Encueradas contra luchadores

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En su libro sobre la lucha libre en el cine mexicano, Pepe Navar y cómplices ponen especial atención en una cinta que Emilio García Riera, en su Historia documental del cine mexicano (segunda edición, la de la Universidad de Guadalajara), califica de mala pero divertida: Santo en el tesoro de Drácula.

No es que sea especialmente mala; excepto unas muy poquitas, las películas de luchadores son malas, y especialmente las del Santo: mal filmadas, mal actuadas, mal fotografiadas, mal dirigidas; aunque las escenas dentro del ring son monótonas pero lo más atractivo para el público, las rodean de una trama policial, de un drama familiar o, ya en los años sesenta y setenta, con algo de ciencia ficción bastante desproporcionada, pero los productores apelaban a la credibilidad del público.

Santo en el tesoro de Drácula, que además de ponerle una voz nada común a Santo (anodina, poco sonora, muy diferente de la de Víctor Alcocer), lo presenta como un científico capaz de hacer que alguien viaje al pasado; García Riera ve un parecido, o una calca, de un programa de televisión popular por las fechas en que se filmó la cinta, El túnel del tiempo, en donde James Darren y Robert Colbert en cada episodio iban a un sitio y una fecha decisivas en la historia de la humanidad (eran dos científicos pero con buena suerte para las aventuras y para las mujeres, aunque no pudieron ligarse, hasta donde recuerdo, a otra científica, interpretada por Lee Meriwether, infaltable por cierto en otras muchas series televisivas, como Mis adorables sobrinos, Barnaby Jones y como Lily Munster, pero en The Munster today, no la famosa The Family Munster); incluso, con la misma rueda que al girar produce efectos psicodélicos que se veía cuando los gringos iban a una época indefinida.

Santo es tan hombre de ciencia como ellos, pero más altruista; su máquina del tiempo le sirve no sólo para ir al pasado, sino para apoderarse del tesoro acumulado por el conde Drácula para repartirlo entre los pobres del mundo; contrario a los protagonistas de la serie televisiva, viajar al pasado es una tarea femenina porque, afirma Santo, las mujeres resisten cuatro veces más (no dice qué). Lo curioso de todo es la fama del filme: Nelson Carro (El cine de luchadores), Navar y cómplices, y García Riera, afirman que las fotografías que muestran a varias mujeres desnudas delante de Aldo Monti, no en su papel de galán televisivo (antes de Mauricio Garcés como fotógrafo de Estudio Ponds, cuando puso de moda su “arrooozz”) sino de vampiro muy maquillado (para verse pálido, pero también con rímel); se dijo siempre que eran escenas filmadas fuera de México o cuando menos para su exhibición fuera de México.

El domingo 15 se exhibieron dos cintas de luchadores, con desnudos, o casi, femeninos; antes de las 22 horas, La horripilante bestia humana, en la que José Elías Moreno es un científico que reta las leyes universales al intentar volver a la vida a su hijo fallecido; eso es pretexto para que Gina Moret y alguna otra muestren los pechos desnudos; la copia exhibida omite esas escenas, pero a cambio es generosa mostrando las pantaletas (“grannies”, les dicen ahora, comparadas con las tangas actuales) de una extra a la que la bestia horripilante le sube el vestido en dos ocasiones mientras forcejea con ella, y de Norma Lazareno, quien en vez de huir del monstruo a bordo de su auto, se pone a correr, con chicos taconzotes, en un parque lleno de desniveles, se tropieza de manera no muy elegante pero tampoco convincente, rueda y el vestido se le sube hasta la cintura, dejando ver unas pantaletas negras más cercanas al bikini que no se acababa de poner de moda en ese 1968 de muchas minifaldas pero ropa interior no enorme, pedro no el chikini que puso de moda Borola Tacuche de Burrón. Lazareno, al contrario de la extra, no ve demasiado ultrajado su pudor, porque quien la encuentra es Armando Silvestre, quien de cualquier manera iba a casarse con ella.

Más injustificados son los desnudos en Santo en el tesoro de Drácula; ocho jóvenes medio tapadas con batas semiabiertas presentan a dos nuevas discípulas, acostadas boca arriba, tapadas de la cintura para abajo; exuberantes, se dejan manosear los pechos por el poco hábil Monti, quien sólo las soba y apachurra en vez de acariciarlas; ellas, sin excitarse, se ponen de pie y se unen a las otras, quienes se quitan las batas y quedan desnudas; pese a que están de frente no se les nota el vello púbico, por la lejanía de la cámara o porque están depiladas; se ponen de espaldas; no se divulgan los nombres de las vampiras (que no vampiresas) excepto de dos: Sonia Aguilar y Paulette; una de las diez tiene pechos bellos y glúteos armoniosos; las demás están pasadas de peso, las nalgas caídas o muy redondas o muy planas; es tan injustificada la escena como la pocos años después filmada en Bellas de noche, en la que Rafael Inclán paga sus emolumentos a varias ficheras totalmente desnudas, pero poco bellas.

Monti manosea, apachurra y succiona los pechos de dos estrellas, Gina Moret y Noelia Noel durante más de cinco minutos; no hay muchas posibilidades de que sean dobles, porque se ven al mismo tiempo rostro y pechos, más bellos que los de las extras, y en dos ocasiones; Monti no necesita hipnotizarlas, están dispuestas a ser fajadas por él antes incluso que le muerda el cuello. (En las cintas clásicas de vampiros, Nosferatu, Drácula y otras, se insiste en el erotismo del personaje, de la seducción y la metáfora de la mordida como sustitución del coito; se pone especial énfasis en la versión en español de Drácula, por la belleza de las actrices, más eróticas que las actrices gringas, como acota Leonard Maltin.) Aparte de lo absurdo de la trama, hay un error grave: en una escena del pasado, a principios del siglo XIX, se ve a Noel en una cama, con negligé transparente, y brasier y pantaletas blancas, prendas que en esa época no existían (como se sabe, sólo a finales de ese siglo comenzaron a usarse esas prendas). Lo curioso es que, cuestionados sobre esos desnudos, Alberto Rojas (debutante en esa cinta, bastante menos gracioso que en otras cintas de otro género) negó que se hubieran filmado, y Aldo Monti, dijo que se le había olvidado si había habido desnudos, unos desnudos que difícilmente podría olvidar, puesto que participó en ellos con mucho vigor y dedicación. Otro dato curioso es que el padre de Noelia Noel en la cinta, Carlos Agosti, se llama César Sepúlveda, nombre de quien poco antes había dejado de ser director de la Facultad de Derecho de la UNAM, y que mientras lo era, estalló el conflicto que obligó al doctor Ignacio Chávez, rector de la UNAM, a presentar su renuncia. No escaseaban los desnudos en el cine mexicano, ni menos en el estadounidense, e incluso en el inglés. Más hermoso que excitante fue el desnudo de Heidy Lamarr en Éxtasis, en unos cuantos segundos, y se vislumbra el vello púbico; más visible fue el vello púbico de Jane Birkin en Blow-Up; Lamarr, conocida como “La Mujer más Bella del Cine”, fue choteada por Groucho Marx cuando dijo que, de Dalila, tenía menos pechos que Sansón, Victor Mature. Eran más frecuentes las escenas donde las actrices mostraban los pechos, las piernas o los glúteos; ya se habían admirado los desnudos de Brigitte Bardot, de Gina Lollobrigida (fugaz, pero pleno), Sophia Loren mucho antes de que llegara la fiebre de desnudos a México, luego de la primera etapa de los desnudos inmóviles de Amanda del Llano, Ana Luisa Peluffo, Aída Araceli, Columba Domínguez, Kitty de Hoyos, Rosario Durcal, o los no tan famosos pero lucidores de unas anónimas en Rosalba y los Llaveros, o de Ánimas Trujano; ya en las películas del Concurso Cinematográfico hay discretos desnudos de Gloria Leticia Ortiz, Julissa, Pilar Pellicer, y comenzaba a lucirse Isela Vega. Para la época de las dos cintas que vi este domingo hay desnudos de Libertad Leblanc, Norma Lazareno, Ofelia Medina (uno muy bello en Paraíso, de espaldas), Ana Martin (de espaldas, en Trío, Cuarteto, y años después uno frontal, nada impúdico, muy verosímil, en Cadena perpetua), y hasta uno discreto pero innegable de Angélica María en El cuerpazo del delito; y sin pretextos artísticos, de muchas más, sin contar los casi desnudos de Elsa Aguirre, Silvia Pinal, Elsa Cárdenas, Zulma Fayad, Maura Monti, Bárbara Ángeli, Fanny Cano y muchas otras, hasta llegar a los años setenta, en que el cine de ficheras prodigó desnudos sin pretextos pero sin belleza, más que algunas cuantas, y culminar con los desnudos elegantes y excitantes de Blanca Guerra en Estas ruinas que ves (pero también los muy procaces de Burdel y de Chile picante). No era raro ver desnudos, aunque sí en el cine de luchadores; ¿sería por el público que asistía a ver esas cintas? Santo en el tesoro de Drácula se estrenó con autorización A, es decir, para niños, adolescentes y adultos, lo que vemos ahora como muy atrevido, porque aunque pasó sin desnudos, de cualquier manera Aldo Monti se faja sabroso a las vampiras y a las aspirantes a serlo, aun con los pechos cubiertos. ¿Habrán hecho las escenas para exportación y las púdicas para las salas mexicanas? Si fue así, de cualquier manera eran escenas atrevidas, además de suponer al público mexicano con menos criterio que el de países supuestamente menos adelantados, o más dependientes. Las escenas más atrevidas de La horripilante bestia humana no fueron exhibidas, y se ven en algunos stills reproducidos en el libro de García Riera; fueron, además, ridículas las escenas con que las sustituyeron, porque Gina Moret, supuestamente inconsciente, se tapa los pechos desnudos para que no los contemplemos. Y en Santo en el tesoro de Drácula, las escenas con las vampiras mostrando nalgas y pechos salen sobrando; en cambio, cuando se faja a Moret y a Noel, son imprescindibles, y ridículas si las actrices no están desnudas. Al revisar los escritos de la crítica, no sólo sobre estas escenas sino en general sobre los desnudos en el cine, llego a la conclusión de que los críticos o los comentaristas, más que gusto por el cine, tienen gusto por la belleza femenina. En la segunda edición de su Historia documental del cine mexicano hay menos crítica, hay más entusiasmo, y unan insistencia en muchas actrices bellas, además de más humor; en su De la pantalla a la TV García Riera acota cuanta actriz aparece encuerada en una cinta, por insignificante que sea la cinta o el desnudo; José de la Colina, por poner sólo un ejemplo (de muchos que abundan en su blog), al hablar de Cantando en la lluvia llama más la atención del color de las tarzaneras de Debbie Reynolds al terminar “Good Morning” (que nunca he podido atisbar, aunque reproduzca la escena cuadro por cuadro) y las piernas de Cyd Charise, que en otros aspectos de la cinta; Jorge Ayala Blanco, en su más reciente libro sobre el cine mexicano es menos rudo si la película criticada está beneficiada por la presencia de una actriz bella. ¿Es necesario recalcar que G. Caín se fijaba en la presencia masculina y le daba mucha importancia, que se desvanecía ante la aparición de cualquier actriz, por poco competente que fuera? ¿Y es necesario recordar que Manuel Michel y Juan Manuel Torres escribieron libros memorables sobre actrices, y que intentaron rendirle homenajes en sus cintas? No sé nada de cine, pero sí de la belleza femenina. *Mis amigos literatos no me reprochan que añada comentarios oportunos de beisbol o de otro deporte, sólo piden que los identifique de alguna manera, para no crearles visiones extrañas, como la de Octavio Paz y Alfonso Reyes en el círculo de espera (desde luego, en la misma novena). *Casi todos los días de la incipiente temporada, excepto la del domingo, ha habido blanqueadas; ya el lunes 16 hubo un 1-0 contra los supuestamente poderosos Medias Rojas, ya abstemios. *¿Y qué tal si hubiera aceptado la oferta generosa para participar en una empresa editorial boyante, ahora que está implicada en uno de lo peores casos de corrupción de la cultura en México? Y eso que sólo han investigado una parte, no toda la historia.

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