Alta literatura y bajas pasiones

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“La supuesta pasión elevada, desdeñosa de todo lo que no sea ella misma, que los futuros progenitores se profesan mutuamente no es en el fondo más que una locura muy singular, que hace que un hombre enamorado esté dispuesto a entregar todos los bienes de este mundo a cambio de poder acostarse con una mujer dada, la cual, en definitiva, no le dará nada que no hubiera podido darle cualquier otra”, dice Schopenhauer; ¿por qué suponemos que esa mujer dada es de hombros estrechos y caderas anchas, pechos exuberantes (de las que también llamaban la atención del filósofo), cara agraciada y por lo regular de gesto fiero, o pícaro, y de ojos de papel volando? ¿Será que la historia ha sido recurrente en casos como ésos?
¿La historia? La historia ha sido discreta, pero no sus actores.
Doña Guadalupe Monroy, quien estuvo a cargo de la investigación de la vida cotidiana durante la República Restaurada (Historia Moderna de México, tomo 3, Vida Social), dice que pocas ocasiones “ha contado México con un grupo de escritores de la calidad que entonces tuvo”, y hace un recuento breve pero significativo: Sierra, Mateos, Cuéllar, Altamirano, Prieto, Acuña; pudo haber citado varios más, como los asistentes a las tertulias de Rosario de la Peña, entre ellos Acuña y Prieto, pero también Barreda, Ignacio Ramírez, José Martí, Manuel M. Flores, Agustín F. Cuenca. Y andaban en esos años Manuel Payno, Juan de Dios Peza, Vicente Riva Palacio…
Es mucho repetir la historia de Acuña, Laura Méndez, Cuenca, Rosario, Flores: suicidio, enfermedades venéreas, adolescencia apresurada y soledad (Soledad) arrepentida, amores trágicos; no es el “Nocturno” de Acuña la mejor expresión literaria de esos conflictos, esos amores mal correspondidos y bien calabaceados, sino el soneto de El Nigromante, que a la avanzada edad de 55 años se considera viejo para alcanzar la gloria de la intimidad con De la Peña, y se declara derrotado: “hoy de mí mis rivales hacen juego / cobardes, atacando en gavilla / y libre yo mi presa al aire entrego”; los testimonios, subjetivos, dan sólo una idea de cuáles eran las cualidades que llamaba la atención de tanto hombre talentoso, culto, que dejaron obra sólida pese a los tiempos difíciles que les tocó vivir.
La pasión por De la Peña no es el único caso que habla de la debilidad por la carne; el adusto Ignacio Manuel Altamirano, quien había reaccionado, como casi todos, indignado por el can-can que causaba furor en los teatros de la ciudad de México, de pronto recapacitó: “Hace un año que nos desgañitamos algunos amigos y yo gritando contra el can-can. A pesar de las buenas y graves razones que entonces expusimos, el público corría desatado a ver Los dioses del Olimpo, el can-can del circo de Chiarini [el más popular de la época] y después a la Torreblanca y su séquito de sílfides pantorrilludas”.
Si de alguien tan serio y grave como Altamirano viene esa repentina admiración por las piernas femeninas, no son de extrañar entonces las expresiones de admiración de Alfonso Reyes ante la visión de otras hermosas piernas femeninas…
Pero no debo adelantarme: que la pasión se apoderó de los escritores mexicanos, hay muchos ejemplos, de los que mencionaré unos cuantos, circunscritos a la generación del Ateneo, aunque quedan ganas de citar al clérigo fray Manuel de Navarrete, otros versos candentes de Altamirano, del muy ardiente Manuel M. Flores, y, entre los poetas mayores del siglo XIX en que no estuvo ausente el erotismo, la pasión desenfrenada, la posesión, los amores clandestinos (Díaz Mirón, capaz de ternura y de violencia al mismo tiempo, describe: “la vi tendida de espaldas / entre púrpura revuelta… / Estaba toda desnuda / aspirando humo de esencias / en largo tubo escarchado / de diamantes y perlas. / / Sobre la siniestra mano / apoyada la cabeza, / y cual el ojo de un tigre / un ópalo daba en ella / vislumbres de sangre y fuego / al oro de su ancha trenza. / / Tenía un pie sobre el otro / y los dos como azucenas, / y cerca de los tobillos / argollas de finas piedras, / y en el vientre un denso triángulo / de rizada y rubia seda. / / En un brazo se torcía / como cinta de centella / un áspid de filigrana / salpicado de turquesas, / con dos carbunclos por ojos / y un dardo de oro en la lengua. / / Tibias estaban sus carnes, / y sus altos pechos eran / cual blanca leche vertida / dentro de dos copas griegas / convertida en alabastro, / sólida ya pero aún trémula. / / ¡Ah! Hubiera yo dado entonces / todos mis lauros de Atenas / por entrar en esa alcoba / coronado de violetas, / dejando con los eunucos / mis coturnos a la puerta.” Y los amores fugaces, prohibidos, culpables, descritos en “Música de Schubert” y en “Nox”, y la obsesión narrada en los dos sonetos de “La Giganta”; o Manuel José Othón, quien cedió a una pasión tardía, extramarital, se diría hoy; está por narrarse la historia completa, con nombres y fechas; lo importante es la descripción de ese amorío, que se lo achaca a su amigo Alfonso Toro, pero donde cuenta cómo se obsesionó por una mujer de rasgos indígenas, muy hermosa, de cuerpo arrebatador, a la que no pudo resistirse; en ocho sonetos relata ese amorío, que culmina con un encuentro sexual, tras el cual vino el arrepentimiento, las lamentaciones, el temor a ser descubierto, expuesto. Comienza con reclamos [“¡Por qué a mi helada soledad viniste…?”], le sigue la clandestinidad [“Mira el paisaje: inmensidad abajo, inmensidad, inmensidad arriba”] y la sordidez de lo prohibido [“Silencio, lobreguez, pavor tremendos que viene sólo a interrumpir apenas el galope triunfal de los berrendos”], el erotismo [“En la estepa maldita, bajo el peso de sibilante brisa que asesina, yergues tu talla escultural y fina, como un relieve en el confín impreso… y destacada contra el sol muriente, como un airón, flotando inmensamente, tu bruna cabellera de india brava… las lianas de tu cuerpo retorcidas en el torso viril que te subyuga con una gran palpitación de vidas”]; ante los hechos [“Flota en todo el paisaje tal pavura, como si fuera un campo de matanzas…”] viene la desolación [“Y allí estamos nosotros, oprimidos por la angustia de todas las pasiones, bajo el peso de todos los olvidos. En un cielo de plomo el sol ya muerto; y en nuestros desgarrados corazones el desierto, el desierto… y el desierto”]; el deseo persiste [“al verberar tu ardiente cabellera, como una maldición, sobre tu espalda”] pero vienen las justificaciones y el deseo de no volver a pecar [“En tus aras quemé mi último incienso y deshojé mis postrimeras rosas… Quise entrar en tu alma, y ¡qué descenso! ¡qué andar por entre ruinas y entre fosas…” ] Para ella fue una aventura [“…¡Qué resta ya de tanto y tanto deliquio? En ti ni la moral dolencia, ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto”] pero para Othón, algo que cargará toda la vida [“qué sombra y qué pavor en la conciencia, y qué horrible disgusto de mí mismo!”]).
Pero como dijo Tito Guízar, eso que dijeron en verso tienen que repetirlo en prosa.
Más jubilosos, los ateneístas muestran un gusto y un placer ante la mujer: Alfonso Reyes, el 10 de octubre de 1924, observa a una gringuita en el barco donde se dirige a Europa: “La girl rubia que lleva las medias enrolladas debajo de las rodillas, y enseña los muslos desnudos al jugar con los discos, al desplantarse, juguetea con los stewards y es un ejemplo de la yanqui vulgar que los europeos tomarían por esposa…”; dos días después vuelve a mencionarla, luego de proclamar satisfecho sus coqueteos con otras turistas: “Me divierto mucho con los libros de puzzles… que traen Mrs. Jackson y algunas otras damitas yanquis. Acuden a mí para todas las palabras eruditas, de lenguaje general, parecidas en todas las lenguas, de raíces grecolatinas… Hoy, por la noche, en el salón, se han ido despidiendo de mí. Entre ellos se va la girl de las piernas, que no contenta con flirtear con los stewards, deja muy enamorado al doctorcillo holandés de a bordo”; el 29 de diciembre de 1931 habla de una cena en la embajada mexicana en Brasil: “La gente se puso alegre. No se querían ir. Madeleine [“Mme. Foujita”] cantaba y bailaba con las piernas al aire que era un primor”.
En los poemas que escribió en Brasil hay algunos que superan en calor a los de Efrén Rebolledo; en algunos hay picardía (“¡Armonía natural / que reina en mi gallinero: cada vez que canta un gallo, pone la gallina un huevo!”; “Yo quiero mirar al mundo por aquel agujerito: como estará más redondo parecerá más bonito”; “¡Ay del que, teniendo dos manos, es manco para el bis tal vez! Que, como dicen los peruanos, Arrugas y canas son ganas; arrastrar los pies y no poder otra vez es vejez”), pero en otros hay impaciencia por una mujer (“Brasil ¿me das a la moza que ha tiempo he dado en querer? Mira que si me la niegas enloquezco, y yo no sé… […] no se diga que me pierdo por culpa de una mujer”; “Ojos de azúcar quemada, no te quiero ver sufrir. Boca diminuta hecha de pellizco y de mohín, no te quiero ver sufrir. Como saltaba tu cuello en un ahogo sin fin, dos tórtolas asustadas se te querían salir. Ojos de azúcar quemada, no te quiero ver sufrir. Manos nerviosas, delgadas, pies que temblaban así, pequeños hombros redondos que me llegan hasta aquí, los taloncitos helados y el vientrecito febril. ¡No te quiero ver sufrir”! ¡No te quiero ver sufrir!” “…Dan las mulatas del Mangue, desnudas a la mitad, de ahuacate y zapotillo la cosecha natural. ¡Y yo, soñando que vero piraguas por el Canal, rebozos y trenzas negras en que va injerto el rosal! Entre luz de dos visiones refleja y libra el cristal; dos madejas enlazadas se tuercen en mi telar…”; “En el más cariñoso lecho me siento morir, cuando en la naturaleza toda mansa como jardín. Muelle, el ala del ángel blanco –¡qué piedad, qué ternura al fin!– primera vez rosa mis hombros como el arco roza el violín… ¡Y yo que viví tantos años, tantos años como perdí, sin dar oídos a la esfinge que susurraba junto a mí! Yo no sabía que la vida se reclina y tiene así en esa gula de la nada que es su diván, es su cojín”; o los poemas “Salambona”, “Amor que aguantas…” o “Retrato”.
En el tercer tomo de su diario se relata, como se relata en los poemas escritos en Río de Janeiro, una historia de amor clandestino, por el que no quiere abandonar Brasil; se insinúa la culpable, pero no se atina a decir su nombre; ya en México, más compuesto, escribe varias historias que rezuman erotismo al mismo tiempo que gracia; varias están en El licencioso, pero hay otras sueltas, como la cuñada de los Henríquez Ureña, como la mujer del fotógrafo por la que no se condenó Reyes, que hablan de su pasión por las mujeres, y sobre todo por el instinto sexual que despiertan en los hombres.
Muchas historias alrededor de Julio Torri se resumen en “Inicio de cursos”, de Guillermo Sheridan (en Cartas de Copilco y otras postales y en Lugar a dudas): “En la entrada a la facultad, Dante supervisa los tianguis de libros viejos, nuevos y robados. Gómez de la Serna muestra los mofletes; Torri aprovecha su sitio en el suelo para espiarle los calzones a las estudiantes…”; se sabe que su mítica biblioteca albergaba, además de numerosos incunables, primeras ediciones valiosísimas, muchos libros en donde se describía, o se dibujaba, los actos sexuales más audaces y arriesgados; en una carta enviada a Alfonso Reyes confiesa, él tan discreto, la relación con una girl: “Hubo unos cursos de verano que fueron un completo éxito. Vinieron unas norteamericanas encantadoras… Adquirí una amistad preciosa, Miss Brown… alta y grácil como un joven elefante… Me ha dicho que desearía permanecer en México un poco más de tiempo para hacerme metodista. Ya sabe canciones mexicanas, que yo le repaso en el Ford, cuando la restituyo a su hotel por las noches (una amistad perfecta en que la malicia no encuentra pantorrillas que morder). Está llena de datos falsos sobre México y sobre los mexicanos, pero como está predestinada a no entendernos nunca, yo dejo seguir el automóvil y caer la lluvia. Gómez Robelo está enamorado de ella. Cuando no está ninguno de nosotros dos con ella, Ricardo y yo nos abrazamos y suspiramos. Ella nos es vagamente infiel a cada uno con el otro… Yo he adelantado mucho en inglés con ella”. Texto que contrasta con uno de sus escritos magistrales, “Mujeres”, en que resume la frase de Schopenhauer con que comienzo ésta: “Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores”.
No son los únicos ateneístas poseídos por la pasión carnal. En la siguiente me detendré en varios de ellos, incluso no sospechosos de tales debilidades.

Me estoy convirtiendo en un perfecto hipocondriaco.

Para que Ichiro Suzuki complete once temporadas con porcentaje superior a .300 y más de 200 hits, debe batear .925 en lo que resta de la temporada. Simplemente no es tan perfecto como parecía, y quedará muy lejos de las marcas de más campañas consecutivas arriba de .300;, al parecer, atrás de Cap Anson, Rod Carew, Ed Delahanty, Frank Frisch, Bill Hamilton, Harry Heilman, Roger Hornsby, Willie Keeler, Stan Musial, Ty Cobb, Al Simmons, Honus Wagner, Paul Waner y Ted Williams.

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