Octavio Paz a Alfonso Reyes: ¿Nos puede dar su secreto?

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¿Puede haber competencia en poesía? Si fuera así, ¿cuáles serían los lineamientos, las coordenadas, los criterios que debían tomarse en cuenta? Si Jaime Sabines es, en apariencia, lo opuesto a Octavio Paz, ¿significa que uno es bueno y el otro malo? Es claro que para los fanáticos de uno, el otro es un poeta menor, o sobrevalorado. ¿Eso significaría que los seguidores o discípulos de uno u otro son menos bueno que su modelo? Me parece que el opuesto a Paz es Rubén Bonifaz Nuño: sus temas, sus fuentes, su cercanía al lenguaje popular o, mejor, cotidiano; su desparpajo, la manera en que los personajes de sus poemas se enamoran con tanta intensidad, y rompen con tanto odio para reconciliarse más enamorados aún, es completamente distinta de cómo viven los personajes de Paz el amor (los ve cuando ya están enamorados, un instante que dura toda una eternidad y que cambia el mundo, aunque el lector sólo viva ese instante único e irrepetible); las citas de Paz provienen de la Edad de Oro, y lo acercan a ella; las citas de Bonifaz Nuño vienen de Catulo en su fase más resentida, o de José Alfredo Jiménez (Albur de amor y Una pulsera para Lucía Méndez no desmienten la cercanía de José Alfredo, ni en su vertiente de amor feliz o de amor desdichado; El manto y la corona enuncia versos felices de boleros, de chachachás, y hace mención de las canciones de amor de un cancionero que se sube a un camión a prolongar el amor del protagonista de ese poema): ¿cómo preferir a uno sobre otro? Alfonso Reyes es un caso incómodo en nuestra literatura: tiene hallazgos formales que no pueden ignorarse; el lenguaje es tan flexible cuando cita a los clásicos que cuando se acerca al habla cotidiana; trata los temas más difíciles con una sencillez inteligente, y los hace comprensibles (como cuando explica la teoría de la relatividad, que no entiende pero hace que el lector la entienda); es tan claro que parece simple, y se le perdona esa sencillez por el simple hecho de que sus ensayos, artículos, resúmenes, críticas, reseñas, están escritos en la mejor prosa en nuestro idioma, Borges incluido (y reconocido por él). Por ello, no insistimos en su profundidad, en su gracia, en que la belleza de su prosa es natural, pero trabajada, pulida, pensada, labrada (su generación es privilegiada: él, Julio Torri, Martín Luis Guzmán, por no hablar de los proscritos, escribían como se les pegaba la gana; Vasconcelos también, pero da la impresión de que no quiere ser exquisito, antes al contrario, quiere imponer la fuerza de su lenguaje, y sus fallas, sus “descuidos”, parecen premeditados). Como poeta no recibe el reconocimiento que merece; escrita su poesía con tanta pulcritud como la que emplea en su prosa, es un aventurado que explora caminos poco conocidos, pero no le damos el título de experimentador, ni en lo formal ni en lo sensorial; sin embargo, su poesía erótica es tan erótica como la de Efrén Rebolledo o la de Renato Leduc; más atrevida que la de poetas actuales que hacen del acto sexual su único tema, pero no recurre a elementos gráficos que no estimulan, más bien empobrecen; describe con tanta elegancia los actos más perversos que los hace refinados, representativos del amor y no del instinto, sin dejar de lado el placer. Lo dije en otro lado (y se me cita sin citarme), tiene tanta habilidad que sus poemas parecen ejercicios, juegos literarios, no poesía (en México la poesía inteligente es relegada; incluso muchos poetas prefieren la poesía intensa que la inteligente, y en efecto, mucha de nuestra buena poesía prefiere ser sincera que inteligente); tiene más lectores de su prosa que de su poesía. Octavio Paz como lector no tiene fronteras, sabe leer de todo, incluido lo opuesto a él; sin embargo, al describir la poesía de Alfonso Reyes llega a decir que una muestra de que es poeta, por la cantidad de poemas que escribió. Y cuando busca su reflejo, su opuesto, su antónimo, menciona a Luis G. Urbina, no a Ramón López Velarde, su verdadero antípoda, como han demostrado José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid. Fuimos otra vez a la llamada feria del libro del Auditorio Nacional; aunque no todas las editoriales cumplen con el límite más alto anunciado, es una oportunidad para encontrar títulos que no llegaron a las librerías, o que se ha quedado embodegados por diversas razones; no podemos dejar de comprar en Anagrama, aunque la mayoría de los ejemplares está sucio o maltratado, o en Tusquets, aunque todos los ejemplares estén nuevecitos, como si nunca los hubieran mandado a librerías. En el stand del Fondo de Cultura Económica compré cinco títulos de Pellicer, en una colección muy bella, pequeños, elegantes, muy bien editados; desde luego, los tenía en las ediciones de Letras Mexicanas, y en la Poesía completa (que no es completa) y muchos en Material poético (busqué el libro que leyó López Obrador, Poemas, pero no existe); incluso, de algunos de ellos tengo esas rarísimas primeras ediciones, no muy bellas, nada elegantes, pero sí raras. Y compré dos epistolarios de Alfonso Reyes, quien cuando no creaba, de cualquier manera escribía su diario ejemplar, y cartas generosas y bellas. Uno de esos epistolarios es con Octavio Paz; si me gustaran las etiquetas tendría que decir que es el encuentro de los dos máximos escritores mexicanos, uno en la poesía, otro en la prosa; uno, recipiendario del premio Nobel de Literatura; el otro no lo recibió, aunque lo merecía; el epistolario dista mucho de ser lo que uno espera; es revelador, eso sí. En él encontramos a un Octavio Paz consciente de que tiene un interlocutor de prestigio internacional, con influencias decisivas, y una generosidad, valga la repetición, decisiva para muchos escritores mexicanos que se vieron beneficiados por ella. Paz había publicado algunos libros de poemas, elogiados por lectores tan importantes como Jorge Cuesta, y ya había llamado la atención internacional con más de un poema, cuando comenzó a intercambiar cartas con Alfonso Reyes; el apoyo que le da éste es muy importante, tanto en la vida cotidiana como en su labor literaria. En la primera lo aconseja, lo ayuda a subsistir en la burocracia diplomática, habla por él para que le aumenten de categoría, lo recomienda para que lo trasladen a ciudades menos hostiles, y cuando ya está en México y no acabala con su sueldo, le consigue una beca en El Colegio de México para que termine de escribir uno de sus libros más importantes, El arco y la lira; la beca, de 600 pesos mensuales, originalmente por un año, se prolonga casi seis años, cuando Daniel Cosío Villegas la suspende, así como muchas otras que recibían varios escritores, todos ellos de renombre actual. Los 7,200 pesos que Paz recibía anualmente significarían aproximadamente 21,500 pesos actuales, sin tomar en cuenta los tres ceros que suprimieron los gobernantes en los años noventa; ciertamente se podía comprar mucho más con siete mil pesos de entonces que con 21,500 de ahora; un departamento en Polanco se rentaba en poco más de 500 pesos mensuales, y en las colonias Estrella o Industrial no pasaban de 300; el boleto del cine Roble, recién inaugurado, costaba cinco pesos, más uno de las palomitas; ahora cuesta 50 pesos, y 15 de las palomitas (además de los tres ceros); hay que añadir que el dólar valía 8.50 y fue hasta 1954 en que pasó a valer 12.50 y ahora está en 13.00 (más los tres ceros, o sea 13,000 pesos de 1951). Reyes lo recomienda, pide que no lo abandonen cuando Elena Garro sufre una enfermedad dolorosa, y viven en un cuarto de hotel en un Tokio que no le agrada a Paz, aunque sí los campos japoneses. La otra ayuda es mayor: Paz le envía a Reyes sus poemas y le cuenta que el libro, breve pero estupendo, estuvo un año en manos de José Bianco para su posible publicación en Sur (donde Villaurrutia había publicado Nostalgia de la muerte); desilusionado, le pide consejo a Reyes, quien luego de algunas indecisiones sobre la editorial más adecuada, da instrucciones para que lo incluyan en Tezontle; Paz sabe que esa pequeña editorial que lo mismo pertenece al Fondo de Cultura Económica que al Colegio de México, necesita de la contribución de los autores; Reyes lo confirma pero lo tranquiliza: no es necesario que desembolse los 1,750 pesos que le corresponderían sino hasta que esté editado el volumen: lo encarga a los expertos Joaquín Díez-Canedo y Francisco Giner de los Ríos, y los apremia; aparece menos de un año después (un año era lo que tardaban los libros en nacer: había que marcarlo, mandarlo al linotipo, corregir galeras, formarlo, corregir páginas, volver a leerlo, y mandarlo a la imprenta, a las rotativas, donde se imprimía pliego por pliego; una etapa mucho antes de los libros por computadora que se tardan apenas unos meses, y que no igualan la belleza –más que en ciertos casos, y con mucha lentitud— de los libros antiguos), y le da la noticia que más tranquilidad le proporciona: no tiene que pagar nada, El Colegio asume todos los gastos. Con la vanidad del editor, Reyes se queda con el primer ejemplar, lo disfruta, le encuentra todas las virtudes de ese libro que Paz considera es su primera obra verdadera, no tanteos, como cree que son Raíz del hombre, Luna silvestre, Bajo tu clara sobra, Entre la piedra y la flor (que Reyes le chulea mucho, y que Paz vuelve a intentarlo muchos años después) y sobre todo A la orilla del mundo, un compendio de lo que Paz considera lo mejor que ha hecho. Esa primera edición de Libertad bajo palabra lo hace sentir orgulloso de su obra, y el verdadero arranque de su trayectoria poética. Reyes le envía ese ejemplar, y a vuelta de correo los doce que le corresponden; Paz ya es conocido en París, tiene amistades que le piden ejemplares, y solicita a Reyes le envíen otros 20, a cargo de posibles regalías. Reyes no sólo es decisivo para la publicación de Libertad bajo palabra; a lo largo de varios meses le envía ensayos sobre poesía; desde el principio, ambos saben que formarán un libro; Paz calcula que tendrá unas 150 páginas; después ya anda arriba de las 300; Reyes, con paciencia, espera a que lo dé por concluido, y sin muchas negociaciones, y con la petición expresa de Paz, lo incluye en el catálogo del Fondo de Cultura Económica; se trata de El arco y la lira, uno de los libros fundamentales de Paz, y de la literatura mexicana; el libro corregido por Jorge Hernández Campos, agradece a Reyes el estímulo doble: los libros del propio Reyes sobre el tema (literatura, poética) más la generosidad de la lectura; también, al Colegio de México el apoyo que le dio mientras lo preparaba (la becada mencionada). Termina con estas palabras: “La ayuda del Colegio de México, finalmente, dio libertad a mis ocios y a mi posibilidad de ocuparlos en redactar estas páginas. Gracias, pues, a don Alfonso y al Colegio”. El libro, de 1956, tardó un poco menos de diez años en agotar sus tres mil ejemplares; la segunda edición elimina ese agradecimiento, no así el reconocimiento al estímulo de Reyes. Tres libros más de poesía de Paz aparecen en esa etapa: ¿Águila o sol? (que comenta mucho, pero sin hablar de gestiones), Semillas para un himno (al que catalogan como “folleto”) y Piedra de sol, poema cumbre no sólo de Paz, sino de toda la poesía en español. Esta última, apenas referida en una invitación a la presentación del libro. Hay, sin embargo, otra gestión de Reyes fundamental: algunos artículos de Paz aparecidos en el periódico Novedades, que van dando forma a un libro totalmente distinto, pero que es tal vez su obra más conocida: El laberinto de la soledad (en las cartas, ambos ponen todas las iniciales en mayúsculas); Reyes lo comenta con entusiasmo, pero apenas participa, como sí lo hace con los otros dos; pero Paz le pide que interceda por él con Jesús Silva Herzog, director de Cuadernos Americanos, del que Reyes forma parte de su consejo; Reyes no titubea, y no tarda mucho en convencer a Silva Herzog, pese a los problemas económicos de la publicación (problemas de los que no está exento Tezontle), más otros de salud. Sin embargo, aparece con puntualidad. Y lo envía a Cuadernos Americanos a petición expresa de Reyes, quien lo recomienda en una sesión de la junta directiva. En él, Paz no agradece la ayuda de Reyes, pero le dedica varias páginas. Paz menciona muchas veces a don Alfonso Reyes a lo largo de toda su obra; la mayoría, de refilón, como referencia; cuando habla directamente de él lo hace con justicia, pero sin pasión; dice que es frío, que no tiene pasión, que a ratos es preferible la prosa atropellada de Vasconcelos, apasionada, a la equilibrada de Reyes; lo acusa de carecer de autocrítica, y de cierto distanciamiento del país, aunque lo defiende cuando los demás lo atacan por acercarse a temas griegos, y celebra su traducción de la Ilíada, aunque lo hace con más entusiasmo en sus cartas. Reyes declaró alguna vez que después del 9 de febrero de 1913 nunca volvió a ser feliz; sus libros son felices, gratos, amables, risueños, y dejan siempre una sonrisa en el lector; Paz, aunque reconoce el humor, prefiere dos poemas en que apenas se ve esa sonrisa: “Yerbas del tarahumara” e Ifigenia cruel; son poemas que menciona con frecuencia, y ni una sola vez “Salambona”, que desmiente cualquier calificativo de frialdad y de poca pasión. Sólo menciona de paso el 9 de febrero. Hay sin embargo dos asuntos incómodos: al hablar de la poesía de Reyes en una antología preparada a disgusto por Paz, a petición de Jaime Torres Bodet, para la UNESCO, Paz dice que “Reyes no rompe con el modernismo; simplemente se aparta y tras una pausa… le da la espalda para siempre”. Con la gentileza que lo caracteriza, Reyes le pregunta: “Pero, ¿fui yo alguna vez ‘modernista’ autentico?”

Paz se turba y se disculpa: dice que se trata un párrafo mal redactado, pero aparece así también en Las peras del olmo, al que trata mal: libro mal cortado, mal pegado, mal corregido. Y vuelve a disculparse: dice que “el primer libro de poemas que publica Alfonso Reyes se llama Pausa”. “Ninguna –errata— me duele más que la que me hace decir que su primer libro es Pausa […] (A favor de la Imprenta Universitaria –una de cal, por las que van de arena— debo decir que acaso se trate de un error mecanográfico)”. Sin embargo, la errata (o error) aparece también en la segunda edición de Las peras del olmo, publicada por Seix-Barral, en 1971, y en el volumen IV de sus Obras Completas, por el Fondo de Cultura Económica (Edición de Autor –sic). La carta en la que se disculpa, agrega un párrafo incómodo para el admirador de Paz: “También debo pedirle perdón, a usted que es nuestro maestro, por varios pecados contra la pureza del lenguaje. Al releer este libraco he advertido con horror más de tres galicismos, anglicismos y otros disparates. Díganos cuál es su secreto para escribir bien.” La edición, preparada por el especialista Anthony Stanton, tiene varios errores: el mayor, decir que Manuel Tello era titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores cuando era subsecretario encargado del despacho. Empezó la temporada de beisbol, de una manera desordenada; en la primera jornada formal hubo tres blanqueadas (dos de ellas por 1-0); al día siguiente, en otra, que iba empatada hasta la octava entrada, cayó la primera carrera por un error del short stop que tenía todo para hacer un doble play; otros juegos, la mayoría, terminaron por diferencia de una carrera. ¿Seguirá reinando el pitcheo? En Internet pusieron un día varios videos en que un equipo, al verse beneficiado por errores arbitrales, tiran mal a propósito un penalty, o dejan que el contrario anote un gol para emparejar el marcador, o anotan autogoles para empatar el juego, sin que ningún jugador proteste. Y uno que siempre ha hablado mal del futbol porque los jugadores son tramposos, fingen que los lesionan, levantan las manitas como diciendo “yo no fui”; un ejemplo valioso ahora que en el futbol americano se valen de golpes ilícitos y mal intencionados, o que los beisbolistas toman “asteroides” (Niurka dixit) para sacar beneficios inicuos.

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