que se preocupa por la suerte de las jirafas, no condena su cacería, aunque tampoco la promueve. Simplemente la considera una afición de algunas personas.

En fin, la caza no es en sí buena ni mala. Para juzgarla hay que tener en cuenta muchos factores y no mirarla con el corazón sino con el cerebro.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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