Era: 50 años de dignidad editorial

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En una entrevista pública que le hicieron a Emilio García Riera, aparecida en la Revista de la Universidad de México (en la que confesó sus bajas pasiones por Paulette Goddard y Leticia Palma –que estaban bien buenas, aseguró), habló de su Historia documental del cine mexicano, y acotó que estaba diseñada por Vicente Rojo, “como Dios manda”; el tiempo le dio la razón; no hay manera de comparar la segunda edición con ésta, elegante, sobria, maravillosamente ilustrada, equilibrada, fácil de leer pese a su gran formato y al número de páginas de cada tomo.

Aunque comencé a leer antes, no fue sino en 1966 en que pude comprar los libros que quería; era inevitable: Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, José Agustín, José Emilio Pacheco. Mi padre se había hecho amigo de Antonio Navarrete, entonces encargado de la Zaplana de San Juan de Letrán, y le daba descuento; podría decir cuáles fueron, y en qué orden; me basta ahora con apuntar que entre ellos estuvieron La noche, de Juan García Ponce; Narda o el verano, de Elizondo; Aura, de Fuentes, y El viento distante, de José Emilio Pacheco.
No fueron los primeros libros de Era que leí; nombro esos cuatro porque, si bien mi Aura es de 1970, hace poco conseguí una primera edición que, salvo que tiene desprendida la cubierta, está intacta; y El viento distante era la segunda edición, pero en 1976 conseguí la primera; las otras son puras primeras ediciones, y excepto Aura, están dedicadas por los autores.
Para no abundar en apuntes autobiográficos, sólo mencionaré algunos de sus libros que, para no usar una frase de moda (“me cambiaron la vida”), diré exclusivamente algunos de los que transformaron mi modo de ver el país, la realidad, la política, la literatura: Marxismo y filosofía, de Karl Korsch; Bajo el volcán, de Malcolm Lowry (la mejor novela mexicana); El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez; El oficio de escritor, excelentes entrevistas con escritores (y muy superior a los tomos sucesivos, por otras editoriales); Los convidados de agosto, de Rosario Castellanos; Didascalias, de Juan Manuel Torres; El otoño recorre las islas, de José Carlos Becerra; Las flores azules, de Queneau; la Fenomenología del relajo, de Jorge Portilla; y no sabría si pudiera deshacerme de casi ninguno de la colección Alacena, de la que tengo casi tres cuartas partes de los títulos publicados, y de ninguno de Cine-Club Era (que tengo creo que todos); no puedo olvidarme que, en esencia, es la editorial de José Emilio Pacheco, y que uno de sus títulos centrales, Las batallas en el desierto, está dedicado para mí. ¿Es necesario recordar que ante lo disperso que fueron las ediciones de José Revueltas, Era tuvo el acierto de publicarlas en una colección muy hermosa? ¿Y que casi la totalidad de la obra de Carlos Monsiváis está en Era, y cuando no, lo pagó muy caro?

Dije que la colección de las obras de Revueltas es muy hermosa; no es pleonasmo, es redundancia; son muchas las cualidades de la editorial; comparte la elegancia del diseño con ciertas etapas de otras editoriales, que vivieron una época de camaradería y leal competencia, prestándose autores, diseñadores, editores y correctores; no es de extrañar que mucha de la elegancia de libros del Fondo de Cultura Económica, de Joaquín Mortiz y de Era tuvieran como coincidencia el equilibro, la bella tipografía, la caja cómoda y legible, y no pocas veces, la audacia; Era sigue conservando esa caja cómoda, el empeño, casi siempre conseguido, por presentar textos pulcros, con tipos que pueden leerse a pesar de su audacia; una tipografía única, diseñada exclusivamente para sus colecciones, que sólo ojos entrenados podían descubrir sus diferencias y sus afinidades, pero todos perciben su belleza.
Así como puede recordarse con admiración la Serie del Volador de Joaquín Mortiz, o su Novelistas Contemporáneos, más delicada y bella que su modelo de Seix-Barral, colección Fomentor, así hay que reconocer la audacia editorial de la colección Alacena, innovadora en tamaño, proporciones, medianiles (esos espacios entre la mancha tipográfica y el corte del papel), la disposición juguetona de los espacios, de las ilustraciones, cuando las había), de las capitulares, de las versalitas al inicio de los textos; y los títulos, audaces también, y ahora asombrosos: la Oración del 9 de febrero y el Anecdotario de Alfonso Reyes; la Breve historia de Coyoacán, de Salvador Novo; los Cuentos y el Teatro pánicos, de un Jodorowsky que al mismo tiempo azoraba y seducía a un público hipnotizado; poesía renovadora, como la de José Carlos Becerra, Isabel Fraire, y Luis Rius; no hay que resaltar que los títulos que enuncié entre los primeros que adquirí pertenecen a esta colección.
Pero no debo olvidar la colección Problemas de México; varios están enfocados a estudiar muchos de los conflictos que se vivieron en el país, y más concretamente en nuestra ciudad, antes de 1968, como las huelgas magisterial y de ferrocarrileros, los políticos; los análisis minuciosos del cardenismo o la historia definitiva del régimen de Miguel Alemán, además de otra que debían releer estudiosos e historiadores, la del minimato, de Medin. Y que la cronología exacta y puntual del Movimiento Estudiantil de 1968 fue la que abrió esta colección, indispensable para entendernos.
Dentro de los estudios mexicanos, no podemos olvidar ni a Fernando Benítez ni a David Brading ni mucho menos a Friedrich Katz, tres autores monumentales de obras indispensables.
¿Cómo no presumir la posesión de libros tan preciados como los Discos visuales, los Topoemas y el libro maleta Octavio Paz / Marcel Duschamp? O el increíble diseño de La palabra mágica, de Augusto Monterroso, en el que cada texto está en diferente papel, sea en textura o en color, logrando un equilibrio perfecto, pero del que todavía no entiendo cómo lo hicieron.

No he hablado de las portadas; son sencillas pero inmejorables; a veces lo consiguen con el puro juego tipográfico; a veces, con un elemento gráfico, resaltado por un color que parece pleno pero que tiene matices; con letras que se desvanecen de manera apenas perceptible; con la repetición de una ilustración; a veces, una ilustración sola, que abarca gran proporción del tamaño, pero con algo que llama la atención, y que no es el tamaño, sino algo inconcluso, o que se sale de la proporción, o que no combina con los demás elementos; y el sello de la casa, presente pero que no distrae, aunque no podemos dejar de observar; o las pantallas que oscurecen a los personajes de una escena cinematográfica, pero que son fácilmente identificables. Ninguna otra editorial de habla hispana intentó siquiera copiar a Era.

Hablemos de las ediciones; dije que El oficio de escritor, de Era, resulta muy superior a otras ediciones o continuaciones; es por la traducción fina y exacta de José Luis González, un escritor mexicano nacido en Puerto Rico (también editado en Era), excelente como él solo; pero además, las fichas de los entrevistados son claras, justas y puntuales, características de las que carecen las ediciones argentinas; y qué decir de las traducciones de Lowry, por Salvador Elizondo y por mi amigo Raúl Ortiz y Ortiz (alguna vez Huberto Batis le reclamó en público a Raúl que hubiera permitido que otros traductores rebajaran los libros de Lowry con traducciones ilegibles, y se llevó un aplauso por su audacia, pero también por lo exacto de su reclamo); y la traducción de Las flores azules, de Jorge Aguilar Mora, muy superior a cualquiera otra versión de Queneau al español, y que hace ver un libro francés, con un lenguaje muy específico y difícil, totalmente natural, rico y experimental.

La novela renovadora, la poesía juguetona, los experimentos de estructura e idomáticos encontraron en Era un espacio similar al de Joaquín Mortiz; la literatura prohibida en la España oscurantista de los sesenta encontró en Era un refugio salvador; porque Era publicó, y publica, libros de marxismo, de socialismo, de comunismo, que no es el del oportunismo, ni de socialistas que se avergonzaron de serlo, pero que fueron clave en el combate al burocratismo, el totalitarismo, y el capitalismo disfrazado de socialismo; y en Era, aunque no únicamente allí, se salvaguardó la dignidad de la España vencida pero no derrotada, y se expuso la crítica a las dictaduras, y se habló de los socialistas que combatían, en dos frentes, dos tiranías sólo diferenciadas por el nombre y por sus dirigentes.
Muchos otros títulos nos dieron la posibilidad de leer literatura cubana, polaca, y de muchas otras partes; y no puedo olvidar libros más tradicionales, igualmente importantes.

Era es sinónimo de etapa, y de una etapa que lleva 50 años enriqueciendo a México, pese a que el mercado editorial ya no es el de la competencia leal; que ha sobrevivido a crisis sociales, económicas, políticas que han hecho dudar a muchos de la sobrevivencia de la sociedad mexicana (y la editorial editó las crónicas en que el país renació gracias a la sociedad civil, un término que prácticamente nació en sus páginas); pero Era son las siglas de sus iniciadores, Espresate, Rojo, Azorín el Terrible (el adjetivo es de Vicente Rojo), y que tienen significados específicos: elegancia, rigor, nivel de exigencia que aterraba a los colaboradores, pero que acogió a los mejores editores, diseñadores, formadores, linotipistas, correctores, ilustradores y autores disponibles; la nómina en todo es gigantesca; es sinónimo de editorial progresista pero no dogmática; política, pero no vocera de resentidos; mexicana pero no patriotera; rigurosa, pero abierta a la crítica. Pertenece a la estirpe de las editoriales que surgieron del Fondo de Cultura Económica, como Mortiz y Siglo XXI, y desde el principio la igualó, si no en número de títulos, sí en calidad y en riqueza.

Termino con otra confesión, que supongo ninguno de los directivos de Era conoce; acababa de cerrar Equipo Creativo, la empresa de Gustavo Sainz donde hacíamos revistas, diseñábamos y corregíamos libros y calendarios cívicos ahora muy apreciados; en Libros Escogidos, de Polo Duarte, un célebre corrector del que nadie me dijo su nombre pero que era conocido como El Mago, me invitó a hacer una prueba de corrector en Era (o en Imprenta Madero, el Mr. Hyde de Era); me dieron a corregir un ensayo de Carlos Monsiváis sobre la novela policial, y la entrevista pública a García Riera, para la Revista de la UNAM; pese a dos o tres descuidos, aprobé el examen, y me conminaron a que me presentara una semana después a trabajar; en el ínter, Sergio Galindo me ofreció lo mismo, pero para Bellas Artes. Nunca llegué a Era, sino años después, a revisar alguna publicación de otra editorial, y me sentí orgulloso porque, al entrar, me saludó efusivo Bernardo Recamier, a quien admiraba pero no conocía; el reconocimiento de alguien de Era me hizo sentir alguien importante del mundo editorial.
Y terminó, ahora sí, con un agradecimiento porque a Era le debo mucho: placer, satisfacción, plenitud, orgullo; muchos de mis mejores días han sido leyendo alguno de sus libros, o mejor, releyéndolos, apreciándolos en todos sus aspectos. Pero por mucho que agradezca, no es suficiente: nos ha dado demasiado.

(Era me invitó a participar en una mesa redonda por sus 50 años de existencia; este texto es el resultado de esa invitación; físicamente no podía asistir; ni mis problemas de salud ni un compromiso no sólo ineludible sino muy satisfactorio, me lo permitían, pero Elena Enríquez prometió leerlo. Ya más en la intimidad, me he enterado después de mucha gente que colaboró en la editorial y por ello me explico mucho de su calidad; no seré más indiscreto que ellos.)

Qué agradable sorpresa la de Jorge Cantú; si como infielder es indeciso, con un rango de alcance menor al promedio y un brazo no siempre seguro; si estuvo en las Mayores, y puede que regrese, nomás que recupere el ritmo que perdió al cambiar de equipo, sólo por su bateo, ha demostrado una inteligencia, una sangre ligera y una facilidad para explicar el juego que ya quisieran para ellos los cronistas televisivos; hace que el espectador entienda mejor el juego, y además sabe anécdotas, historias, y muchas otras cosas que lo hacen divertido, y tan eficaz como lo ha sido en tres o cuatro temporadas con el bat; pero además conoce de otros deportes tanto como de beisbol, y no sólo de deportes; una auténtica revelación.

De carcajada la manera de Tony LaRussa de dirigir un equipo de beisbol; comienzan los rumores, luego de que él perdió el segundo y el cuarto juego: ¿será intencional? Sus explicaciones son inaceptables: que dio la orden correcta y el coach confundió nombres totalmente diferentes; ¿habrá quien no se haya dado cuenta que toda su carrera de manager se ha dedicado a deshacer equipos? Y qué pena lo de Pedro Septién; pero quien piense que es por la edad, también se equivoca: siempre fue así, sólo que antes sabía narrar.

El medio cultural está satisfecho porque por fin quitaron de la presidencia de la Comisión de Cultura de la Asamblea Legislativa a una legisladora que al felicitar a José Emilio Pacheco por uno de los premios con que se honran al otorgárselo, le atribuyó Un tranvía llamado Deseo, que en realidad es de Tennessee Williams; en la página 295 de La hoguera y el viento. José Emilio Pacheco ante la crítica (Difusión Cultural de la UNAM-Era, 1993), de Hugo J. Verani, se lee, en el apartado de Traducciones y adaptaciones, el duodécimo lugar: Williams Tennessee. Un tranvía llamado deseo [A Streetcar Named Desire]. Culiacán: Universidad Autónoma de Sinaloa, [julio], 1983; 2ª ed., [agosto] 1983. Traducción de JEP. Puedo agregar que en la portada está Deseo, no deseo, y que en la página legal se añade que la colección que lo incluye, Lectura para todos, era dirigida por Pacheco y por Carlos Monsiváis, que la versión mexicana está dedicada a Margarita y a Sergio, y que la traducción estuvo a cargo de José Emilio Pacheco. La edición tiene 224 páginas, y otros títulos de la colección fueron Viajes de Gulliver, de Swift; Edipo rey, de Sófocles; Mario y el hipnotizador, de Thomas Mann; Septiembre ardiente y otros cuentos, de Faulkner; Historia del abecenrraje y la hermosa jirafa, de Antonio Villegas; Madre Coraje (Ana “La Valor”), de Bertold Brecht, y El Doble, de Dostoievsky. Posteriormente se añadieron Lluvia, de Somerset Maugham; Don Juan o el convidado de piedra. Mozart y Salieri, de Pushkin; todos llevaban prólogo de Pacheco, algunos en coautoría con Monsiváis; además de a Williams, tradujo a Pushkin y a Maughan, éste bajo el seudónimo de Ricardo Ledezma.
La versión de Puskin está en verso, no recogido aún en las compilaciones de la poesía de Pacheco. También está en verso, adaptado y actualizado, El cerco de Numancia, sólo que editado por Siglo XXI. A nadie se le ocurre atribuírselos a Pacheco, pero no debe ignorarse su labor como traductor.

http://errataspuntocom.blogspot.com/

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