De modismos y caló

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Para empezar, declaro que este libro me cuachalanga; pero debo explicarme; admiro a los escritores que dominan el lenguaje coloquial que no siempre, o casi nunca, se somete al mundo de las reglas que pretende dominar la Academia, entre otras cosas porque el lenguaje es vivo, se modifica con una frecuencia que no siempre pueden seguir los filólogos, y que los académicos se niegan a registrar mientras una palabra no siente plaza, quede establecida debidamente y que la entiendan todos. (Véase Perspectivas mexicanas desde París, entrevista de James R. Fortson a Carlos Fuentes, en 1974.)
(Claro, la Academia se equivoca con una frecuencia sospechosa: no registra chido, pero aceptó presupuestar, que en el lenguaje cotidiano sustituía a presuponer, y eso indicaba sumisión al mundo político-administrativo; pero apenas entró a su tumbaburros los políticos dejaron de usar ese término. Y a propósito de chido, éste sustituyó al muy efímero chiro, que duró menos de lo que dice Jorge, y que a su vez sustituía a chicho; no es que hayan desaparecido, sirven para establecer la edad de quien los dice; los que vivieron su plenitud en los años treinta a cincuenta se identifican con la definición “el muchacho chicho de la película gacha”, y allí vemos el extraño caso de la supervivencia de los modismos: ya pocos dicen chicho, pero nadie necesita que le expliquen el significado de gacho; también me sirve para disentir, porque Jorge dice que chicho es valiente y arrojado, pero también significa chido, lo que no es necesario explicar, pese a que las nuevas generaciones tienden más a decir de pelos.)
Admiro, decía, a los escritores que dominan el lenguaje coloquial; hay quienes no lo dominan, ni lo pretenden; por ejemplo, la escena de la mudanza en El gato, no el cuento sino la novela de Juan García Ponce, en que uno de los cargadores, al dar por terminada su labor, exclama: “¿Ora sí listo, señora? Hasta la próxima mudanza, entonces. Sale”, que se sale de tono con la narración, y nadie dice eso. José Agustín, en cambio, puede hacer toda una novela a base de modismos, e incluso adelantarse a los vocablos de moda, sin que suene artificial, falso o impostado, ni es necesario recurrir a un diccionario para entender la trama. Lo mismo sucede con Carlos Fuentes, quien hace convivir a personajes de diferentes estratos socioeconómicos y hacerlos hablar con un lenguaje propio de su estrato, sin que haya malos entendidos. Fuentes ha declarado varias veces su pasión por el lenguaje vivo, cambiante, frente al anquilosado que se perpetúa en el tumbaburros de la Academia.
Muchos escritores intercalan palabras propias del caló, o expresiones coloquiales, como contrapunto del lenguaje aparentemente correcto, y logran efectos espléndidos; pero las novelas verosímiles son las que se narran con el lenguaje que utilizamos en la cotidianeidad, en la intimidad, en la sobremesa, en la cantina; muchas veces el uso cotidiano de una palabra contradice su definición en el tumbaburros: en una ocasión, comiendo con Jorge De’Angeli en un restaurante de lujo, se nos antojó fumar; él iba a hacerlo por primera vez; por ello no se me había ocurrido llevar cigarros porque a él, hasta entonces, le molestaba que alguien fumara delante suyo, en comidas; llamó al dueño del restaurante, Luis Marcet, quien llamó a uno de sus chalanes y le ordenó: “pepénate dos cigarros”; en el DRAE, pepenar es recoger algo del suelo, pero también, sorpréndanse, es reprobar a un alumno; más aún, el DRAE ordena que en México se le dé la acepción de robar. Luis Marcet no le ordenó que buscara entre los ceniceros, o en el suelo del restaurante, dos colillas (mucho menos a dos ayudantes del conductor que transporta el pulque, que es la definición que da Jorge a colilla, lo que mucho me sorprende), ni mucho menos que robara dos cigarrillos, sino que los consiguiera. ¿Para qué sirve un diccionario si ninguna de sus definiciones nos ayuda a entender una plática común y corriente? Si en una novela el dueño de un restaurante le pide a un ayudante que pepene un cigarro, el lector entiende que el mesero debe buscar quién le obsequie uno, sea un comensal (de confianza, desde luego), otro mesero, uno de los pinches, o el cajero, ya verá quién; nadie entenderá que se lo robe, que lo busque en el suelo o entre los desechos, ni que para ello repruebe a un alumno.
(A propósito, en el mundo antiguo los cocineros tenían dos ayudantes: el que pinchaba la carne y el que la picaba; pese a su inferioridad laboral, tuvo fortuna filológica el segundo, que pasa a la cultura con el prestigio de pícaro, o alburero; el primero, en cambio, tiene la desgracia de representar la pobreza, la mediocridad, lo pinche.)

¿El lenguaje cotidiano requiere de un diccionario? ¿Lo que hizo Jorge García-Robles es un mero deleite personal que comparte con sus lectores, entre los que me cuento –así como me cuento entre sus amigos aunque hoy es la tercera vez que lo veo, pese a que antes hayamos intercambiado lecturas gracias a la generosidad de Salvador González? ¿Es un placer de filólogo el registrar cada giro lingüístico, cada invento verbal, cada uso diferente que le dan los escritores que se acercan al idioma que se habla en las calles y que a veces es distinto al que se registra en tareas académicas? ¿Es necesario uno más, entre los no demasiados que han aparecido desde el vocabulario incluido en la segunda edición de El periquillo sarniento –porque muchos lectores de la primera no entendieron alguno de esos modismos?
En la reunión de académicos de Zacatecas –donde Gabriel García Márquez pedía solidaridad para con su desorden ortográfico— la Academia Mexicana de la Lengua publicó un registro de mexicanismos, que era más bien un refranero, y que incluía un disquete ahora ya inservible con frases, palabras, dichos y refranes, pero se reconocía incompleto; apareció después publicado por el Fondo de Cultura Económica, sin disquete, pero uno se pierde en diccionarios y refraneros, además de que éstos son contradictorios y nadie puede regir su vida por ellos, pues lo mismo aconsejan dejarse llevar por los instintos, que reflexionar antes que caer en lo más bajo de ellos: lo mismo “Mujer que tiene buena pierna y buen andar, merece ser reina y su marido general”, que “busca a la mujer por lo que valga, no sólo por…”, lo que Jorge llama tepanjuanas, la zona del aguayón, las tambochas (aunque ésta Jorge no la recoge; perdón, no la registra, pero la reconocen los lectores de Gabriel Vargas), la zona de las inyecciones, las almohaditas (según la acepción que da Benny Moré en La engañadora), o como recordaba Carlos Fuentes que se decía a principios del siglo XX, “con las que me siento” y que también incluye Ángeles Mastretta en su lamentablemente inconcluso “Diccionario de mi tía”.
Ha habido algunos intentos por recopilar el lenguaje coloquial; recientemente la Academia Mexicana de la Lengua ha publicado dos diccionarios de mexicanismos que no son mexicanismos (como hot dog) sino modismos y no particularmente mexicanos; a la lista incluida por Jorge habría que añadir algunos trabajos no académicos ni muy rigurosos, como Así habla el mexicano, de Jorge Mejía Prieto, y otros más rigurosos, como el reciente de Héctor Manjarrez que se define como “útil vocabulario”, y algunos españoles, como El lenguaje del hampa, El léxico de la delincuencia, El diccionario de palabras malsonantes, el Diccionario de caló y el Diccionario de germanías, que pese a que son muy localistas, tienen nexos con el lenguaje cotidiano de México (por ejemplo, en uno de ellos entendí un verso muy hermético de Jaime López: “ella empacó su bistec con todo y refrigerador”). Son mejores los de los literatos que los de los filólogos, aunque no tan divertidos; pero recalco que éstos son divertidos por sus fallas, sus carencias y sus errores.
El de Jorge es uno de los mejores que he leído, yo, que soy fanático de los diccionarios, aunque no tengo tantos como Antonio Bolívar y Gabriel Zaid (citados en orden alfabético): combina el rigor del académico y la imaginación del literato; revela que es un buen lector; en la plática más extensa que hemos tenido me confesó que hubiera necesitado dos años más para hacerlo más completo; no abundaré en ello porque ninguno de los existentes es completo, aunque el de Jorge no tiene desperdicio; es decir, no le sobran muchas acepciones ni muchos vocablos, aunque falta “ay chuz”, que ya no está de moda y es políticamente incorrecto: la leí por última vez hace más de diez años, en voz de Ángel Fernández refiriéndose a Fernando Marcos en un texto de Juan Villoro; tampoco “sale y vale”, simplificada como salivali; y ya metidos en gastos, anoto algunas discrepancias: incluye dos tres pero no el arcaísmo dos que tres ni el más actual dos dos, mucho más exacto según la contundencia explicitada por Diego, Pao y Nahúm, mis informantes de lo cotidiano, pues Lourdes y yo tendemos a ver más los libros que la realidad. Tampoco me la ha refutado Marco Pulido, mi informante de lo cotidiano.
Añado otros desacuerdos: las Margaritas, más que las “cortesanas, zorras, tías, fulanas, perendangas, furcias, horizontales, pellejas, pelanduscas, pupilas, maturrangas, heteras, meretrices, cantoneras, calloncas, calientacamas, busconas, bagasas” del siglo XIX, eran el comité de recepción a los green grows del ejército estadounidense que invadió México en 1847, y que tan buena acogida tuvieron en ciertos sectores de la sociedad nacional; y que los polkos, más que oponerse a las medidas anticlericales de Valentín Gómez Farías, se negaban a mocharse con una lana porque el gobierno carecía de recursos para combatir la invasión (acierta al decir que se les llamaba así porque eran buenos pa’l bailongo). (“¡oh, qué desgracia tan fuerte / de los polkos atontados / que pensaban caer parados / y se les trocó la suerte!”; “Un zancudo muy zancudo / promete a las Margaritas / que les ha de dar lo suyo / ahora que queden viuditas”, son dos de las glosas que recopila Vicente T. Mendoza, pero hay más testimonios.) No estoy de acuerdo con su definición de piocha, pero no tengo más argumentos que los testimoniales, no filológicos; le reclamo que en suave y suavena no lo acomplete con “su avena con su arroz”.
En cambio, me informo de muchos vocablos que desconocía (y sigo desconociendo) y, lo mejor, me entero por él del periodo de vigencia de cada palabra, de cada vocablo, de cada modismo; admiro su capacidad de leer cosas tan diferentes, sin prejuicios; envidio alguno de los libros que posee, y que haya salido indemne de esta aventura. Por último, confieso que su libro lo envidio porque hace mucho ambicioné recopilar uno parecido, pero fracasé; me limito a usar modismos y caló más como provocación que como método literario. Envidio su libro, y espero que lo prolongue. Sale y vale.

(Texto leído el martes 17 de enero en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, casi llena; en la mesa estaban el cronista Alberto Vargas, Guillermo Samperio y el autor del libro; las autoridades de Bellas Artes fueron descorteses, y la presentación se prolongó; por ello no pude replicar algunos dichos de Samperio y otros de Jorge García-Robles acerca de la ortografía, la Academia, los diccionarios de uso; ello será motivo de la siguiente entrega.)

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