Lo que cuentan las estalactitas

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Durante los últimos tiempos muchos investigadores han insistido en que el llamado colapso de la civilización maya allá por el año 950 de nuestra era, después del gran esplendor que alcanzó durante el Período Clásico, se debió a una serie de sequías que afectaron a la agricultura, redujeron marcadamente la producción de alimentos y provocaron una crisis generalizada.

Por Juan José Morales

En abono de esa hipótesis, se han encontrado indicios de prolongadas sequías, por ejemplo, en los sedimentos de algunas lagunas de la península de Yucatán. Y ahora, junto con evidencias de ese mismo tipo, un estudio de las estalactitas de una cueva del norte de Yucatán también arrojó pruebas de esos períodos de sequía, que se repitieron durante más de un siglo.

La investigación, recientemente dada a conocer en la revista Science, es obra de Martín Medina Elizalde y Eelco Rohling, el primero del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY) y el segundo de la Universidad de Southampton en la Gran Bretaña.

Como se sabe, las estalactitas, que penden del techo de las cavernas —y su contraparte, las estalagmitas, que se levantan desde el suelo—, se forman por el lento gotear de agua cargada de minerales. Al evaporarse parcialmente el agua, se deposita parte de los minerales y así la estalactita va ganando en longitud y grosor. Es, desde luego, un proceso muy lento, y depende de la cantidad de agua de lluvia que se infiltra desde la superficie del terreno hasta el interior de la caverna. Esto significa que, midiendo cuidadosamente la velocidad de formación de la estalactita a lo largo del tiempo, se puede determinar la cuantía de la precipitación pluvial y sus variaciones.

Fue de esta manera como Medina y Rohling encontraron los nuevos indicios de las sequías que presumiblemente determinaron la declinación de las ciudades-estado prehispánicas.

Los mayas —hay que subrayarlo— dependían básicamente de la agricultura de temporal, con el sistema milpero de roza, tumba y quema, complementado con otros tipos de cultivos, como la siembra en terrazas y en camellones tipo chinampas, o en los terrenos inundables conocidos como bajos o akalchés, que se acondicionaban mediante bordos y canales para controlar y aprovechar la humedad ahí acumulada.

Pero en todos los casos, los cultivos dependían del agua que cae del cielo durante los seis meses de la temporada de lluvias. Y la población que debía alimentarse era muy grande. Algunos cálculos indican que en el año 900 de nuestra era, en la época de máximo esplendor de la civilización maya, la densidad de población llegaba a 200 habitantes por kilómetro cuadrado en las zonas rurales y más de 800 en las áreas urbanas, y la totalidad del área maya —la península de Yucatán, Chiapas, Belice, Guatemala y porciones de El Salvador y Honduras— tenía 19 millones de habitantes. Para tener una idea de lo que esa cifra significa, basta señalar que casi equivale a la población total de México en 1940.

En tales condiciones, cualquier factor que provocara la pérdida repetida de cosechas, tendría necesariamente que ocasionar un desastre.

Lo más importante de este nuevo estudio, empero, es que —como señala Medina— el actual cambio climático parece estar llevándonos a una situación de escasez de lluvia semejante a la de hace más de mil años. O, para decirlo en otros términos: este es uno de esos casos en que conocer mejor el pasado permite prepararnos mejor para el futuro.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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