Nuestras “especies” arqueológicas amenazadas

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Casi todo lector medianamente informado sabe del llamado Libro Rojo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en el cual se enlistan las especies de plantas y animales amenazadas y el grado de peligro en que se encuentran. Pero casi nadie sabe que hay también un Libro Rojo de los objetos culturales en riesgo. Esto es, un registro internacional del tipo de piezas del patrimonio cultural de la humanidad amenazadas por el saqueo de sitios arqueológicos, el robo de objetos de arte antiguo y el comercio de discutible legalidad o fran-camente ilícito de piezas así obtenidas. Y lo que ahí se dice respecto de los vestigios de la antigua civilización maya debe servir como clarinada de alerta para las autoridades, pues advierten los expertos que el tráfico de piezas arqueológicas sigue aumentando y con ello se pierde valiosa información científica.

   
   
 Las piezas de jade son muy apreciadas por los coleccionistas y por ser pequeñas pueden robarse y contrabandearse  fácilmente. Todas las aquí mostradas fueron vendidas en Estados Unidos por canales normales y legales de comercialización de obras de arte.   Uno de los principios de ética de la Sociedad Norteamericana de Arqueología señala que la compraventa de piezas arqueológicas fuera de contexto contribuye a la destrucción de los registros arqueológicos y que su comercialización, su uso como simples mercancías y su aprovechamiento con fines de lucro y para el disfrute personal, tiene como resultado la destrucción de sitios arqueológicos y la pérdida de información contextual indispensable para la investigación. 

El Libro Rojo de objetos culturales lo mantiene el Consejo Internacional de Museos, mejor conocido por la sigla ICOM de su nombre en inglés (International Council of Museums). Tiene secciones sobre los distintos continentes y las diversas culturas históricas, y en la parte relativa a Latinoamérica menciona 25 tipos de bienes culturales que son sistemáticamente saqueados en los países de la región debido a la gran demanda que de ellos existe en el mercado de antigüedades.

En especial, por lo que respecta a la península de Yucatán y el área maya en general, se encuentran gravemente amenazados dos tipos de objetos prehispánicos: los vasos policromados y los ornamentos de jade. Ambos —dice el Libro Rojo del ICOM— son objeto de un intenso comercio y alcanzan altos precios. Y es que, debido a su pequeño tamaño, resulta mucho más fácil contrabandearlos que, por ejemplo, un mascarón de estuco o una estela de piedra.

Un típico vaso maya policromado. La decoración de estos objetos muestra generalmente altos dignatarios —siempre sentados—, así como guerreros, sirvientes, prisioneros y otros personajes, estos últimos de pie.

Los vasos policromados son finas piezas de cerámica que se depositaban como ofrendas funerarias en las tumbas de personajes de alto rango. En su mayoría datan del Período Clásico (entre los años 250 y 850 de nuestra era) y son de muy diversos estilos y formas. Los más comunes, sin embargo, son vasos cilíndricos de 12 a 30 centímetros de alto, y grandes platos de entre 20 y 30 centímetros de diámetro, con soportes y tapas. Lo que les da gran valor, es su rica decora-ción, sobre todo con figuras hu-manas en escenas que usual-mente tienen un personaje cen-tral, y jeroglíficos que describen la escena.

Valiosos documentos

Precisamente por esas características, los vasos decorados son una invaluable fuente de información para los arqueólogos, que de las figuras, el entorno en que se encuentran, las relaciones entre los personajes, y la escritura jeroglífica, pueden obtener datos sobre la vida y las actividades del personaje a quien acompañaron en su tumba, así como de la época en que vivió. Pero toda esa información está condicionada a que se sepa dónde y en qué circunstancias fue encontrado el vaso. Si un saqueador se lo lleva y aparece en una tienda de antigüedades de Nueva York o París, esa información se pierde totalmente.

Lo mismo puede decirse de los ornamentos de jade —collares, pectorales, amuletos, aretes, etc.—, que también se depositaban en las tumbas de personajes de elevada alcurnia. Comenzaron a usarse como ofrendas desde fines del Preclásico, allá por el año 400, y la práctica se mantuvo por lo menos hasta 1200, ya en el Postclásico, después del decaimiento de las poderosas ciudades estado del sur del área maya. Estas joyas, bellamente trabajadas, muestran sobre todo rostros o figuras humanas, aisladas o en grupo, y en algunos casos animales y elementos abstractos. Se les considera uno de los más hermosos ejemplos del arte maya y verdaderos documentos para los arqueólogos. Pero pierden totalmente su valor como tales cuando se ignora dónde fueron encontradas y en relación con qué otros materiales y construcciones.

Como ha escrito el Dr. Michael E. Smith, de la Universidad de Arizona, cuando los saqueadores extraen piezas de un sitio arqueológico, no solamente roban los objetos, sino también le roban a la comunicad científica la información que acompaña a esos objetos.

Con un largo texto jeroglífico y la escena de una decapitación ritual, este vaso es un buen ejemplo de la información que tales piezas de cerámica pueden aportar a los arqueólogos, pero sólo a condición de que se conozca el entorno en que fueron halladas.

El problema es cada día más grave porque crecientes cantidades de objetos de jade, vasos policromados y otras piezas de cerámica mayas se venden abiertamente en Estados Unidos, al igual que infinidad de otras antigüedades procedentes de Europa, Asia, Africa y Latinoamérica.

Empresas vendedoras de antigüedades como Edgar L. Owen y World Wide Store, por ejemplo, ofrecen lo mismo un collar de jade del Período Clásico, “con certificado de autenticidad”, rebajado de 1 200 dólares a sólo 840, que un amuleto de jade tallado en forma de cabeza de animal, al precio de ganga de 2 500 dólares, o un vaso policromado bellamente decorado con glifos y figuras de dioses y gobernantes mayas, a 4 500. Y así por el estilo, hay una variedad de ofertas de piezas, todas ellas con garantía de antigüedad firmada por un arqueólogo.

Estos son, sin embargo, los barateros. Si se quiere ver altos pre-cios, hay que mirar por otro lado. La elegante casa de subastas Sot-heby’s, por ejemplo, ha sacado a la venta vasos mayas a precios que oscilan entre 200 mil y un cuarto de millón de dólares. Por su parte, Christie’s, otra casa de subastas para multimillonarios, vendió en más de millón y medio de dólares una pieza maya de jade del Clásico temprano.

No sólo ornamentos de jade y vasos policromados venden los comerciantes de piezas arqueológicas, sino también otros muchos objetos, como esta botella en forma de mujer sentada (850 dólares) y una figurilla del dios del maíz (650).

La sacrosanta propiedad privada

Esta situación se da pese a que existe una convención internacio-nal, promovida por la Unesco, sobre medidas que los gobiernos deben adoptar para prohibir e impedir la importación, exportación y transfe-rencia de propiedad ilícita de bienes culturales. El gran problema es que el tratado no ha sido ratificado por Estados Unidos, Japón, la Gran Bre-taña y otras naciones en las que hay gran demanda de antigüedades. En el caso de Estados Unidos, la justificación que da el gobierno de Wa-shington es que la propiedad privada es intocable y cualquier ciudadano tiene plena libertad para poseer armas, piezas arqueológicas, obras de arte o cualquier otra cosa que se le antoje.

En tales condiciones, lograr que un país recupere objetos productos del saqueo y vendidos en Estados Unidos, es casi imposible, pues ello implica un largo, costoso y complicado proceso para probar plenamente cuándo, dónde, cómo y por quién fueron robados. Por eso pue-den venderse abierta y descaradamente piezas arqueológicas sustraídas del patrimonio cultural de México y otros países latinoamericanos.

Mientras tal situación no cambie, el saqueo proseguirá.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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