Pedro Páramo es el deseo de reflejar la existencia del caciquismo: Rulfo

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El portal El Cultural, del prestigiado diario español El país, publica una estupenda entrevista que hiciera hace más de 40 años a Juan Rulfo el escritor y periodista Robert Saladrigas Riera, de Cataluña, España.

Monólogo con Juan Rulfo (1917-1986)

Mi hermano chilango responde por Juan Rulfo y, como el vocablo (chilango) indica, es mexicano, ha rebasado el medio siglo y es autor de dos únicas y magnificas obras, Pedro Páramo y El llano en llamas. Ambas bastaron para colocarle, desde años ha, en la cima de la narrativa latinoamericana. El señor Juan Rulfo acepta la catalogación con notoria indiferencia. Parece importarle más bien poco; tal vez nada. En el color anaranjado de la media tarde de mayo, en una placita donde juegan niños y damas de piel lustrosa observan con oblonga satisfacción sus piruetas, el señor Rulfo posa cansinamente para el fotógrafo Ernest Vila. Mas tarde, en el hall del hotel, pide dos cafetitos y me escruta con mirada gatuna, un mucho lánguida, deslizante.

-Creo, mi amigo, que la base de mi obra Pedro Páramo es el deseo de reflejar la existencia del caciquismo tan arraigado aún en mi tierra. Pero no se trata de mostrar la vida de un cacique cualquiera, sino las causas que motivaron el abandono de tantas regiones mexicanas. Hay quien dice, por decir, que el caciquismo es un problema rebasado, pero no lo crea, nada de eso, porque cada día se da en mayor medida. Sí, en la obra todo es más o menos simbólico; lo es el nombre y apellido del personaje que encabeza la obra: Pedro, de piedra, y Páramo, de terreno convertido en erial. Y símbolos son también las nominaciones de los pueblos, de las personas. El pueblo se llama Comala, nombre que se da en México a una rueda de barro, o también puede ser de hierro, que se coloca sobre las brasas y sirve para calentar las tortillas o la carne de cerdo. Sale un personaje llamado Diada, que significa la Virgen, Diada María es la Virgen María, vocablos de origen ora que se usan como formas corrientes en muchas partes del país y todos los mexicanos los entienden. Pero usted que conoce bien la obra es posible que la considere plenamente simbólica, cuando la verdad es que no pretende serlo, no. Es solo la historia de un pueblo muerto, visto por el mismo pueblo. Para hacerlo hablar me era preciso que los personajes estuviesen igualmente muertos y por eso el tiempo no transcurre en el espacio, usted lo habrá observado, detenido, como si tan solo existiera suspendido de la atmósfera.

El señor Juan Rulfo es estrecho de carnes, de estatura recortada, tiene las manos huesudas y los dedos son antenas táctiles que renuevan constantemente los cigarrillos con boquilla y ovalados, de un tabaco seminegro, aromatizado, que en el paladar conserva cierto regusto de las brisas de Virginia. El rostro es enteco, lacias y bulbosas las mejillas, la piel curtida por inextricables soles dolientes, los ojos de murciélago que se clavan en persona u objeto y lo desmenuzan en implacable análisis, aunque de vez en cuando se refugien solapadamente tras el biombo de los párpados y uno se sienta aliviado creyendo que, por unos instantes siquiera, ha logrado zafarse de la emponzoñadura del dardo. El cabello ondulado, entre grisáceo y negro desteñido. La fisonomía toda de Juan Rulfo me recuerda la de un actor alemán de los años cincuenta, envarado, frío, contenido de expresión, que se llamaba Dieter Borsche.

-No, yo en tanto que autor, no intervengo para nada en la obra. Siempre es el pueblo quien habla, sus habitantes convertidos en personajes. Fíjese en la comparanza: viene a ser como si el autor hubiera decidido transformarse en árbol para contemplar la vida desde su perspectiva de encarnación vegetal y luego, simplemente, contara lo que ha visto. ¿Entiende el sentido de la figura? Ahora, la idea del libro estuvo concebida en cierto recuerdo de la infancia, la única época realmente feliz del hombre. Bueno, yo conocí este pueblo que en la obra llamo Comala; fue allá donde nací y viví la infancia, y en aquella época gozaba de gran prosperidad y a mí se me puso la idea de describir la historia de una muerta que ya enterrada contaba su vida, pero me faltaba la clave para unir la historia del pueblo con la del cadáver sepulto. Usted se fija que los personajes de Pedro Páramo carecen de rostro y, en algunos casos, hasta de sentimientos. Esto tiene una razón. Borges dice que cuanto más primitivo es un pueblo, menos siente el dolor y es menor su capacidad de experimentar sentimientos. Ahí se trata de un pueblo que siente, pero muy en rudimentario, porque sus sentimientos han sido materialmente engarruñados por el esfuerzo de sobrevivir. Sepa que para el mexicano la vida y la muerte son símbolos y, muy al contrario de los norteamericanos, que sienten pavor hacia la muerte o tratan por todos los medios de ocultar su presencia, el pueblo mexicano no se siente traumatizado en absoluto por el misterio de su destino. Según los aztecas, los muertos viajaban al infierno, se ignora qué clase de infierno era el suyo, pero aquello constituía su gloria, y con ello daban a entender que en vida el cielo y el infierno se hallan en uno mismo, una concepción esa que late aún en nosotros. En realidad, los personajes de mi obra no son sino almas en pena, fruto de la mezcla de catolicismo y de concepciones aborígenes, que dan por resultado una especie de sincretismo inidentificable. Bueno, pues la clave que con tanto afán buscaba me salió al paso cuando, treinta años después de haber salido del pueblo, regresé a él en busca de mi infancia perdida allá y lo encontré abandonado, totalmente abandonado, las calles desiertas, las viviendas deshabitadas, invadido todo por el polvo y la soledad más espantosa. A alguien se le había ocurrido la peregrina idea del sembrar en las calles una especie de árboles que se llaman casoaricas. Yo pasé una noche allí, solo, temblando. Las casoaricas son muy parecidas a los pinos, solo que sus ramas son más largas y las hojitas muy compactas no sisean con el susurro tan característico del pino, sino que gimen cuando sopla el ventarrón. Escuchar aquellos gemidos lastimeros en la soledad de lo que había sido mi pueblo, un pueblo que dejé próspero y recuperé gimiente, como si fuesen las piedras, las calles, las almas de los habitantes enterrados o huidos quienes expresaran su dolor en sollozos, me impresionó tanto, que de aquella estancia mía imborrable nació Pedro Páramo.

Se expresa siseante, sin alzar apenas la voz, con la suavidad del acento que ayuda a deslizar las palabras por la lisa superficie de una vertiente nevada. Habla con los labios prietos, y, cuando aflora un breve destello de su humor, una pizca sarcástico, solo es posible advertirlo por el fulgor acuoso de los ojos y por la mueca que le distorsiona los labios, torciéndolos ligeramente para que la voz, un punto grave, una vez ha coronado la ascensión de la laringe, se cuele por entre los incisivos y los molares y gane la libertad con un jadeo de satisfacción. Me seduce oírle referirse a la cultura y las creencias de los aztecas que conoce a fondo, hablarme de los dioses Quetzalcóatl o Huitzilopochtli, sus peculiares apreciaciones sobre la vida y la muerte, mientras consumimos dos nuevos cafetitos -no prueba el alcohol, ni una gota olida a distancia- y nos aguardan sobre la mesa una botella de Coca-Cola para él y otra de agua mineral para mí, y suena una melodía dulzona en los violines de Mantovani y de Paul Mauriat.

-Pues sí, tengo más escrito, como dieciocho relatos, y estuve trabajando un tiempo en una novela bastante larga que se llamaba La cordillera, pero nunca la terminé. Mi trabajo en el Instituto Nacional Indigenista me obliga a leer muchas obras de antropología social, originales sobre todo norteamericanos, que, una vez mandados a traducir, hay que rehacer, corregir el estilo y editarlos, y eso me fatiga demasiado para después atender mi propia obra. Cuando está uno al frente de una familia que come todos los días y los hijos estudian carreras complicadísimas, que cuestan montones de pesos, es dificilísimo dedicarse con la tranquilidad necesaria a una obra de creación. Ya sé que mis obras se reeditan año tras año, y que los últimos tirajes son de cincuenta mil ejemplares, ¡qué barbaridad!, pero ¿quiere que le diga lo que de verdad pienso? Yo no sé quién lee los libros, mis obras. ¿La juventud? ¡Pse! No lo acabo de ver. Mire, en México vivimos tiempos de enorme confusión literaria. Desde que nos alcanzó la moda del nouveau roman, los jóvenes creyeron que lo único válido era escribir sobre los objetos de una plaza, el hueco de una ventana, lo que había al otro lado del dintel de esa ventana, en la habitación, sobre una mesa, en la pared, y así, cosas por el estilo. Llegaron a decir que la novela que no fuese urbana y el empleo de la imaginación eran sinónimos del folklore. Habría que indagar qué entienden por folklore. No se daban cuenta de que la novela-del-objeto era un círculo vicioso que comenzaba y acababa en sí misma, sin posibilidad alguna de trascender. Pues bueno, el sarampión no se ha extinguido aún y encima no creo que lea más del quince por ciento de la población. ¿Para quién escribe uno? Yo no lo sé, nunca he logrado averiguarlo. El que las ediciones de mis libros se agoten una y otra vez es algo que no consigo explicarme.

Se le acentúa la mueca de fatiga que le atornilla los rebordes de los ojos y las comisuras de los labios. Dibuja el inicio de una sonrisa aguada. Me dice que hay quien ha publicado quince libros en doce años, pero que eso es hacer el juego al engranaje consumista y que no le ve utilidad. Es preferible no escribir, guardarse uno mismo entre bolas de nafta en una bolsa de plástico, como las prendas de temporada.

-Mire, yo creo que la democracia no existe en América. Eso es lo que opino. Por un lado están los gobiernos militares, por el otro los gobiernos civiles de características centralistas. Es poca la diferencia que separa unos de otros. Todos coinciden en juzgar a los intelectuales como tipos peligrosos, porque la mayoría de los intelectuales son y se declaran de izquierdas. Esa condición los enfrenta con todos los regímenes, cualesquiera que sean la coloración y los matices. Entonces, si el intelectual pretende decir lo que siente y busca su auditorio en los lectores de los periódicos, a poco que se pase lo callan y en paz. En México se acostumbra a deportarlos, como se hace con los enemigos peligrosos o con los indeseables. A José Revuelta lo tienen encarcelado desde hace mucho tiempo. Para liberarlo le imponen la condición de que se marche del país, pero, como él se niega, sigue en prisión. Otros que estaban con él y no diré los nombres, aceptaron la oferta y están fuera. Sí, tiene usted mucha razón, me siento profundamente fatigado. No se puede estar indiferente hacia todo lo que sucede alrededor de uno, pero, cuando no se puede hacer nada, no puede uno doblegarse, pero tampoco enfrentarse sin la menor posibilidad de éxito. Así es como quedas anulado, sumido en lo profundo de un pozo sin galerías y sin fondo. Mire, en México circulan todos los libros, absolutamente todos; nadie los intercepta porque, como el libro se considera vehículo de minorías, al poder no se le ocurre que pueda causar ningún daño, pero a la obra de Carlos Fuentes que ven ustedes en Barcelona, El tuerto es rey, la censura no le daría la visa para que fuese representada en México, porque, según criterio oficial, la representación visual sí entraña peligro y es preciso controlarla. ¿Cuba? Los escritores mexicanos teníamos enorme simpatía por la Revolución cubana, porque creímos que podía aportar la solución que reclamaban los problemas del continente, pero ahora ya no es lo mismo, ya no nos es posible confiar, y hace poco escribimos una carta de protesta a Fidel Castro por el lamentable affaire del poeta Heberto Padilla y los intelectuales cubanos. La Revolución cubana no es ya lo que fue ni lo que prometió ser. En cambio, Chile está viviendo ahora la experiencia más bonita de Latinoamérica. Allende es un gran tipo que tiene la suerte de gobernar un país muy politizado. Ese marchar hacia el socialismo a través de un movimiento auténticamente democrático no seria posible en ninguna otra parte, se lo puedo asegurar. Chile es el privilegiado de América. Y quizá el otro país que por sus condiciones podría seguirle los pasos, si la experiencia resulta, sería Uruguay. Pero, hoy por hoy, ningún otro. Ya ve cómo estamos, y si hay o no razones para que me sienta cansado y anulado para proseguir la creación de una obra que ni llego siquiera a considerar útil. Es posible, sí, que acabe La cordillera. Pero no sé cómo, ni cuándo. Algún día será. Le pasaré el aviso. Cuando sea y me sienta tranquilo y con ganas de crear la obra que uno, que es lector insaciable, a veces siente deseos de leer porque busca que sea nueva y le diga lo que nunca le han dicho, y como una obra así no la escribe nadie, entonces no queda más alternativa que escribírsela uno mismo. Prometo notificárselo cuando ocurra.

Hay acidez en dosis considerables, corrosión en la fatiga visceral de este hombre que gesticula con movimientos como desmayados, lacios. Se diría que no es de ahora, que hace tiempo que, por las causas que fueren, decidió abandonar la partida y replegarse. Su aspecto no responde a la imagen tipificada del gladiador. Pero sí hay fuerza en sus palabras, decisión y desdén en la mueca de los labios prietos, en los dientes a veces encajados, como si ahogara el torrente de rabia o de impotencia que le invade el cuerpo y hasta la cabeza. De pie, a mi lado, recuerda el tronco ligeramente inclinado de una casoarica doblada por la ventisca que le arranca gemidos de silencio. Queda a mi espalda, solitario, breve aunque no indefenso, apenas la silueta recortada en el efecto engañoso del contraluz. Más tarde, releyendo con renovado placer su Pedro Páramo, la imagen constante, etérea del autor me impele casi con violencia a reproducir el último párrafo de la narración: «Se apoyó (Pedro Páramo) en los brazos de Damiana Cisneros e intentó de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó; suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras».

Destino, n.° 1.756,
29 de mayo de 1971

http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/2717/Voces_del_boom

Robert Saladrigas Riera trabaja para el diario La Vanguardia y como guionista para Televisión Española en Cataluña. Ha publicado más de veinte títulos, en catalán y español, en diversos géneros (narrativa breve, novela, guion, libro de viajes, ensayo). Su obra ha sido traducida al portugués y del catalán al español.

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