Second verse, same as the first

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Me escribe Humberto Musacchio: en las redacciones de los periódicos que cerraban la edición alrededor de las diez de la noche, ahora se pasan con mucho de la medianoche; las computadoras (u ordenadores) no han ayudado ni a la rapidez, pero tampoco, mucho menos, a la precisión, la pulcritud, la exactitud en el idioma; cada vez hay más erratas, aparte de los dislates, solecismos, barbarismos y neologismos absurdos (parte de este comentario es de mi cosecha). Lamenta parecer reaccionario, pero considera que todo tiempo pasado fue mejor.

Los correctores de los diarios enmendaban planas enteras a escritores prestigiados, que luego presumían de lo bien que redactaban (en un filme reciente, Sarah Michelle Gellar, interpretando a una editora, se queja de que no haya agradecimientos de parte del autor de un libro en el que ella trabajó corrigiendo, enmendando, suprimiendo, aumentando; escena falsa: el trabajo de corrección es anónimo –y debe seguir siendo así–, además de que pocos autores se dan cuenta dónde y qué les corrigieron); los procesadores de palabras, que muchos creen que son programas de edición, tienen un corrector automático que señala de alguna manera cuándo se escribe mal una palabra; aun así, esos correctores automáticos no distinguen cuándo se acentúa aún y cuándo no; cuándo se escribe éste y cuándo este (en la página La Palabra del Día se quejan de que en México no hayamos adoptado, salvo uno que otro despistado, las nuevas reglas ortográficas, para berrinche de unos cuantos académicos hispanizantes); sobre todo, los tecleadores (término muy común en las redacciones de los diarios –y no generalizo “en los diarios” porque en los departamentos administrativos, comerciales, reclusos humanos, y muchas veces en las mismas direcciones, no tienen idea de la redacción) son indiferentes a la lógica del idioma: ¿de dónde y con qué autoridad apareció “localía”, para referirse a la supuesta ventaja de un equipo deportivo al jugar en su ciudad?, ¿a quién se le ocurrió hablar de “precuelas” cuando se refieren a las primeras obras de una saga?, ¿quién dice que los inválidos nos ofendemos cuando hablan de inválidos y preferimos el inválido “discapacitado” que en realidad quiere decir que se es incapaz, y no que necesita algún aparato para valernos por nosotros mismos, como plantillas, anteojos, muletas, aparatos ortopédicos, sillas de ruedas, aparatos para la sordera, o respaldo psicológico para combatir los males somáticos? ¿Qué valida hablar de los adultos mayores, si por necesidad todos los adultos son mayores? Nadie habla de los adultos menores, pero sí de las personas con capacidades diferentes, lo que es también redundante porque todos somos diferentes, aun los imitadores como Dèjá Lu, que es diferente de los modelos a los que copia (¡qué bueno, nos asustaríamos!)

Algunos términos pasan de moda: Abel Quesada se quejó durante años de los “planeadores” y los dibujaba planeando sobre los edificios donde cobraban sin hacer nada; los gobiernos de técnicos pusieron de moda un incómodo “presupuestar”, y lo usaron con tanta seguridad que se coló a las páginas de los diccionarios de la Real Academia de la Lengua Española, en los momentos en que dejaban de usarlo los tecnócratas. Y los que hacían emberrinchar a los buenos correctores con el “enfatizar” ganaron la batalla para entrar al DRAE, precisamente cuando abandonó el lenguaje cotidiano y hasta desapareció de los diarios. En algunos círculos sigue usándose “audicionar”, pero sólo en el medio artístico, que es como abrevian que van a presentar una audición para alguna obra, aunque se lo he oído a varios académicos; y no es que sean términos demasiado feos, pero sí inútiles.

¿Cuándo se puso de moda la “previa cita”? Que usen el término los agentes inmobiliarios es comprensible, pero cuánto y cuánto escritor supuestamente cuidadoso escribe “llegó sin previa cita”, como si no fuera redundante. Más antiguo es “tomó parte activa”, que no es tan ruinosa como la más reciente y más tonta “participa activamente”; es de suponer entonces que hay una contraparte que es participar pasivamente. Y ni qué hablar de “los niños y las niñas” (excepto los que tienen un talento precoz), hasta llegar al increíble “cetáceos y cetáceas”. Sé que desde hace más de 15 años comenzó una moda incomprensible: al hablar de la calidad de invicto de un equipo deportivo, los infalibles y comiquísimos cronistas hablan no de “lo invicto”, de que perdieron “lo invicto”; dicen que perdieron “el invicto”, como si nos importara su intimidad; ¿pero a poco no son disfrutables los cronistas de los Juegos Panamericanos, que sólo saben hablar de futbol, y mal, que cuando reseñan handball o futbol femenil, no pueden evitar hablar de “los jugadores”, del “portero”, pese a que sean muy femeninas las jugadoras; salvajes, rudas y tramposas, pero femeninas.

Los diarios y revistas tienen una excusa inverosímil, pero muy utilizada: el poco tiempo que se tiene para elaborarlos; apenas unas cuantas horas, o unos cuantos días; es más explicable lo descuidado; que ahora abunden esas expresiones es porque ya no existen los correctores de originales, de galeras, los atendedores (los que rememora Musacchio) que aunque leían tres o cuatro veces cada nota, reportaje, entrevista, artículo, terminaban mucho antes que ahora, que se escribe directamente en la computadora, o se envía por correo electrónico, o lo llevan en disco o en USB, y sólo se lee una vez, y eso buscando dedazos. Claro, los periódicos se evitan las reclamaciones de escritores enfurecidos porque le corrigieron una palabra que a él le gusta escribir o separar a la mala; lo malo es que se contagia: no es que esté mal escrito, pero por qué tienen que decir “te vas derecho y al llegar a lo que es la esquina te das vuelta, y llegas a lo que es Reforma”. Abundan las llamadas telefónicas para ofrecer lo que es un nuevo servicio de lo que es una institución bancaria en la que ni siquiera tenemos lo que es una cuenta.

Las transmisiones televisivas de los Juegos Panamericanos revelan terquedad de los espectadores; hace poco David Huerta se quejó de que un cronista menos plano y menos ignorante que otros debió tragarse un regaño de alguien que reclamaba que se refiriera a la gente de color, y de que los meseros se burlan de quien pide un vaso de agua: ¡aguantarse pese a tener la razón es causa suficiente para una leve, fugaz e inservible taquicardia! Alguien reclamó que pronunciaran “hanball” (janbol”) y exigen que se diga “jambal”; los locutores (porque no son cronistas) aguantan el regaño y pronuncian la a, que no utilizan cuando dicen futbol o beisbol o basquetbol; algunos se lo merecen, por ignorantes, parciales y limitados. Y malhablados, con lo que violan la ley.

Dice Musacchio que todo tiempo pasado fue mejor; a Jorge Manrique sólo le parecía que lo había sido; Leonard Maltin no duda que lo fue; ha sacado de sus libros anuales muchas de las películas viejas y sólo conserva las muy obvias como clásicas, y hasta eso, algunas extraordinarias, pero que no se proyectan más que en cineclubes, y que no están en los catálogos de los vendedores de videos sea en VHS, DVD o Blue-Ray, también fueron extirpadas de esas listas, porque el sentido de esa publicación anual es que el espectador por televisión tenga una referencia inmediata del año en que fue filmada, el director, principales actores, unas cuantas líneas para hablar del argumento sin contar la trama, y un comentario por lo regular contundente, y a veces llama la atención por la aparición fugaz de actores novatos, o los llamados bits o cameos, como Ann Sheridan en El tesoro de la Sierra Madre; Danny Glover en Maverick haciendo un chiste sobre Arma mortal; Noel Nelli y Kirk Alyn en la versión de 1978 de Supermán; Mal Evans en Help!; Kevin Kostner en Night Shift; o llama la atención sobre alguna escena particularmente inusual.

Antes era fácil conseguir la guía de Maltin, en Sanborns o en Libros, Libros, Libros, pero en alguna de las crisis descontinuaron su comercialización en México, y ahora sólo cuando viajan algunas amistades a Estados Unidos, me la consiguen; tampoco es necesario comprarla año tras año porque aunque hay muchos añadidos, no tantos como para que el lector se entere de ellos a menos que revise minuciosamente cada página, y las confronte con los del volumen anterior. Pero es notorio que algunas películas que vimos en matinés, o en los miércoles de tres cintas por un boleto, desaparecen como si no hubieran existido. Pero he ahí mi error: Maltin hizo un tomo voluminoso con todos los filmes clásicos, con fechas muy precisas: desde el cine mudo hasta 1965: Classic Movie Guide.
Es un libro muy disfrutable; aunque no deja de hacer algún comentario cáustico, ni deja de verter veneno, los títulos incluidos pueden ser considerados de culto; destaca la música, bailes, los estereotipos o cuando los actores se salen del estereotipo; señala las muchas cintas feministas antes de que el feminismo fuera excluyente; resalta escenas memorables, aunque cuando tengan la desventaja de que sea con la que abre la película; quien conozca estas guías sabe que la primera recomendación la da con las estrellas que otorga a cada obra, desde el terrible BOMB hasta las cuatro estrellas; uno puede objetarle su juicio de algunas de las cintas; por ejemplo, que a Hatari le dé tres estrellas y media, o que no le dé cuatro estrellas a cada obra de Truffaut, pero son pocas a las que no les reconozca su verdadero valor; en este tomo dedicado a los clásicos califica con gusto más que con juicio, pero no es más generoso de lo que debe; y no se tienta el corazón para descalificar a alguna, pero el lector debe compartir con él el placer de alguna película sólo por las memorias (como dijo G. Caín de Casablanca: “¿Por qué las cuatro estrellas? Por el recuerdo”. ¿Qué se puede objetar de El pistolero más rápido del Oeste? Es una cinta sin acción, pero tensa a más no poder; pacifista si podía alguien ser pacifista en los años cincuenta del cine estadounidense. Pocos cinéfilos la menosprecian, pero no la hemos visto desde hace más de 40 años, a menos que la pesquemos a media tarde en el 619, con el riesgo de atrasarnos en la chamba; Maltin se da el lujo de incluir La momia azteca (en Estados Unidos, Robot vs the Azteca Mummy), y aunque argumenta todas sus fallas y le pone el BOMB como calificación, se le nota el cariño, no por lo camp, sino por su inocencia, su ingenuidad, y seguramente por la belleza de Rosita Arenas, espantosamente convertida en momia; tiene el buen gusto de anunciar sus secuelas, aunque no las incluya. En el directorio final no viene Jacques Tati, pero rescata a Frank Tashlin, injustamente olvidado (“injustamente algo olvidado”, escribe uno de nuestros clásicos, y uno no sabe si se refiere a que algo debía estar completamente olvidado; los errores no son exclusividad de los periodistas).

Como todas las guías, no es un libro para leer, sino para consultar; pero como da la casualidad de que uno no encuentra con facilidad los títulos incluidos, dan ganas de echarse unas 40 o 50 páginas diarias, sólo por el placer de recordar las matinés dominicales, y rememorar a aquel personaje de Truffaut que va a robarse los carteles de los cines. Hasta dan ganas de poner varios soundtrack a la hora en que estamos hojeando el libro, sólo para acompañar la lectura. Y pa’ molarla de acabar, anuncian otra guía de Maltin: Of Mice and Magic, una historia de los dibujos animados en el cine estadounidense. Y por cierto, una trivia que revela que pese a sus intentos de rigor, Maltin ha sido parcial al menos una vez: da mejor calificación a Gremlins 2 que a Gremlins, sólo porque aparece en la segunda, aunque sea vituperado por los gremlins.

Dicen los enterados (¿cómo se enteró Francisco Elorriaga antes de que lo dieran a conocer los diarios?) que Medias Rojas perdió el pase a los playoffs porque varios lanzadores agarraron la jarra desde tres semanas antes de que terminara el campeonato; aseguran que bebían cerveza, comían fried chicken (qué pésimo gusto) y veían videos cuando sus compañeros estaban siendo aplastados en los diamantes; que el manager Terry Francona fue incapaz de contenerlos y disciplinarlos, y que no fueron sólo tres pitchers, sino muchos otros jugadores; que Ellsbury, candidato a ser nombrado El Regreso del Año, jugaba para él mismo; que David Ortiz se la pasó criticando a sus compañeros mientras participaba de la debacle (récord de 7-20 en los últimos 27y juegos), y que Adrián González, conformista, culpó al calendario de juegos, a que televisaron muchos de sus partidos, y a Dios, quien dispuso que éste no fuera un año bueno para el equipo de Boston; de los pocos que se salvaron fue Alfredo Aceves, a quien desperdiciaron en relevos a medio juego, cuando pudo hacer mucho más como abridor. Lástima que González no haya mostrado la dignidad de Aurelio Rodríguez, de Jorge Orta, de Teodoro Higuera, de Beto Ávila, ni el coraje de Fernando Valenzuela, Benjamín Gil, y se conforme con seguir los pasos de Erubiel Durazo, Jorge Cantú y otros por el estilo. Por cierto, Terry Francona, ya muy veterano y retirado hace varias temporadas, es hijo de Tony Francona, a quien vi jugar como infielder de Cleveland en los años sesenta. Eso hace sentirse viejo a cualquiera, más que cuando se retiró Steve Garvey, unos días menor que uno. Tito Francona, leo en Internet, en 1959 bateó más que nadie en las Ligas Mayores, ocho décimas más que los campeones de bateo Harvey Kuenn y Hank Aaron, dos inmortales del beisbol. Ese año nació Terry.


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