Yo lo bailo en un ladrillo / I

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En El gendarme desconocido, Cantinflas, agente 777, saca a bailar a Mapy Cortés (“la mujer sin par”, se la habían presentado, aunque él, viéndola bien, afirma que sí tiene, y qué par), con una frase arrogante, cuando Cortés le pregunta si baila danzón: “Yo lo bailo en un ladrillo y me sobra terraplén”; no es de sus mejores bailes en el cine, tiene otros más lucidores, sobre todo porque el danzón se baila en un ladrillo, y en El gendarme desconocido se mueve demasiado, caderea de más y sin mucho sentido, y se parece más al posterior Resortes que al célebre Cantinflas que sí sabía bailar.

Resortes fue más bien acrobático, y sus movimientos, más adecuados al mambo, pero poco estéticos; más que él, se lucen sus parejas: una Silvia Derbez mostrando audazmente unos insospechados muslos (sobre todo porque en el cine y las telenovelas se le recuerda más por su eficacia lacrimógena) en Baile mi rey (fuera de las escenas de baile, está bastante patético), y una Lilia Prado más sensual, mostrando “las ligas” (que es como lo provoca para que sea su pareja) y una incitante pantaleta negra, al final de Confidencias de un ruletero; pero la mejor escena de baile en una película con Resortes no la protagoniza él, sino Arturo Martínez, Guillermo Hernández, René Barrera: para que no se oigan los gritos destemplados de Resortes, a quien los villanos creen estar intoxicando con gas butano, ponen un disco, el chachachá “Cógele bien el compás” y, de manera distraída, casi natural, comienzan a balancearse al ritmo de la música, sentados; Martínez, villano estelar del cine mexicano, de pie, baila suavecito, moviendo los hombros con mucha cadencia.

Germán Valdés se lució en el cine bailando tanto danzón como chachachá; entre sus mejores piezas están “El bodeguero”, con letra cambiada, en Los tres mosqueteros y medio, rodeado de unas mujeres muy sensuales, en corpiño y liguero, quienes poco antes han bailado un can-can sin bomberos (una de ellas baila encima de una mesa, y el ocupante se asoma bajo la falda para atisbar mejor) (en un excelente western, Destry Rides Again, un actor secundario se asoma al pie de una escalera bajo la falda de Marlene Dietrich, escena audaz para finales de los treinta); baila un mambo junto a una pareja de hombres en medio de una fiesta en El revoltoso; hace trío con su hermano Manuel y con Marga López, combinando ritmos, en Los fantasmas burlones, y sobre todo se revienta unos espléndidos chachachás junto a Yolanda Varela y Ana Bertha Lepe en Lo que le pasó a Sansón. Baila con Rosita Fornés una canción muy pícara (“échale maíz a las maracas pa’ que suenen… Cuidado con Gulliver hermano, cuidado con Gulliver”) y “Piel canela” rodeado de unas cubanas exuberantes (al pasar una de ellas junto a él, coincide con el fragmento que describe del “ancho mar su inmensidad”, y describe, con las manos, la inmensidad de las caderas de la bailarina).
Con su hermano Ramón hace un trío muy movido con Rosita Quintana en Calabacitas tiernas, un swing en el que, en una de las vueltas, Quintana muestra unas pantaletas negras (en la vida real, se supone que las prendas íntimas negras son más incitantes; en el cine, evitaban casi siemprelas prendas blancas).

Los Valdés se distinguieron por sus buenos bailes: Germán, Manuel, Ramón y el Ratón; éste, como figurante en muchísimos bailes, no siempre con Germán, pero varias veces con él. Manuel, más estrella de televisión que de cine, tiene muchos bailes memorables: en Dos fantasmas y una muchacha, su célebre “Médico brujo”, donde da muestras de agilidad y acrobacia asombrosas, pero no distorsionadas; en Dormitorio para señoritas, “La dicha es mucha en la ducha”; uno de sus mejores bailes está en Las viudas del chachachá, al lado de Amalia Aguilar y la Chula Prieto, con el ballet de Ricardo Luna; pese a que ellas bailan bien, sobre todo Aguilar, Valdés se roba la cámara por su manera tan natural y alegre: no pierde ni la concentración ni la sonrisa; pero quien mejor baila en esa película musical, en que la trama es que Prieto y Aguilar se convierten en estrellas de la coreografía, es Andrés Soler, quien a la mitad de una pieza hace uno de los pasos más difíciles de ese ritmo, “el avioncito”: con los brazos extendidos a los lados, se balancea pero apenas moviendo el cuerpo; es fácil caer en la exageración: no don Andrés, aunque poco antes su personaje había declarado que no entendía ese ritmo y hasta renegaba de él.

Los Soler fueron buenos bailarines, sobre todo Andrés y Fernando; éste, en Al son de la marimba, sostiene un divertido duelo con Sara García en una danza chiapaneca; ella, atrevida, deja ver los tobillos al sostener la falda con la punta de los dedos; él se levanta un poco el pantalón; la sonrisa de ambos es picaresca, incluso luego del duelo de bombas entre Sara García y la muy guapa Amanda del Llano. Don Fernando también baila conga en ¡Qué hombre tan simpático!, al lado de una muy traviesa Gloria Marín, quien antes había cantado otra conga, “El apagón”; en “¡Qué hombre tan simpático!” hacen la fila que se mueve con cadencia al ritmo de uno dos y tres, qué paso tan chévere, qué paso tan chévere el de mi conga es, que nadie baila mejor que Bugs Bunny en varias caricaturas, sobre todo en “Un conejo para Bogart”, donde imita a Groucho Marx y, sobre todo, a Carmen Miranda.
Don Andrés baila un fox al lado de las hermanas Dávalos, de la mejor familia de la colonia Juan Polainas, en El Ceniciento, y lo hace tan bien o mejor que Tin Tan.

Ya se sabe que uno de los bailes más célebres de nuestro cine, el de El Peñón de las Ánimas, no lo ejecutaron Jorge Negrete y María Félix, sino una pareja que los dobló, porque ninguno sabía bailar; nadie dobló, en cambio, a Luis Aguilar en El Gallo Giro (su apodo para siempre) bailando charleston con una vitalidad que no volvió a mostrar en ninguna de sus películas como charro antes o después, ni al mostrarse tan tieso como chambelán de Alma Delia Fuentes en ATM.

Nadie dobla a Joaquín Pardavé bailando “Kikus kikus makakikus ecus tecus ecunecos”, con una letra que describe un streap tease cómico pero aterrador, ni bailando mambo en Del charleston al mambo (me temo que, en cambio, sí doblaron a Abel Salazar, y además desperdiciaron a Rosario Gutiérrez que pudo haber hecho una “Llorona loca” más emotiva y sensual que la que bailó allí); si protagonizó Pardavé muchas piezas en plan ridículo, o cuando menos burdo, ni Resortes bailó el mambo mejor que él, con un cadereo que ni muchas de las mujeres pudieron imitarle; cadereo sólo igualado por Enrique Herrera, en el mejor papel de su vida al lado de Gloria Marín en Una mujer que no miente, aunque lo supera Alfredo Varela con unos pasos de “La Bamba” que de seguro vio Chuck Berry para crear su famoso paso de pato que todo rocanrolero ha imitado, y que Varela hizo cuando menos siete años antes.
Buenos bailarines, los villanos: Arturo Martínez, Rodolfo Acosta, Carlos López Moctezuma, Antonio Badú, Carlos Valadez, son mejores bailadores que los héroes, aunque éstos ganen los concursos de baile (Raúl Meraz, el Capitán Cosmos, ganó el Maratón de baile al lado de Elda Peralta, aunque sólo por el chantaje sentimental y por la resistencia, no por su destreza); además, tienen la habilidad de amenazar a la explotada sin dejar de bailar con cadencia y altanería; una de las escenas cumbres del cine mexicano la estelariza Badú, que le canta descaradamente “Hipócrita” a Leticia Palma en las propias narices de Luis Beristáin, mientras la incita sexualmente al pegarle el cuerpo, mientras ella descompone la figura haciendo mohínes; aunque para bailar aventando el cuerpo en plena incitación sexual, nadie mejor que David Silva, correspondido por una entrona Katy Jurado en Hay lugar para… dos; ella se resiste muy poco.

Los estadunidenses bailan con más sentido de lo espectacular, hacen peligrosos malabares, se trepan a las paredes y dan dos o tres pasos en ellas; se equilibran con muñecos de trapo o con dibujos animados; incluso cuando el físico no los favorece, logran pasos impresionantes; de los célebres, el más alto fue Fred Astaire, con 1.75, bajo para los estándares de los gigantones John Wayne, Gary Cooper, James Stewart, Pedro Armendáriz, Stewart Granger, Dean Martin, Clark Gable, que rebasaban con mucho el 1.80 (algunos, pasaban del 1.90), mientras que Gene Kelly, Bing Crosby y Donald O’Connor apenas llegaban al 1.70, la misma estatura de Frank Sinatra, que no sabía bailar pero que bailaba muy bien, o parecía que lo hacía (ellos eran apenas un poco más bajos que Bogart, de 1.73, y un poco más altos que Alan Ladd, de 1.68; pongo esto porque Katy Jurado era más alta que David Silva, pero no se nota en ese “Nereidas” que se revientan); pocos mexicanos han intentado ese baile acrobático del cine estadunidense; y cuando lo hicieron, se veían como eso, como un intento: Corona y Arau; Sergio Corona, sin embargo, fue el mejor alternante de una Silvia Pinal siempre alegre, excitante, incitante, vital (sobre todo en “muchachá”). A cambio de esa carencia, el cine mexicano tuvo siempre bailes y bailarines más eróticos; si Astaire y Rogers ponían el mundo de cabeza, Begoña Palacios, Pinal, Lepe, Varela, hacían que el mundo perdiera la cabeza.

Paul McCartney prefirió pagar altas pensiones, o indemnizaciones, con tal de no someterse a análisis de sangre para ver si había la posibilidad de que varias mujeres hubieran sido preñadas por él; al parecer, John Lennon, que fue muy coscolino, no fue requerido por las autoridades para que respondiera por paternidades no reconocidas; en sus memorias, Billy Wyman confiesa que la grouppie que más le atrajo resultó embarazada en el único encuentro que tuvieron; él se enteró demasiado tarde, y sin remedio, porque la muchacha se cambió de casa, y hasta de ciudad, y él no pudo encontrarla. Las pruebas de sangre quedaron rebasadas por los adelantos científicos, que ayudan a solucionar muchos problemas médicos, a prevenir o cuando menos retardar enfermedades, y en los insulsos programas policiales de la televisión estadounidense, a resolver crímenes, a falta de la inteligencia de los héroes de esas series; en cambio, dejan obsoleta la trama de uno de los cuentos perfectos de Jorge Luis Borges, “Emma Zunz”.

Sigo visitando médicos; se han podido descartar los pronósticos más fastidiosos, y se acerca la recuperación; mientras, me conformo con ver buenos bailes, como el de Laurel & Hardy en su película del Oeste.

Aunque los marcadores en el futbol americano sean cerrados, de pronto hay algunas palizas históricas; hace algunos años Dallas llevaba ventaja de dos o tres anotaciones y quedaba menos de dos minutos de juego cuando interceptaron un pase; Danny White, quien suplía a Roger Staubach, en vez de dejar correr el tiempo lanzó un pase de anotación; el coach Tom Landry lo castigó y en los siguientes juegos lo dejaba sólo como pateador: no hay que abusar de los contrincantes; no sólo hay que ser caballeroso, sino precavido: los malos deseos se revierten.

En 1993 Marcel Sisniega sostuvo unas simultáneas contra 40 intelectuales mexicanos; pocos lograron un triunfo apretado, otros pocos consiguieron empatar; la mayoría, incluso algunos reputados, fueron vapuleados; en muy pocos movimientos despachó a José María Espinasa; un movimiento más tarde Jaime Avilés, el único representante de El Financiero, fue despachado, y Jaime se mostró satisfecho de no ser el primer eliminado; dos movimientos más tarde Daniel Sada recibió el apretón de manos de Sisniega, pero no se sintió nada mal, porque su hijo, entonces de 12 años, siguió representando a la familia Sada; de hecho, Sisniega lo derrotó luego de más de 40 movimientos, y fue a quien felicitó más calurosamente; Sisniega lo veía con satisfacción, porque le dio batalla fiera; más que felicitación, fue un reconocimiento; Daniel estaba tan feliz como si él hubiera ganado. Todavía hace un par de años, en la cafetería de la Rosario Castellanos, recordaba aquella partida, de la que se sentía tan orgulloso como de toda su obra completa. Seguro que hasta sus últimos momentos la seguía recordando, orgulloso de su familia.

Acaba de aparecer el cuarto libro de Diego, Tres caídas; de venta en Solar, Luis Moya 116, por el Metro Balderas o por Salto del Agua; el tema: lucha libre.

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