La mala suerte de Eric Clapton

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Eric Clapton tiene mala suerte; comenzó a tocar en marzo de 1963 con The Rooters, de lo que no quedó ninguna prueba, pero se sabe que el cantante del conjunto era Terry Brenan; el grupo, aparte de Clapton, tenía a Ben Palmer como pianista, y a Tim McGuinness como bajista; éste fue el bajista de Manfred Mann algún tiempo.

Luego de unos cuantos meses Clapton estuvo unas semanas con Casey Jones & The Engineers, donde el cantante era Brian Casser. De allí pasó a uno de los grupos más célebres de los inicios del rock inglés, Yardbirds, donde sustituyó a Top Topham como requinto, desde octubre de 1963 a marzo de 1965; aunque grabó dos discos con el conjunto, no se sintió muy a gusto porque, decía, él quería tocar blues puro y los demás se dejaban seducir por los éxitos instantáneos. Claro, eso lo dijo entonces, pero en la más reciente de sus autobiografías admite que exageró. A Yardbirds no le costó sustituirlo porque adquirieron a Jeff Beck y luego a Jimmy Page, quien también tocaba el bajo; el cantante del conjunto fue Keith Relf, de voz muy ácida y potente; Clapton ni chance tenía de cantar, entretenido como estaba con los solos que comenzaron a hacerlo famoso.
Al saber que andaba sin chamba, lo llamó John Mayall, otro de los célebres a los que se les dice leyenda. Con él no podía tener pretexto, porque Mayall no buscaba el éxito fácil, le gustaba dar oportunidad a los buenos aunque no fueran famosos, y experimentaba mucho. Con Bluesbreaker estuvo poco más de un año, aunque con la interrupción de un par de meses, en que se juntó con The Glands, donde estaba Ben Palmer y donde cantaba un casi desconocido John Bailey.
Con Bluesbaker grabó un disco célebre, con el nombre del conjunto, y donde compartía créditos con Hughie Flint, a la batería, y John McVie, bajista; a veces se les juntaba Jack Bruce, uno de los mejores bajistas de esa época, y de todo el rock. En otro álbum, Primal Solos, grabó en la mitad del disco; en la otra mitad Mick Taylor toca la guitarra.
Y aunque eran más puristas, Clapton al poco tiempo se sintió a disgusto y volvió a separarse: al parecer Mayall era bastante despótico, o berrinchudito, y no le prestaba el micrófono a nadie, excepto a su esposa, y de vez en cuando a algún invitado, siempre que fuera de incógnito o con seudónimo, como Steve Anglo, nada menos que Steve Winwood, en una sola pieza.
Con otro necio, como Jack Bruce, y un baterista no exhibicionista (al principio), Ginger Baker, formó Cream, otro conjunto célebre; hizo un paréntesis para integrar un conjunto que duró tres canciones: Powerhouse, con Bruce, Paul Jones, Pete York y Winwood, que entonces chambeaba como guitarrista, tecladista y voz principal con Spencer Davis; las tres canciones se editaron en un disco misceláneo, llamado What’s a Shakin?.
Cream es uno de los conjuntos indispensables para cualquiera al que le guste la música, y se le llamó supergrupo, porque los tres (cuatro, porque Felix Papalardi tocaba con ellos en todos los conciertos y en varias canciones grabados en estudio, y en alguna pieza Gaorge Harrison tocó guitarra rítmica); en los tres discos en estudio y dos en vivo, logra cantar algunas veces, aunque detrás de Jack Bruce, quien además tocaba el bajo con más velocidad que Clapton el requinto. El más conocido era él, y es a quien presentan en multitud de canciones; es Jack Bruce en realidad la figura principal de Cream, pues son suyas varias de las canciones más famosas, y es el que da tono e intención a todos los álbumes.
Dio la casualidad de que su amigo Winwood no estaba tan a gusto en Traffic, del que era cantante, compositor, guitarrista, pianista, organista y, si era necesario, también bajista; el concepto, sin embargo, tenía más ideas de Jim Capaldi y de Chris Wood, y Dave Mason, que tocaba guitarra, cítara, componía, cantaba, tenía un estilo diferente; y como en las telenovelas, apenas se hablaba con Winwood.
La versión oficial es que Baker se enteró de que Clapton y Winwood iban a formar un nuevo conjunto y se les pegó; en la reciente autobiografía del baterista se insinúa que estaba en el proyecto desde el principio, que no fue ningún arribista, y que nadie lo invitó: él ayudó a integrar Blind Faith, el primero de los conocidos como Súper Banda; grabaron un disco que es célebre, y otras piezas más que daban lugar para otros tres discos, con versiones alternas, jams y ensayos; no en todos participa el cuarto integrante del grupo, Rich Grich.
Clapton era un iluso si pensaba que Winwood se iba a dejar arrebatar la batuta; la historia del conjunto es similar a la cinta que narra las desavenencias de Tommy y Jimmy Dorsey, los excelentes músicos estadounidenses que, aunque se querían mucho, no podían tocar juntos porque eran mandonsitos; en el disco Winwood toca órgano, pero también guitarra, y sostiene duelos bellísimos con Clapton, pero a su altura, no como segundo guitarrista; tres de las seis canciones son suyas, otra de Baker, una de Buddy Hollie, y una más de Clapton, pero ni siquiera ésa logró cantarla: todas las interpreta Winwood; desde luego, hubiera sido iluso que intentara equiparársele, pero que lo opacara como guitarrista debe haberle dolido, tanto, que en la gira (hay un video que lo demuestra) para promover el disco se sentía incómodo, desplazado, y prefería palomear con el conjunto de superestrellas desconocidas que abría los conciertos, Delany and Bonnie (and Friends; lo que pasa es que los friends eran Leon Russell, Jim Gordon, Dave Mason, Rita Coolidge, Carl Radle y Bobby Whitlock; debía conformarse con ser el guitarrista principal, aunque Mason a veces se le adelantara, y otro friend ocasional, George Harrison, no permitía que lo ningunearan).
Terminada la gira terminó la vida de Blind Faith, e integró, con Radle, Whitlock y Gordon, Derek and the Dominos, donde era el amo, con sus asegunes, porque los invitados Harrison y Mason y sobre todo Duane Allman hacían lo que se les pegaba la gana.
Terminó por formar un conjunto que se llamaba Eric Clapton & his Band, donde nadie le ganaba (excepto la excelente Marcy Levi, después solista y después Shakespeare Sister; ah, y tenía que ceder el micrófono a Ivonne Elliman, esposa del productor Robert Stigwood, dueño de la RSO, donde grabó muchos de sus discos).
Uno de sus mejores discos, Slowhand (su apodo entre los cuates), fue calificado por Óscar Sarquiz como el álbum de un guitarrista que canta.

Recientemente ha hecho giras con Jeff Beck (hay algunas piezas en las que tocan juntos, y otras donde además se les une Page), y varias con Steve Winwood; éste ya no es tan competitivo, y sólo en algunas canciones toca la guitarra, prefiere los teclados, donde se combina con Chris Staiton, y permite que cante, aunque, desde luego, sigue cantando sin perder nada de su voz de tenor mientras que Clapton, como Pedro Infante, no tiene registro definido. Creo que Clapton no abandonaba los excelentes conjuuntos donde era el estrella, cuando menos ante el público, porque no correspondían a sus exigencias de calidad, sino porque no lo dejaban cantar.

Una comisión de algo determinó que es obligatorio decir “persona con discapacidad” cuando uno se refiera a un inválido; es más, invalida el término inválido, que según el Diccionario de la Real Academia es una persona que adolece de un defecto físico o mental, congénito o adquirido, que le impide o dificulta alguna de sus actividades; en alguna definición, inválido es quien no se vale por sí mismo, o sea cualquiera que, como yo, y como la mayoría de mis amigos, necesita lentes, anteojos, plantillas, muletas, silla de ruedas; hay diferentes grados de invalidez, como las hay en los delitos o en los pecados: algunos más graves que otros, pero todos requieren ayuda externa. Discapacitado es quien no es capaz, pero le suena mejor a éstos que, además, se sienten autorizados para ordenar, algo que ni siquiera la Real Academia se atreve a hacer, y mejor, porque son muy pocos, incapacitados para manejar el lenguaje y la gramática y la ortografía, que hacen caso a sus muy intrépidas, absurdas e inútiles reglas ortográficas.
Y a propósito de reglas (ortográficas), en un organismo llamado del español emergente, hicieron en una de sus cápsulas radiofónicas la diferenciación entre equidad e igualdad, pero se abstuvieron de indicar que el antónimo de equidad es iniquidad, y de equitativo es inicuo; la mayoría de los diarios y revistas, inclusive culturales, escriben (o mecanografían, o teclean) “inequidad” e “inequitativo”, sin ninguna vergüenza.
Y a propósito de tiranías, los españoles deben estar desconcertados con las acciones de su nuevo presidente: alza de impuestos (que nunca dijo en su campaña que pretendiera hacer), regreso de la prohibición legal de la interrupción del embarazo (cursilería para nombrar el aborto), y la terminación abrupta de la ayuda a la industria editorial. Cierto, Rajoy no lo advirtió, pero era de suponerse que actuaría así. Faulkner tiene razón: “Hay que confiar en los malos: nunca cambian”.

Y a propósito de intolerancia, me escriben unos anónimos, enojados porque dije que Escuela de vagabundos es una cinta muy divertida, con muy buen ritmo, y sensacionales actuaciones pese a lo sobreactuado de Blanca de Castejón, lo arrogante del papel de Infante, y a muchas incongruencias que aparecen en la pantalla, como la tercera mano de Ramón Valdés, a lo injustificado de la más famosa frase del guión (“Qué bueno que vinieron porque si no qué hubiera hecho con tanta comida”, lo que se desmiente cuando se ve a Castejón planeando la cena, y a que no le alcanza para Carl Hillos); a que se ven escenas de pederastia –Infante cuarentón enamorando a la supuesta quinceañera Anabelle Gutiérrez— y de perversión –Gutiérrez consumiendo bebidas alcohólicas). Me encantaría discutir con esos anónimos, pero en su portada no se ven argumentos, sólo opiniones, diatribas y descalificaciones porque no digo que Infante es el mejor actor del mundo; no haberlo dicho me costó la expulsión de un libro que, por decirlo, quedó hecho una birria. Lo que me asombra es que digan que como encontré errores, me aburro y me enfurezco con cualquier película; al contrario, me divierto muchísimo viendo churros; lo dicho, con ellos es imposible hablar.

Hace más de 45 años que no hago propósitos de año nuevo; ahora sí: me propongo dejar que me crezcan los bigotes.

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