López Velarde, ¿Cantor de la provincia o de los encantos femeninos?

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A Ramón López Velarde se le clasifica de muchas maneras, pero casi siempre omiten una categoría, la que se desprende del erotismo en su obra; excepto José Emilio Pacheco, no siempre sus lectores la han observado, la mayoría de las veces por atender otras características de su muy rica, sugerente poesía, una de las más enigmáticas de nuestra literatura, y que se presta a tantas interpretaciones.

Murió soltero, recalca Gabriel Zaid, y anota que lo más probable es que haya sido a causa de su pobreza, pobreza que a su vez deriva de su negativa a colaborar con un gobierno que derrocó al que él apoyaba; pero también apunta (en Tres poetas católicos) la muy extensa variedad de mujeres a las que pretendió; no describe las otras relaciones, las que a veces asoman en algunos de sus versos, pero de las que no hay detalles; hay, sin embargo, algunas confidencias, que se han colado, furtivas; algunas de ellas: Manuel Maples Arce, que es casi lo opuesto a López Velarde en la poesía, narra cómo se iban a las afueras de las iglesias no a cumplir con el rito de la misa, sino a observar a las muchachas (de diferente estrato socioeconómico, según los horarios) y ver si tenían suerte en una época bastante laxa, debido precisamente a lo inseguro de la vida en tiempos revolucionarios.

Dice Maples Arce: “Era el poeta hombre de buena presencia, de rostro bondadoso y melancólico; vestía siempre de oscuro; su persona y su trato reflejaban la mayor pulcritud. No pocos domingos lo acompañé en sus paseos a la Plaza Orizaba y a la iglesia vecina de la Sagrada Familia [donde David Silva casa con Martha Roth en Una familia de tantas], a esperar la salida de misa de las muchachas que, en fascinante procesión, descendían las escalinatas. Pasaban delante de nuestros ojos aquellas rubias y morenas que encendían anhelos recónditos de nuestra sensibilidad. Bajo las claras mañanas y el cielo azul, aquella visión que se alejaba por los follajes del jardín era como una promesa de amor. López Velarde sentía vivamente el encanto de la belleza sensual, asociada a la glorificación de un rito. En sus poemas se perciben cualidades intuitivas: ‘Brazos sacramentales’, ‘La delicia que es mitad friolenta, mitad cardenalicia’, ‘Las lascivas soledades’. Cada ocho días nos encontrábamos en ese paseo en el que disfrutaba de su fina conversación al par que se estrechaba nuestra amistad…” (Soberana juventud, Universidad Veracruzana).

Miguel Capistrán sospecha que la neumonía fatal la contrajo por andar en algunas de esas andanzas, sin abrigo, y que no se cuidó ni antes ni después.
Otra de las confidencias, que podría motivas otras suspicacias, es que urgido como estaba de favores femeninos, no siempre tenía la disponibilidad para atenderlos, cuando se presentaban; la, digámosle con lenguaje actual, disfunción inoportuna le hacían rehuir algunas citas, pero se presentaba una cura momentánea, que debía aprovechar o la perdía por días o semanas enteras (¿”mi amargura impotente”?), y que una de ésas lo pescó desabrigado.
Sus biógrafos han sido discretos y benévolos con esta situación, si es que es real; lo real es que hay tres nombres constantes en la vida de López Velarde: Josefa de los Ríos (Fuensanta, personaje de los poemas primeros, los de La sangre devota); María Nevares, con quien tuvo una relación intensa pero ambigua, y Margarita Quijano, con la que no se sabe qué pasó, por qué terminaron; Zaid agrega a la pianista Fe Hermosillo; si no fueran tan trágicas estas historias, uno podría recordar, a propósito de los embates de López Velarde, las palabras de Fernando Soler en Mi querido Capitán: eso me pasa por andar como mariposa de flor en flor.
En muchos de sus poemas hay referencias eróticas que aparecen de manera súbita, y así desaparecen; no por eso son menos inquietantes; nunca es directo, pero nunca es tan sutil como para ignorar de qué habla: en “Ser una casta pequeñez…”, dice “Yo, sintiéndome bien en la aromática / vecindad de tus hombros y en la limpia / fragancia de tus brazos, / te diría quererte más allá / de las torres gemelas. // Dejarías entonces en la bárbara / novedad de mi frente / el beso inaccesible / a mi experiencia licenciosa y fúnebre.” En “Mi prima Águeda” hay varias referencias eróticas: “Águeda aparecía, resonante / de almidón, y sus ojos / verdes y sus mejillas rubicundas / me protegían contra el pavoroso / luto… Yo era rapaz / y conocía la o por lo redondo, / y Águeda que tejía / mansa y perseverante en el sonoro / corredor, me causaba / calosfríos ignotos… / (Creo que hasta la debo la costumbre / heroicamente insana de hablar solo.”) “Nuestras vidas son péndulos” (casi cada verso es una referencia sensual, una historia esbozada, deliciosamente descrita): “¿Dónde estará la niña / que en aquel lugarejo / una noche de baile / me habló de sus deseos / de viajar, y me dijo su tedio? // Gemía el vals por ella, / y ella era un boceto / lánguido: unos pendientes / de ámbar, y un jazmín / en el pelo. // Gemían los violines / en el torpe quinteto… / E ignoraba la niña / que al quejarse de tedio / conmigo, se quejaba / con un péndulo. // Niña que me dijiste / en aquel lugarejo / una noche de baile / confidencias de tedio: / donde quiera que exhales / tu suspiro discreto, / nuestras vidas son péndulos… // Dos péndulos distantes / que oscilan paralelos / en una misma brisa / de invierno.”; “La tónica tibieza”: “Yo no sé si está presa / mi devoción en la alta / locura del primer / teólogo que soñó con la primera infanta, / o si, atávicamente, soy árabe sin cuitas / que siempre está de vuelta de la cruel continencia / del desierto, y que en medio de un júbilo de huríes, / las halla a todas bellas y a todas favoritas.” “Y pensar que pudimos…” (otra confesión indiscreta): “Y pensar que extraviamos / la senda milagrosa / en que se hubiera abierto / nuestra ilusión, como perenne rosa… // Y pensar que pudimos / enlazar nuestras manos / y apurar en un beso / la comunión de fértiles veranos… // Y pensar que pudimos, / en una onda secreta / de embriaguez, deslizarnos, / valsando un vals sin fin, por el planeta… // Y pensar que pudimos, / al rendir la jornada, / desde la sosegada / sombra de tu portal y en una suave / conjunción de existencias / ver las cintilaciones del zodíaco / sombre la sombra de nuestras conciencias…” (esa “sombra de nuestras conciencias” ¿no es una referencia al “Idilio salvaje” de Manuel José Othón: “Y en mí, ¡qué hondo y tremendo cataclismo! / ¡qué sombra y qué pavor en la conciencia / y qué horrible disgusto de mí mismo!”; igualmente, “unas inmensas ganas de llorar” recuerdan al “…ven a lavar tu ciprio manto / en el mar amarguísimo y profundo de un triste amor, o de un inmenso llanto”).
Las referencias eróticas se hacen más sutiles en Zozobra: “El viejo pozo”: “Besarse, en un remedo bíblico, junto al pozo, / y que la boca amada trascienda a fresco gozo / de manantial, y que el amor se profundice / en la pareja que lo siente, / como el hondo venero providente…”; “Que sea para bien”: “Ya no puedo dudar… Diste muerte a mi cándida / niñez, toda olorosa a sacristía, y también / diste muerte al liviano chacal de mi cartuja. / Que sea para bien… // […] Me revelas la síntesis de mi propio zodíaco: / el León y la Virgen. Y mis ojos te ven / apretar en los dedos –como un haz de centellas— / éxtasis y placeres. Que sea para bien…”; “Despilfarras el tiempo” (éste es otro prodigio de sutil atrevimiento, lleno de sugerencias): “Prolóngase tu doncellez / como una vacua intriga de ajedrez. // Torneada como una reina / de cedro, ningún jaque te despeina. // Mis peones tantálicos / al rondarte a deshora, / fracasan en sus ímpetus vandálicos. // La lámpara sonroja tu balcón; / despilfarras el tiempo y la emoción. // Yo despilfarro, en una absurda espera, / fantasía y hoguera. // En la velada incompatible, / frustrase el yacimiento incompatible, / y de nuestras arterias el caudal. // Los pródigos al uso / que vengan a nosotros a prender / cómo se dilapida todo el ser. // […] Y frente al ínclito derroche / de los tesoros que atesora / el yacimiento de las almas, algo / muy hondo en mí se escandaliza y llora.”
Hay algunos versos célebres que me parece que se han leído sin un erotismo que cada vez suena más desesperado; la lucha que se desata en López Velarde se hace más angustiosa, y las referencias cada vez más discretas; en “El retorno maléfico” hay una imagen muy descriptiva: “el amor amoroso de las parejas pares”, que no sólo es muy afortunada, sino la mejor para narrar de manera sintética un encuentro sexual; esa imagen la repetirá, con menos sutileza en “La suave Patria”: “Trueno del temporal, oigo en tus quejas crujir los esqueletos en parejas”. Esa ansiedad aparece en una imagen muy atrevida en “El mendigo”: “Prosigue descubriendo mi pupila famélica / más panes y más lindas mujeres y más rosas / en el bando de cuervos que la jornada célica / sus picos atavían con las cargas preciosas, / y encima de mi sacro apetito no baja / sino un pétalo, un rizo profundo, una migaja.”; igualmente, en “Idolatría” hay una imagen muy viva: “La Vida mágica se vive entera / en la mano viril que gesticula / al evocar el seno o la cadera, […] Idolatremos todo padecer, / gozando en la mirífica mujer.”; “La lágrima” es muy elocuente: “Encima / de la azucena esquinada / que orna la cadavérica almohada; / encima / del soltero dolor empedernido / de yacer como imberbe congregante / mientras los gatos erizan el ruido / y forjan una patria espeluznante; / encima / del apetito nunca satisfecho / de la cal / que demacró las conciencias livianas, / y del desencanto profesional / con que saltan del lecho / las cortesanas; / encima de la ingenuidad casamentera / y del descalabro que nada espera; / encima de la huesa y del nido , / la lágrima salobre que he bebido…”
“Todo” es uno de sus poemas más complejos, pero lo desentrañó José Emilio Pacheco con maestría en la Antología del modernismo; no lo repito, remito al lector a esa espléndida edición; sólo acoto que el centro del poema habla de las andanzas callejeras, cuando cada muchacha entorna sus maderas, y del enigma de no ser ni carne ni pescado. Y evoco una escena semejante en un libro contemporáneo a la poesía de López Velarde: Ulises, de James Joyce.
No insistiré en otros muchos poemas donde se ocultan, y saltan de manera traviesa y subrepticia, las imágenes de mujeres castas (palabra que se repite con inquietante frecuencia en su poesía) que se quedan esperando, porque él fue tan maravillosamente casto; sólo añado que hemos leído mal, con demasiado pudor, “La suave Patria”, y algunos hasta insistieron en que debía de ser nuestro verdadero himno nacional, sin ver que habla más de las mujeres que del concepto patriótico, el cual fue sólo un pretexto, tal como lo dice en el “Proemio”, porque al poeta le gusta hablar de la “exquisita partitura del íntimo decoro”, pero le encargaron una tarea para la que no es apto (a la manera del tenor que imita la gutural modulación del bajo), y cumple con ella.
Pero las imágenes eróticas, aparte de la exquisita partitura del íntimo decoro, se multiplican: “¿Quién, en la noche que asusta a la rana, / no miró, antes de saber del vicio, / del brazo de su novia, la galana / pólvora de los fuegos de artificio?” (Esa imagen también aparece en el Ulises; ambos, “La suave Patria” y el Ulises son de 1921); “tú vales por el río / de las virtudes de tu mujerío”; “creeré en ti mientras una mejicana / en su tápalo lleve los dobleces de la tienda, a las seis de la mañana, y al estrenar su lujo, quede lleno el país, del aroma del estreno.” “quiero raptarte en la cuaresma opaca, sobre un garañón, y con matraca, y entre los tiros de la policía” (en las rancherías cercanas a Jerez se acostumbraba “lazar” a las muchachas, es decir, raptarlas, así que a la familia no le quedaba más que aceptar los hechos consumados); y qué imagen tan bella la de “las cantadoras que en las ferias, con el bravío pecho, empitonando la camisa, han hecho la lujuria y el ritmo de las horas.”
Una de las escenas más bellas, y que los críticos no han recalcado, es que López Velarde, más que cantar al heroísmo del joven abuelo Cuauhtémoc, se lamenta no de su derrota, sino que a ella, a todo lo que sufre (la piragua prisionera [cuando Cortés lo captura], el azoro de sus crías [el desconcierto de los mexicas al toparse con los hombres blancos y barbados, mitad bestias], el sollozar de sus mitologías [la religión desplazada por el cristianismo], los ídolos a nado [la ciudad derrumbada, flotando sobre las aguas, con las estatuas, las figuras de los dioses aztecas], hay que agregar que lo hayan separado de su mujer, en pleno acto amoroso (y por encima, haberte desatado del pecho curvo de la emperatriz).
Me quedan pendientes algunos enigmas más de López Velarde, que expondré en la próxima.

Dèjá Lu no se conforma con copiar a José Emilio Pacheco; ¿por qué tiene que copiarme a mí?

“Ni siquiera ahora voy a negar la cruz de mi parroquia.”

http://errataspuntocom.blogspot.com/


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