Más de caló y modismos

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Hace mucho no participo en mesas redondas ni en presentaciones de libros; recientemente me pidieron que asistiera a un homenaje a Ediciones Era, y acepté porque a la editorial le debo muchísimo; pero por dos motivos era imposible mi presencia física; una de esas razones, una visita de Nahúm; mandé un texto que, me dijo Elena Enríquez, fue más que bien recibido.
Hace un par de semanas Jorge García-Robles me invitó a que presentara su Diccionario de modismos mexicanos, el martes 17, en la sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, junto a Alberto Vargas, a quien no conocía, y a Guillermo Samperio, uno de los narradores más leídos de mi generación, aunque parece mucho mayor que los de mi generación. No eran los otros presentadores un factor para aceptar o rechazar, sino que prácticamente sustituiría a Miguel Capistrán, un investigador al que respeto muchísimo, y a quien aprecio aunque hace demasiados años no lo veo. Otra razón fue que el libro me interesaba por su carácter, por la calidad del autor, y porque no me une a él una larga amistad: somos amigos aunque no nos conocemos y nos habíamos visto una sola vez; sin embargo tenemos un amigo en común, Salvador González, quien nos puso en contacto. Así, no había otro interés que el literario.
Pero estuvo lleno de incidentes; uno fue la descortesía de los empleadillos de Bellas Artes y del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes; aunque Capistrán renunció a presentar el libro más de dos semanas antes, nunca cambiaron el anuncio, no modificaron el boletín que mandaron a los periódicos, y cuando llegué a la sala Ponce (aunque dos guaruras intentaron que no entrara), los organizadores no sabían de mi presencia, no me habían puesto rótulo, faltaba silla para mí, y no me entregaron el reconocimiento por la participación. Peor aún: los diarios y las agencias no mandaron reporteros y se limitaron a reproducir el torpísimo boletín de prensa donde citaban mal mis palabras y se las atribuían al pobre de Capistrán, que no tenía culpa de mis afirmaciones. Así, se ve la ineptitud de jefes de prensa y de jefes de secciones.
Esos boletines recrean mal la ceremonia: fuimos descorteses y salimos a la mesa con cerca de 20 minutos de descortesía para los asistentes, por mera coquetería de ver llena la sala; confieso que no hice mucho por convencer a los participantes de la grosería para quienes habían llegado a tiempo.

El cronista Alberto Vargas leyó un texto con cierto sabor, aunque me temo que confunde “modismos” con “palabras altisonantes”; después leí el texto que incluí aquí el mismo martes por la noche; Samperio tardó 15 minutos antes de leer, a tropezones y entre carcajadas (de él mismo y de parte de algunos de los asistentes), un texto bastante interesante aunque también malinterpreta lo que significan los modismos: para él es un lenguaje cifrado, oculto, de minorías al que sólo tienen acceso los privilegiados como él, que pueden entenderlo. Después se desbocó atacando a la Academia y después a El Colegio Nacional; a la primera por ser la Academia y al segundo no supe por qué, porque no sabe a qué se dedica, lo califica de nido de mafiosos “por los premios que otorga”; lo adornó con una anécdota, pero afirmó que el protagonista fue Adolfo Castañón, quien no es miembro de la institución.
Cerró Jorge García-Robles con el texto más interesante de la jornada, al dar contexto histórico, político y social a los modismos; explica que a lo largo de los años las costumbres se relajan, la ropa se hace más cómoda, libre y erótica; luego se lamentó de que la Real Academia no acepte las malas palabras ni los modismos ni haga cambios necesarísimos, como la supresión de la “h”, de la “y”, comparó al español pobre con el italiano riquísimo porque ellos sí eliminaron la “h” a pesar de que su idioma viene del latín; se debe a que los académicos no ejercen su autoridad, aunque a veces sí, como en la supresión reciente de los monosílabos acentuados y de la supresión de la “b” en “oscuro” y las mayúsculas acentuadas. Dos veces los llamó “pasivos”.
Por desgracia, los retrasos impidieron una réplica, que hago por este medio: no respeto a la Academia, aunque sí a alguno de los académicos, tanto de España como de las academias latinoamericanas; creo que se sigue cometiendo el error de incluir a escritores en vez de a filólogos, científicos, pedagogos, que agiliten la modernización del idioma; muchos escritores incluidos ven su nombramiento como un premio y no como una obligación, e incluso hay académicos que ignoran nuestro idioma: hay quien no sabe ni conjugar ciertos verbos, otros que cometen solecismos, redundancias y barbaridades al escribir. Pero la afirmación de que la Academia no ha modificado una coma o un punto del diccionario es ignorar lo que se ha hecho en últimos tiempos, con correcciones, agregados, añadidos, modificaciones, y muchos vocablos que han entrado al Diccionario; no siempre los cambios han sido acertados; falta mucho, pero no hay la apatía que reinó en otros tiempos, más por la altanería de la Academia española, egocentrista y altanera, que no permitía correcciones ni enmiendas.
Esa intolerancia provocó una inmovilidad que fue muy criticada por muchos; en México se distinguió Raúl Prieto Riodelaloza, que con su nombre o con su más conocido seudónimo de Nikito Nipongo, señaló errores, equívocos, mentiras y ridiculeces en numerosas ediciones del Diccionario; a veces exageró pues atacó a las personas más que a los académicos, se burló de quienes aceptaron el cargo en la Academia, y se contradijo: lo mismo la atacó por ser poco flexible que por ser muy flexible.
No fue el único en señalar errores, pero sí el más popular. Los muchos críticos forzaron, sin que lo reconocieran, a que la Academia no sólo corrigiera algunos errores; por ejemplo, la famosa definición de “día”: tiempo en que el sol tarda en dar vuelta a la Tierra, por “tiempo en que el Sol está sobre el horizonte”; también atemperaron muchas definiciones políticas (no hay que olvidar la sumisión de la Academia, que en su edición primera después de la Guerra Civil Española, puso en el lomo: “1939, año de la gloriosa victoria”; eso solo sirve para no confiar en la Academia ni en los académicos; pero en España ya no están los franquistas en la Academia –aunque ahi vienen, ahi vienen de nuevo– y muchos de los nuevos miembros han sido progresistas, gente de izquierda y son favorables a los cambios), aceptaron palabras que debieran estar en sus páginas, dieron cabida a modismos, regionalismos, y hasta errores repetidos por la ignorancia de las publicaciones periódicas poderosas por sus ingresos o por el número de sus lectores.
Difiero de Jorge García-Robles en que la Academia no acepta cambios; en 1956, luego de un congreso (en Madrid) en que participaron académicos de todo el mundo de habla hispana hicieron una cantidad de modificaciones que muchos se negaron a aceptar entonces, pero que a lo largo del tiempo adaptamos todos: las mayúsculas acentuadas, la supresión de letras inútiles o que tienden a no pronunciarse (como la “b” de obscuro), y los monosílabos sin pronunciación tónica, aunque hicieron diferencias; se acentúan los pronombres personales, no los posesivos; se acentúan las afirmaciones, no las condicionales.
García-Robles pide, como García Márquez, que se elimine la “h” que consideran inútil; sólo que García Márquez lo pide para disculpar su pésima ortografía, de la que hace gala en su portentosa autobiografía (donde relata que las cartas que le escribía a su madre, ésta las contestaba, pero le regresaba las suyas corregidas); no sé cuál sea el pretexto de García-Robles; no puedo admitir que sea su mala ortografía, y espero que no sea cierto lo que dijo, que el español debe escribirse como se habla, o sea una ortografía fonética, como la quieren algunos gramáticos: reducir a una letra los sonidos diferentes de la s, la c y la z; dejar la g para los sonidos suaves y la j para los fuertes (con más gracia, Juan Ramón Jiménez alegaba lo mismo: cuando un corrector señaló “ojo: reloj”, él contestó: “oído: reló”); de ser así, habría que eliminar letras que no pronunciamos, como la “d” al principio o al final de muchas palabras, la “j” de reloj (gracias al subcomandante Marcos no hay que suprimir la i de Chiapas, pero por su culpa ahora se pronuncia Chiiiiaapas y chiiiaapanecos).
El idioma no se reduce al significado de las palabras, sino a su correcta utilización; las más recientes propuestas de la Academia, que por fortuna no siguen ni los académicos españoles bien pensantes, parecen hacer más cómoda la escritura; ante la ineptitud de muchos que no saben conjugar o acentuar muchas palabras, la Academia concede que se simplifique: muchos nos detenemos a pensar si debe acentuarse “aquel”, “este” y otras palabras similares. Para evitarlo, “podemos” no acentuarlos, y que se chinguen los lectores.
Al lector le toca adivinar si Jorge García-Robles se refiere a una conjugación de haber o a una institutriz cuando escriba “aya”; pero él no alegó motivos etimológicos ni históricos, sino de comodidad. En otros idiomas hay diferentes sonidos para cada letra, y en cambio en español para muy pocas, por lo que éstas, las letras conflictivas, deberían de eliminarse o simplificarse.
Sin embargo, ¿qué pasaría si desecháramos la y? ¿Cómo sabríamos cuándo la i es vocal y cuándo consonante, que es básicamente la diferencia, aunque en apariencia suenen igual? Un ejemplo: destruia, ¿sería destruía o destruya?
Las letras en español no son únicas: la palabra celeste tiene en apariencia una sola vocal, puesta tres veces; pero basta con pronunciarla para ver que en cada caso la e es diferente.

Veamos brevemente el caso de los diccionarios; en la mesa coincidimos en que a los escritores le gustan los diccionarios, pero parece que no los conocemos, por la insistencia de los ponentes de que la Academia debería incluir las palabras altisonantes, muchas de las cuales están en el diccionario preparado por Jorge García-Robles; pero sí están. En las escuelas, cuando los maestros piden diccionarios, los alumnos las buscan, excitados; sólo encuentran “macho cabrío”, que no suena a grosería; otra acepción de esa palabra es la del marido que consiente el adulterio de su esposa, cosa que los alumnos de primaria no alcanzan a comprender (quién sabe ahora: están muy desarrolladitos en temas escabrosos); para Vargas, esa calificación la adopta mejor la palabra “güey”, pero todo mundo sabe que güey es sinónimo de tonto, no de cornudo consciente que consiente.
Un diccionario académico, que pretende fijar, pulir y dar esplendor, no puede aceptar a la primera una palabra que probablemente no tenga durabilidad, como fue el caso de “chiro”, que duró unos cuantos meses; o que tiene un significado en una región, y otro distinto en otra, aunque compartan básicamente el mismo idioma. Para eso son los diccionarios de caló y de modismos, que tan mojigatos nos han salido.
Se queja Jorge de la poca sensibilidad de los académicos para notar los cambios, y su nula autoridad para hacer un idioma más cómodo y más sencillo. Las críticas, como decía al principio, escaldaron a los académicos y le soplan hasta al jocoque; las últimas versiones del Diccionario de la Academia no son normativas, se acercan más a un diccionario de uso, no tan directo como los de Moliner (de uso, pero para escritores y editores, no para el habla cotidiana) o el reciente (más o menos) de Seco, que tiene la virtud de explorar más allá de las fronteras españolas, pero que tampoco es muy extenso. Una simple comparación entre la edición de 1970 y la de 2002 asombraría a quienes afirman que no hay cambios ni nuevas acepciones; lo malo es que verá que no siempre son adecuados ni acertados, y responden a exigencias sociales o políticas; mucho me temo que si algún académico tomara en serio la petición de García-Robles, propondría que eliminemos la “h” que muchos creen que no pronuncian; sólo entonces verían la falta que hace.

Queda pendiente el comentario sobre los académicos que sólo cobran sin aportar nada, y los premios que da El Colegio Nacional, ambas afirmaciones de Guillermo Samperio; también sobre la comodidad y lo erótico de las ropas actuales, y de otras costumbres; lo dejo para la siguiente entrega, y algún otro detalle. No puedo terminar sin rectificar mi afirmación sobre el Índice de mexicanismos, que es mucho más que un refranero; quise decir que su mejor parte es el refranero, no por ser un refranero sino porque enseña a usar los modismos y el lenguaje cifrado de una manera inteligente y graciosa.

En la edición mexicana del (self)Play, boy, que muestra qué tan vieja puede ser una joven como Lindsay Lohan (por el uso, diría el personaje de una novela mía), en entrevista a la ex miss, Lupita Jones, se afirma que Pablo Neruda escribió unos versos de Rubén Darío: “Juventud, divino tesoro”. Órale.

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