Armas nativas contra el calentamiento global

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Dos de los mayores problemas a que se enfrenta la humanidad son la desertificación y el calentamiento global. El primero, por fortuna, no afecta a quienes vivimos en la península de Yucatán, pero sí a los habitantes de otras regiones de México y de varios países en todos los continentes. El calentamiento, en cambio, es de carácter mundial. Lo sufrimos al igual que los africanos, los europeos, los asiáticos, los australianos o los sudamericanos.

Esto viene a cuento porque hace poco encontré por casualidad una propuesta de dos investigadores yucatecos, los doctores José Salvador Flores Guido y Jesús Martín Kantún Balam, de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad Autónoma de Yucatán, para utilizar especies vegetales nativas de la región en el combate al calentamiento global y una de sus más graves consecuencias: la mayor intensidad y frecuencia de sequías que se espera en diferentes regiones —entre ellas la península— a consecuencia del cambio climático.

La majestuosa ceiba, el árbol sagrado de los mayas, puede ser un arma contra el calentamiento global, gracias a su resistencia a la sequía y su gran capacidad para absorber dióxido de carbono.

En su mayoría —señalan Flores Guido y Kantún Balam— las plantas de la región peninsular, y especialmente las de la zona norte, han desarrollado una gran tolerancia a las altas temperaturas y la escasez de agua, ya que el ambiente es muy caluroso y la precipitación pluvial muy reducida.

Entre las adaptaciones que presentan las especies vegetales de la península, destacan sus hojas con pocas estomas o “poros” y un recubrimiento ceroso, llamado cutícula, características ambas que les permiten reducir las pérdidas de agua. También, cuando el agua escasea durante la temporada de secas, muchas especies tiran las hojas para evitar por completo las pérdidas del poco líquido que aún conservan. Sin embargo, a pesar de la falta de agua y el intenso calor, esas plantas florecen y fructifican en plena época de secas. De hecho, la selva baja caducifolia —la predominante en el noroeste de la península— toma un peculiar aspecto florido durante la sequía.

Hay también numerosas especies de árboles y arbustos cuya corteza es muy gruesa, está fuertemente fisurada o se desprende fácilmente, todo lo cual también les ayuda a conservar agua.

Estas características, desde luego, no surgieron de la noche a la mañana. Son resultado de un largo proceso evolutivo. Pero también el ser humano tuvo su parte en el asunto. Gracias al sistema agrícola de roza, tumba y quema, dicen Flores y Kantún, muchas especies estén adaptadas al fuego, el cual estimula sus yemas en las raíces y las hace crecer, después de estar sometidas a la quema.

Pues bien, el calentamiento global se debe básicamente a la creciente acumulación de dióxido de carbono o CO2 en la atmósfera terrestre, lo cual provoca el llamado efecto invernadero, ya que ese gas retiene el calor solar e impide que se disipe de vuelta al espacio. Una manera de combatir el calentamiento, es mediante la reforestación con especies que absorban abundante CO2 y además sean resistentes a la sequía. Muchas especies nativas de la península, señalan los investigadores, cumplen ambos requisitos y pueden emplearse en programas intensivos de reforestación. Por ejemplo, la ceiba, el chacá, el pich o guanacaste e incluso malezas como el tajonal, y hasta hierbas que crecen en las ciudades al borde de las aceras y el pavimento.

Esas plantas —de las cuales Flores y Kantún han identificado más de 50— podrían ser nuestras armas contra el calentamiento global.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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