Placeres prohibidos

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I

Era comida dominical, pero no exactamente barata; por lo regular se prefería comprar un pollo rostizado, al que en las panaderías donde los preparaban añadían rebanadas de papas, fritas en el jugo que soltaban los pollos, y añadían chiles serranos harto picosos.
Más bien las tortas eran lo que se llevaba al recreo, porque no era necesario que se comieran calientes; incluso las de frijoles refritos aguantaban las dos horas y media entre el ingreso a clases y el recreo; lo malo es que no había muchas posibilidades de variaciones: frijoles, cajeta, leche condensada, queso supremo; las madres sádicas ponían nata a las tortas de los hijos. Las más sabrosas, las de leche condensada, ni modo, se escurrían y manchaban, pero todo lo compensaba el sabor; lo mismo sucedía con las de cajeta, aunque tantito menos. Para los que comemos lento, la media hora del recreo era insuficiente. Y comerlas a diario hacía aburrida la rutina.
No fue sino hasta mediados de los años sesenta en que las redescubrí, gracias a la tortería que estaba fuera del entonces tranquilo paso de avenida Hidalgo a Balderas, donde ahora se encuentra una casa de la cultura dicen que apropiada pero no por agentes de la cultura, y muy cerca de la estación Hidalgo del Metro: Tortas Robles; no eran las más sanas, pero sí las más populares de los alumnos de las escuelas cercanas: la Vocacional 1, la Prepa 4, la Anexa, la Normal; extraordinariamente baratas, la variedad era poca, y con decir que las de queso de puerco eran las mejores se dice bastante más de lo que se debiera; costaban, en esa época, entre un peso y 1.50; lo mejor eran las fotografías de famosas y no famosas en lo que ahora se llama “upskirt”, o “descuido” en el español de Madrid: Liz Taylor bajando de un avión mientras el viento levantaba su vestido; una copia del negativo original de cuando Marilyn Monroe, en la ciudad de México, hizo patente que lo que mejor usaba en la intimidad era Chanel # 5; Brigitte Bardott al momento de cruzar la pierna; algunas actrices mexicanas traicionadas por los fotógrafos oportunistas; algunas que no sabían que el flash rojo servía para evidenciar las transparencias.
En Ayuntamiento había un establecimiento, York se llamaba, donde preparaban tacos de pollo rostizado, y unas hamburguesas de mole que no anulaban las tortas de pierna adobada que provocaban entusiasmo en la clientela; y ya en los setenta, cerca de Novedades, estaban unas renovadas Tortas Armando, herederas de las que consignaron Artemio de Valle-Arizpe y Salvador Novo cuando estaban en la calle del Espíritu Santo, ahora conocido como Filomeno Mata; en la planta baja se comían las tortas a pie, que es como se debe; en el piso superior, a unas mesas cuadradas y pequeñas, donde algunos réprobos pedían comida corrida que no igualaba (supongo; siempre seguí el consejo de Isaac Arriaga: comer lo más barato posible dentro de la dignidad; eso no incluye las comidas corridas) el sabor y la originalidad de las tortas Armando, cuya especialidad eran las de pierna adobada y las de milanesa, y que seguían, en la medida de lo posible, las recetas originales; a un par de calles estaban, y siguen estando, las tortas La Texcocana, pequeñas pero llenonas, y las más populares eran, en ciertas épocas, las de bacalao; un poco menos, las de queso de puerco (estigmatizadas por Germán Valdés y por Abel Quesada); las mejores eran y son las de carnitas; no menos de dos ni más de tres, y eso empujadas por Mundet roja, que ayudaba al desempance.
No hay muchas que las remplacen; la sucursal La Texcocanita, en las afueras de la Zona Rosa, siempre tiene gente pero no siempre se acaban las de carnitas, aunque no se deba a la competencia cercana; hubo unas que en los noventa hicieron cimbrar las cercanías de Polanco y Anzures: las que estaban fuera de una cantina frente al Deportivo Chapultepec, con una variedad que hacía dudar a los clientes, porque casi todas eran buenas; cerca de Lomas de Sotelo, donde íbamos a reclamar el mal funcionamiento de los teléfonos, había (¿hay?) unos puestos siempre llenos donde tenían gran variedad de tortas, con nombres exóticos; su auge duró unos pocos años.
Las teleras, dicho sea con propiedad, eran los panes adecuados para las tortas; los bolillos eran para acompañar la comida; apenas hace unos meses han reaparecido las teleras en las escasas panaderías y en los supermercados, pero tuvieron la ocurrencia de poner a la venta unas de tamaño muy pequeño, lo que sirvió para que en los merenderos hagan los molletes con las teleras pequeñas, y las cobran más caras.

II
Los descubrí con mi amiga Mónica, allá por 1969, en las afueras de la Zona Rosa, por Nazas o Lerma, cerca de Chapultepec; eran unos tacos de cecina adobada bastante sabrosos; casi todos los días había que hacer una fila más o menos larga porque tenían mucha clientela; no eran caros ni muy llenones, pero sí sabrosos; cuando Mónica se fue a Tijuana dejé de ir a comerlos, y cuando los busqué ya habían desaparecido; también con ella comí otros, aunque menos veces, en Lerma pero cerca de Sena; los recuerdo con agrado, pero no de qué eran; tiendo a creer que también eran de cecina; en las cercanías del Metro Insurgentes, unos tacos al pastor hacían que se abarrotara la gente para tratar de comerlos; también duraron poco, como poco duraron los que estaban afuerita del Metro Allende, donde también los comí con Mónica, y después con Patricia Proal; es injusto que no hayan durado porque eran sabrosos.
Los primeros tacos al pastor los comí, luego de salir de una cantina, con todos los Tlamatinis menos César Jurado Lima, quien no jalaba con nosotros ni a las cantinas ni a los tacos; estaban en 5 de Mayo o en 16 de Septiembre, y nos llevó Alejandro Rosales; estábamos hambrientos y nos acabamos los pocos que quedaban; saliendo de Los Tranvías o del Golfo de México había que ir a los tacos al pastor que estaban en Avenida Hidalgo, entre Libros Escogidos y el Teatro Hidalgo; los fanáticos de Jesús Luis Benítez deben envidiar las veces que fuimos él, Alejandro Aricieaga y yo, a rematar una tarde de discusiones menos literarias que relajientas; Aurelio González iba a la cantina, pero no a los tacos; en cambio, fuimos un par de veces a los tacos que estaban en Tacuba y Gante, donde ahora hay una taquería pomadosa, carísima y desabrida; se comía a pie pese a lo amplio del local.
Hay que ser muy aventurero para arriesgarse con tacos de carnitas; los de El Grano de Oro son, la mayoría de las veces, excelentes; la última conversación literario-beisbolística completa, al lado de Gerardo de la Torre, Juan José Utrilla y Marco Pulido, la tuvimos allí, casi hasta que cerraron; en la sucursal de la Anáhuac han mejorado muchísimo; lo malo es que ya no tienen en la Del Valle el consomé de carnero extraordinario que sólo ofrecían sábados y domingos; no sé dónde conseguían Rosa Emma y Angélica unas carnitas memorables, con las que me agasajaban los domingos, pero creo que sólo las superaban, y eso por el consomé, las de El Tecuilito, hace más o menos 50 años.
Con mi tío Enrique conocí unos tacos al pastor sobre Uruguay, cerca del Banco de Comercio, que era imposible dejar de comerlos.
Con Arturo Valdés desahogábamos las penas con unos tacos de lengua más que aceptables, cerca del cine Soto, y otros, en una cantina en Fortuna y la Calzada de Guadalupe, que fueron insuficientes para paliar el hambre una vez que infringimos las normas de buena conducta no inscritas en ningún código, ni hubo refrescos que mitigaran la sed.
También en Fortuna esquina con Unión íbamos a comer, primero, unos tacos al carbón, con las ganancias del dominó; duraron unos pocos años, y allí se pasó don Rafa, que antes estaba en un local mucho más pequeño, frente al cine Tepeyac, y sus tacos retaban a los de cualquiera otro sitio.
Más tradicionales, los tacos de Beatriz; nunca he podido con los especiales, ni con los semidorados, pero en mis tiempos mejores, eran tres de carnitas y dos de barbacoa, además de un tarro grande de tepache.

III
Allí donde los intelectuales iban a hablar de cine y de literatura, en el Kiko’s, yo los veía desde fuera mientras engullía unas hamburguesas deliciosas, en el mismo Kiko’s pero en los mostradores de fuera del local; desaparecieron cuando desapareció la Librería del Caballito y se transformó, cuadras más adelante, en la Librería Del Sótano (no la actual El Sótano, tan cursi, tan poco librería); casi se les emparejaban las que estaban en Cuauhtémoc y Chihuahua, en un local pequeño; las hamburguesas tanto en Kiko’s como éstas eran pequeñas, pero deliciosas, y muy tradicionales; ambas desaparecieron, como desaparecieron, hace como una década, las Heaven-Cielo en la calle de Oaxaca, de las primeras que se instalaron en México a finales de los cuarenta: cerca, sobre Insurgentes, entre Querétaro y Aguascalientes, un pequeño local ofrecía unas hamburguesas de las de antes de que deformaran nuestro gusto las extranjerizantes; además, ofrecían cerveza de raíz que se encontraba en pocos lugares, como el puesto de esquimos que estaba en la calzada de Guadalupe y a donde iba con Jesús Desachy, Humberto Huerta y Alfonso, después de las clases, a tomarnos un agua de sabores y a hablar de futbol con el dueño del local.
En la tortería frente al Deportivo Chapultepec ofrecían unas hamburguesas muy comestibles, pero bajaron de categoría junto con las tortas.
Y en La Luz, la original, mi padre me compraba unos sándwiches de carne tártara inolvidables; se sabe que las señoras de alcurnia cuando no les era dado entrar a las cantinas, mandaban a su chofer a que les llevara estos sándwiches, que comían en sus autos, calientes aún; y las hamburguesas de esa cantina superaban casi las de cualquiera otra cantina.

IV
Marco Pulido aún recuerda cuando, en El Mortiro, primero me empaqué una fabada, luego una paella, unas costillas y luego un postre.

V
Hace un par de semanas me llevé un chico sustote; la causa: alteración de la realidad, encontrarse con dos enemigos y un traidor, o una combinación de: a) los herederos de tortas Armando; b) un lomo en Coca-Cola; c) un arroz con mole y tacos de barbacoa y de carnitas; d) a falta de apetito, unos tacos de chicharrón, y e) unas hamburguesas en cerveza. La consecuencia es que debe pasar un buen rato antes de que pueda volver a comer algo de eso; por eso las remembranzas.

Ayer domingo hubo cuatro blanqueadas; y frente al cada vez menos evidente dominio de Adrián González, muy buenas temporadas de Alfonso Salas, Jaime García, Giovanni Gallardo, Joakim Soria, esporádicas buenas salidas de Rodrigo López, y el resurgimiento de Alfredo Amézaga, no con el bat, sí con el guante.

Lèjá Vu cree que investigar es leer periódicos viejos; no lo es, pero tendría algún mérito que cuando menos eso hiciera; no, son sus negros los que le roban el placer de leerlos.

Si las mujeres de hombros estrechos y caderas anchas no garantizan mayores placeres, ¿por qué son las más asediadas incluso por hombres inteligentes, mucho más que ellas (ejemplos sobran, pero para qué hablar mal de los amigos)? Schopenhauer no se lo pudo explicar. Queda como tema pendiente qué y cómo lo han sufrido los intelectuales mexicanos.

http://errataspuntocom.blogspot.com/

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