Ateneístas “lúdicos”, y grandes literatos

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La generación del Ateneo es una de las más brillantes en la historia del país, y el número de sus integrantes es impresionante; los unió el deseo de progreso, de renovación de la cultura, la civilización mexicana, las ganas de experimentar; la inteligencia, los conocimientos, la voracidad de lecturas de clásicos y de contemporáneos; los separó el huertismo, la segunda etapa de la Revolución, y las mujeres, en más de un caso.
Se respetaban entre sí: Martín Luis Guzmán dijo de José Vasconcelos: “…era para nosotros el genio. En todo se traslucía así: en sus hechos, su pensamiento, los escritos que nos leía. Desde el punto de vista de dar forma literaria al pensamiento es uno de los grandes valores que ha producido México. Dicen –él mismo lo ha dicho– que es desaliñado; sin embargo, cuando uno lo lee no lo advierte, porque cabalga sobre las ideas. En las cenas… nos leía unas cuantas cuartillas. En ellas cuidaba minuciosamente el estilo. Quedábamos en suspenso, fulminados por su prosa magnífica… Su obra es como él mismo: grande en sus errores, grande en sus aciertos, inconmensurable en sus contradicciones, en sus injusticias. Si al pensamiento de Sócrates lo guiaba un demonio, al de Vasconcelos lo guía el demonio de la pasión… Si Vasconcelos hubiera sido consecuente con sus grandes facultades y con su genio creador, hubiera sido en las letras nacidas al calor de la Revolución lo que es Diego Rivera en la pintura.”
A su vez, Vasconcelos dijo: “En México existen dos personas que tienen el don del estilo: Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán. De los dos, prefiero a Martín, que tiene el mayor número de cosas qué decir y que, además, se compromete… Entre todos los libros suyos prefiero La sombra del Caudillo, porque allí no nos engaña mostrándonos la grandeza de seres inexistentes, sino que denuncia los corrompidos métodos electorales del obregonismo.”
(Ambas declaraciones están tomadas de 19 protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX, de Emmanuel Carballo, Empresas Editoriales, 1965.)
Sin embargo, en La tormenta, Vasconcelos narra: “Desde Panamá había escrito a Rigoletto, anunciándole mi próxima llegada a Nueva York. En vista del trastorno sufrido en Jamaica, le avisé por telégrafo la nueva partida que hacía desde Santiago. Le pedía que informara a Villarreal y a los amigos. Y no sospechaba que estuviera en contacto con Adriana. La respuesta de mi último mensaje me llegó a bordo, la antevíspera de nuestro arribo a Nueva York. Y fue lacónica; decía más o menos: ‘Adriana y yo unidos, te esperamos desembarcadero’… Al principio no entendía. Lo último que me hubiera ocurrido era tenerlo de rival, y menos de sustituto. Absurdo como era el caso, no sé por qué no le creí en el acto, y lentamente me fui dirigiendo al camarote… era un golpe de tal maldad, de refinada venganza, que preví aun las excusas, el amor súbito, irresistible a lo Pelleas y Melisande, aunque sin dagas de por medio. El suplicio chino que así me tomaba el alma me doblegó; me dejé caer en la cama, y con las manos en la frente me puse a llorar… Lloraba por mí, pero también por ella, que tan bajo caía después de ser tan altiva… No estuvo en el muelle Adriana, pero sí, obsequioso y reservado, Rigoletto… [Vasconcelos lo increpa, y lo interroga; ¿por qué no había ido Adriana; Rigoletto le dice que lo espera en su casa y quiere que vayan para que hablen]…–¿Y qué es lo que hablaremos? –interroga Vasconcelos: –Pues te quiere decir que se ha enamorado de mí y te pedirá que la dejes en paz. Tus cartas la tienen muy ofendida. Me las ha mostrado. ¡Qué quieres que te diga! Es un caso terrible. Lo lamento yo el primero, pero nos queremos…” (Edición del FCE.)
Rigoletto, tan disminuido en las páginas de Vasconcelos, es Martín Luis Guzmán, quien le andaba pedaleando la bicicleta a su amigo: dice Guzmán en una carta de marzo de 1916 a Alfonso Reyes (Medias palabras. Correspondencia 1913-1959, UNAM, edición de Fernando Curiel, 1991): “Pepe Vasconcelos: tan bueno, inteligente y contradictorio como le conocimos. Come el pan con sus hijos y su esposa, y bebe la miel de la misma rosa. La rosa no se ha marchitado; el tono languidece, pero los pétalos son siempre frescos. Estas rosas encuentran fácilmente jugos alimenticios en la tierra neoyorquina. ¿Son verdaderamente inteligentes estas rosas?”. Curiel acota: ¿Quién es “la misma rosa”? Elena Arizmendi, sin duda. La Adriana que le despoja a Vasconcelos mientras éste se encuentra en Perú. En otra carta, que Curiel fecha en enero de ¿1917? Guzmán dice: “El helenismo –la tradición manda escribirlo con h– está aquí; cerca de la pluma que esto escribe, lo llevo en el corazón…”.
Elena Arizmendi se interpuso entre los amigos, y en ambos despertó pasiones.
Guzmán fue siempre un hombre discreto, pero también disfrutó del encanto que producía en las mujeres que, incluso las famosas, lo escuchaban, arrobadas. Vasconcelos, más entregado, vivió varios romances, que malamente disimuló en sus memorias, o al menos son de todos conocidos esos amores. En un pasaje de La sombra del ángel, de Katherine S. Blair describe a Vasconcelos, cuando le dicta una carta a Antonieta Rivas Mercado; a la mitad de un párrafo, interrumpe y exclama: “¡qué bonitas piernas tiene usted!”; Rivas Mercado, turbada, le pide que siga con la carta; Vasconcelos la asedia, la persigue, hasta que la consigue, lo que provoca un conflicto enorme en Rivas Mercado, enamorada del pintor Manuel Rodríguez Lozano, a quien considera lo ha engañado al acceder a las peticiones de Vasconcelos. Valeria y Adriana en sus libros, Rivas Mercado y Arizmendi en la vida real, llenan de pasión varias páginas de Vasconcelos; hay que recordar que esos romances los vivió con plenitud como aventuras extramaritales, y que en diversas ediciones posteriores a las primeras bajó el tono, en las llamadas ediciones expurgadas; por fortuna, nunca dejaron de circular las primeras, y el texto fue restaurado en la edición del Fondo de Cultura Económica. Julio Torri, su compañero ateneísta, opinaba: “Me gustan las primeras ediciones de sus memorias; las nuevas ediciones expurgadas no me interesan”.

La lista de los miembros del Ateneo es extensa e imprecisa; Juan Hernández Luna, en el prólogo a las Conferencias del Ateneo de la Juventud, menciona a Reyes, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Julio Torri, Enrique González Martínez, Rafael López, Roberto Argüelles Bringas, Eduardo Colín, Eduardo Joaquín Méndez Rivas, Alfonso Cravioto, Antonio Mediz Bolio, Jesús Acevedo, Martín Luis Guzmán, Diego Rivera, Roberto Montenegro, Manuel Ponce, Julián Carrillo, Carlos González Peña, Isidro Fabela, Manuel de la Parra, Mariano Silva y Aceves y Federico Mariscal, pero omitió a Nemesio García Naranjo y a Efrén Rebolledo, a quien consideran miembro externo del grupo.
Uno de ellos, célebre, tuvo una muerte gloriosa; falleció, como Rock Hudson en una serie de televisión, en pleno acto sexual, pero en una casa que no era la suya.

El ateneísta menos sospechoso de furor es Enrique González Martínez; sus muchos libros, casi todos inconseguibles, han hecho que se le conozca por los poemas recogidos en casi todas las antologías, y en donde coinciden en la temática: reflexivo, cuasi religioso, pensativo; sin embargo, frente al tumulto de admiradoras jóvenes, él se define como “algo menos que amante y más que amigo”, parafraseando a Shakespeare en Hamlet.
No sólo tiene ese coqueteo, inquietante además; en algunos de sus poemas se acerca al erotismo de Efrén Rebolledo o al de, antes que ellos, Manuel M. Flores. Dice González Martínez: “Ya dejas el plumón. Las presurosas / manos desatan el discreto nudo, / y queda el cuerpo escultural desnudo, / volcán de nieve en explosión de rosas. // El baño espera. De estrecharte ansiosas / están las aguas, y en el mármol mudo, / un esculpido sátiro membrudo / te contempla con ansias amorosas. // Entras al fin y el agua se estremece. / En tanto, allá en el orto ya parece / el claro sol de refulgente rastro. // Y cuando ufana de la fuente sales, / de tu alcoba a los diáfanos cristales, / por mirarte salir, se asoma el astro.”; en otro: “Del arroyo en las límpidas aguas, / medio oculta del bosque en las frondas, / se bañaba desnuda y tranquila / luciendo sus bellas y clásicas formas. // Los cabellos, cual velo de oro, / le cubrían la espalda marmórea, / y del agua prendida en los rizos, / la luna en diamantes trocaba las gotas. // Asombrado quedé, con el alma / a la par conmovida y absorta; / mas la luna escondióse en el cielo / y entre ella y yo puso sus velos la sombra… // He querido olvidarla y no puedo. / Cual relieve esculpido en la roca, / ha quedado grabada en mis sueños / la bella desnuda de clásicas formas.”; “Fue un beso tan fugaz que rozó apenas / la frente virginal y escapó luego; / mas de allí al corazón cundió su fuego / y corrió por la sangre de las venas. // Las dichas del amor, antes serenas, / trocáronse en mortal desasosiego… / ¡Ay! ¿cómo pudo envenenar tan luego / si la cándida frente rozó apenas? // ¡Oh, beso engañador, oh, beso aleve! / ¿Cómo diste a beber en toque leve / el ponzoñoso filtro de tus penas? // ¿Cómo en las garras del dolor, cautivo / dejaste un corazón, beso furtivo / si la tez virginal rozaste apenas?”; “Canta, mi bien. Al peso del racimo / la vid inclina su follaje umbroso / y con abrazo estrecho y amoroso / busca en el tronco paternal, arrimo. // De la naturaleza el don opimo / bien merece tu canto melodioso; / canta, mientras el jugo delicioso / en la ancha copa de cristal exprimo. // Bebe… ¿Te sientes mal? Ya el vino asoma / a tus blancas mejillas, en rubores, / y en fulgores extraños, a tus ojos. // Ya tu frente en mi pecho se desploma… / Y yo me embriago de placer y amores / libando el néctar de tus labios rojos.”; “¡Y vi tu desnudez!… ¡Cuánta blancura / atesora tu cuerpo alabastrino! / En ti forjó la mano del destino / un templo de alabastro a la hermosura. // En ese fondo de inviolada albura / sólo forman contraste peregrino / de tus ojos lo azul –cielo divino– // y el oro de tus crenchas –onda pura. // ¡Y vi tu desnudez!… Nada más blanco / que el armiño sin mancha de tu flanco / de carne púber que al placer invita; // y vi tus senos, que en tus manos domas / como indócil pareja de palomas / que al beso del amor tiembla y palpita.”; “Amada, ven. Del campo la verdura / salpican ya las tempraneras flores, / y el enjambre de pájaros cantores / sus trinos lanza en la arboleda oscura. // Mira, desde el cenit el sol fulgura / en torrentes de luz abrasadores, / y es una alegre fiesta de colores / al ósculo del viento la llanura. // Entre las redes del amor opresos, / miraremos pasar en dulce halago / del río paternal las claras linfas, // y al estallar de mis amantes besos, / verás bañarse en el azul del lago / blancas, desnudas y en tropel las ninfas.”; “Ella se niega mientras él insiste; / fogoso el amador, tenaz la bella, / en jiras el jubón de la doncella / la lucha apenas del amor resiste. // Casta no cede; pero mira triste / de aquel retozo la patente huella, / y con falsos lamentos se querella / y de astucia y de bríos se resiste. // Por escapar de los robustos brazos, / de un empellón, cual víctima inmolada, / rueda el cántaro al fin hecho pedazos. // Queda atónito él, ella pasmada; / mas pasa el susto y vuelven los abrazos / tras una estrepitosa carcajada…”; “En tus sedas, frufrúes tentadores / hablan de amor con misterioso acento; / de tu corpiño azul, brota opulento / tu blanco busto como un haz de flores. // En tus ojos, eróticos fulgores // se agitan con extraño movimiento, / y en tu ventana el vagaroso viento / lascivo entona su canción de amores. // En el cristal bohemio se consume / sutil esencia y mezcla su perfume / con el perfume lánguido que exhalas, // y en propicio rincón de la arboleda /–vencido mármol—se desploma Leda / bajo un cisne de opresoras alas.”; “Como al polo el imán va mi deseo / en pos de ti con insistencia loca, / y sueño con las mieles de tu boca / y en todos tus encantos me recreo. // ¡Ah! pero sé que es humo y devaneo / toda ilusión cuando se alcanza y toca, / y aunque eres onda que a besar provoca, / al llegar a tus linfas titubeo. // Todo mi ser al tuyo se convierte; / mas tiemblo al sospechar que al poseerte / destruye la pasión que me avasalla… // ¡Ah, si pudiera eternizar la vida / de una frase de amor interrumpida, / y el espasmo de un beso que no estalla!”.
Y hay muchos ejemplos más de este erotismo inocente pero impetuoso del poeta que se quitaba piadoso las sandalias por no herir las piedras del camino.

En los diarios, sobre todo los literarios, se exponen aspectos demasiado personales; así, se entiende el entusiasmo de Alfonso Reyes al admirar piernas femeninas expuestas con tanto desenfado, como la girl del barco; pero unos días más tarde le escribe a Julio Torri: “Julio, las muchachas yanquis (tú ya lo sabes, profesor de cursos de verano) usan las medias enrolladas debajo de las rodillas, y en todos los deportes enseñan los muslos desnudos. Cuando, en Holiday, de Waldo Frank, Virginia Hade le ofrece al negro Cloud cambiar navajas, como lleva la suya en la media, se levanta las faldas y deja ver las rodillas blancas. Final: linchamiento del negro.” Jaime García Terrés, indiscreto, cuenta que Torri usaba su biblioteca privada para presumirla a sus arrobadas alumnas, a quienes se las mostraba en privado. Y no son ellos los más seducidos por el erotismo en la literatura.

Es un vicio detestable que cunde no sólo en las publicaciones periódicas, sino en muchos libros aparentemente serios, hablar de “planes para el futuro”; una redundancia que se cuela hasta en las mejores páginas de buenos escritores; en realidad, el único que hace planes para el pasado es Dèjá Lu.

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