De piernas y de pudorosas

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Me molestan los mimos; los que andan por Coyoacán e imitan a los transeúntes son los peores porque se burlan de la gente sin que nadie los provoque; tienen rutinas aburridas y repetitivas. Por influencia de Alexandro (Jodorowski; antes bastaba con el nombre) se admiraba a Marcel Marceu, al que se catalogaba como el mejor mimo del mundo; Mel Brooks le rinde homenaje en una película en la que el único que pronuncia una palabra es él. Pero por asociación de ideas, al escuchar su nombre, uno recuerda a Sophie Marceu, una de las actrices más bellas, desinhibidas, solventes (adjetivo que le gustaba a Emilio García Riera), y que ha sido generosa tanto con buenas actuaciones como al mostrar su belleza en plenitud, en películas y en presentaciones; es la única que ha protagonizado un desnudo en alguna de las ya demasiadas cintas de James Bond, y opaca hasta a Denisse Richardson.
En Marquise, curiosamente, no hace ningún desnudo; curiosamente, digo, porque el papel que interpreta es el de una actriz que en la Francia del siglo XVIII gana celebridad ejecutando una machincuepa; en la cinta se ve cómo la hace, pero no completa; y la celebridad es justa porque hay que recordar que en ese siglo aún no se inventaba la ropa íntima femenina, no al menos como la conocemos ahora; muchas faldas, crinolinas, camisas, pero no pantaloncitos.
En México hubo una antecedente del personaje, que se insinúa verídico, interpretado por Sophie Marceau; lo consignan varios autores que recogen leyendas y tradiciones de México, sobre todo en la Colonia, no todos con la picardía de Artemio de Valle-Arizpe.
El chiste de las que hacían machincuepas estaba en que eran muy bellas, tanto la francesa, que no por nada iba a verla el mismo rey de Francia (según la película) como la que en México debió hacerla para recibir la herencia de su tío.

Pero no sólo se trataba de la belleza, sino de que muchos que las contemplaron fue la única mujer a quienes vieron desnuda en toda su vida; incluso los casados y con muchos hijos nunca contemplaron la belleza de la esposa, por raro que hoy nos parezca.

La publicidad anunció hace poco que veríamos a Gloria Trevi como nunca antes la hemos visto, y uno piensa entonces que aparecerá vestida; lo mismo puede decirse de otras actrices muy bellas pero que no lo han pensado para actuar muy desnudas, como Nastasja Kinsky, a quien sus familiares llaman cariñosamente Nasty, y quien se ha desnudado con gran naturalidad. En México, en una rara combinación de talento, belleza y mucha desinhibición, Blanca Guerra ha aparecido muy hermosa tanto vestida como sin ropa, en buenas y en muy malas películas.

Uno de los libros, lamentablemente agotados y que sólo abarcó un número limitado de reseñas, La guía del cine mexicano. De la pantalla grande a la televisión, de García Riera y Fernando Macotela, semejante a las guías de Leonard Maltin, tiene la característica de anunciar que ciertas películas no se exhibirían, al menos íntegras, por televisión, por las actrices desnudas; pero los comentarios son pícaros y cómplices; en El hombre de los hongos, por ejemplo, dicen que “Isela Vega, Ofelia Medina y la pantera aparecen desnudas”. Lástima que no vio García Riera cómo ya no cortan las escenas antes prohibidas, con desnudos integrales, y ahora se ve que no muy justificados.
Pero no siempre son los desnudos el atractivo de ciertas películas; más bien llaman la atención algunas cintas donde actrices por lo regular recatadas muestran un escote, o enseñan las piernas, apenas unos segundos, y uno lamenta que no hayan sido más generosas.
En El baño de Afrodita, la muy pudorosa Rosario Granados, que en muchas cintas exagera de melodramática (la viuda recatada enamorada de Pedro Infante; la bella pero anodina enamorada de Jorge Negrete), hace un papel más divertido que el de la estrella del reparto, el argentino Luis Sandrini, quien no hacía reír mucho; él, en el jardín de un manicomio, camina con un cigarrillo en los labios; saca un cerillo, y lo frota en una estatua; aunque lo enciende, se le apaga rápido; frota otro, y lo enciende, en los glúteos de Granados, vestida como diosa griega, e inmóvil en medio del jardín; comienzan a caminar juntos, y al poco, ella abre la bata y le muestra unas piernas asombrosamente frondosas y bien formadas, de argentina de antes de las más recientes crisis. No he visto todas sus cintas, pero sí las principales, y en ninguna de ellas enseñó las piernas, realmente bellas.
No hay que pensar mucho para recordar qué otras actrices fueron parcas mostrando su cuerpo, aunque fueran bastante bellas como para sentirse orgullosas de él; en La venenosa, Gloria Marín aparece en traje de trapecista, mostrando las piernas, y al subir al trapecio, José María Linares Rivas desde abajo la contempla perturbado, más que eso, con toda razón; en otra escena, muy curiosa, también muestra los muslos: canta y baila “El apagón”, de Esperón y Cortázar, en ¡Qué hombre tan simpático! (exhiben con frecuencia la cinta en Cablevisión, pero también está la escena disponible en youtube; no así, por desgracia, la escena de La venenosa); el vestido, largo y holgado, tiene una abertura que muestra la pierna derecha de Marín, muy exuberante; dura pocos segundos pero ayuda a entender que Negrete, Hugo del Carril y Abel Salazar se enamoraran de ella; en El caso de una mujer asesinadita también nuestra un poco de pierna, tirada en el suelo, pero apenas un poco más de la rodilla; Lilia Michel, quien usaba faldas muy justas y suéteres muy apretados para recalcar su belleza, baila un swing en Sí, mi vida, y al girar con rapidez enseña unos muslos que desmentían sus papeles de ñoña; y es una lástima que no haya sacado más provecho de sus piernas para completar su gesto de picardía. Muestra las piernas en Un beso en la noche, al bailar swing junto a sus supuestas hermanas Mapy Cortés y Virginia Manzano; Cortés fue muy generosa en muchas de sus cintas, aunque siempre hacía un gesto como de turbación, durante un segundo, como para hacer énfasis en que le habíamos visto las piernas, y luego proseguía su baile; en esa cinta Michel tenía 19 años y piernas como de 25; más atrevida fue Manzano, quien en un giro muestra las pantaletas apenas una fracción de segundo; me temo que sea ésa la única cinta donde se atrevió a tanto.
Amparo Rivelles, de tan solemne y cursi aburría hasta en las telenovelas; por eso asombró el desnudo que hizo, ya mayorcita, en Presagio; menos espasmos causó Carmen Montejo en la misma película, pero también fue su único desnudo, aunque en más de una ocasión, en traje de baño, enseñó las piernas.
María Félix, en María Eugenia, su segunda cinta, aparece en traje de baño, pero sentada, y disimula lo delgado de sus piernas; en Enamorada se levanta la falda para que Pedro Armendáriz le vea el chamorro, pero apenas a la rodilla; sin embargo, ya muy mayor, en Safo 63, muestra por qué no había enseñado los pechos, con tantas oportunidades que tuvo, para el cine mundial.
Marga López ha presumido de actriz, pero le ha costado trabajo con las comedias; en dos de ellas fue generosa mostrando las piernas: en El niño perdido se asoma a una escalera, con la bata abierta, lo que provoca una de las frases inusitadas de Germán Valdés: “¡Qué puerta! Digo, ¡Qué piernas!” (dar puerta era, antes, incitar sexualmente la mujer a un hombre, sobre todo si no tenía una relación seria con él; en el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua ignoran esta definición; en cambio afirman que puerta es un ”portón rústico hecho con dos postes verticales separados a cierta distancia uno del otro, que tienen una serie de agujeros por los cuales se deslizan horizontalmente unos palos con los que se abre o cierra el paso”. Voooy, como diría la Tucita). Eso fue a principios de su carrera en México; algunos años después aparece nadando supuestamente desnuda con Pedro Infante en una de las cintas más cursis que hayan filmado ambos, juntos o separados: La tercera palabra; muestra las piernas por unos segundos, tan pocos que no se puede decir si eran o no bellas; la tercera ocasión fue en Los fantasmas burlones, donde al final Manuel y Germán Valdés bailan con ella “Azul pintado de azul” en diferentes ritmos, incluido un twist; pero al simular que están en Francia bailan un remedo de can-can, durante el cual ella, de espaldas a la cámara, se levanta el vestido mostrando por única vez unas pantaletas; tampoco es muy excitante que digamos; al pensar en esas escenas uno recuerda la frase de Juan Marsé sobre Barbra Streissand: “a pesar de que ha mostrado mucho las piernas, nada sabemos de ellas”.
Participante en muchísimas películas desde muy niña, Angélica María no mostraba las piernas; al verla caminar en Los signos del Zodíaco se podría darle la razón: gruesas, rectas, sin pantorrillas, sin formas; sus admiradores preferían olvidar la escena en que aparece en traje de baño en una cinta de Juan Orol, en una playa artificial que, como recordaba García Riera, las olas, que eran más bien espuma de detergente, se negaban a alejarse como las de verdad; pero cayó en manos de José Agustín, y anduvo de hot pants y minifalda en Cinco de chocolate y uno de fresa; en una escena rueda en el pasto con Fernando Luján, luego de platicar en una banca; en ambas escenas se ven sus pantaletas blancas; vuelve a mostrarlas cuando trepa el muro del convento donde vive con otra personalidad; García Riera exclama que en esa película se ve muy linda; en Alguien nos quiere matar no es pródiga en esas escenas, pero se sube a un árbol, y desde abajo Carlos Bracho la espía con el mismo gesto que José María Linares Rivas ve a Gloria Marín; en Ya sé quién eres (te he estado observando), en su luna de miel, se asoma a un balcón vestida con la camisa de la pijama de Octavio Galindo, para placer de un huésped del hotel que ve complacido sus muslos contundentes; minutos después, en un faje poco erótico, vuelve a mostrar las piernas muy desnudas, en varias posiciones; finalmente, en La verdadera vocación de Magdalena, en una escena que suprimen en su paso por la televisión, Javier Martín del Campo aprovecha que está dormida y le baja cuidadosamente el pantalón de la pijama; se alcanzaban a ver las pantaletas y algo de muslos muy redondos, cuando irrumpe Carmen Montejo; al final de la película, vestida de cantante de rock, se levanta el vestido para provocar a su marido, y lo que logra es excitar a todos los miembros (perdón) del conjunto de rock que la acompaña supuestamente en Avándaro.
Como acotación, pocos años después, interpretó a una azafata en una telenovela, Ana del aire; dos de sus compañeras eran Susana Dosamantes y Lupita D’alessio; aunque las tres usaban minifalda, era D’alessio la que dejaba ver las pantaletas al sentarse de frente a la cámara, sin taparse. Memorables escenas, pero no por lo erótico.
Rival de Angélica María en muchos aspectos, Julissa en cambio daba vueltas violentas en algunas canciones; le gustaba usar ropa interior negra, más notoria cuando las películas no eran en color; en más de una cinta se desnudó.
María Elena Marqués tenía piernas muy bien formadas, pero se las regateó al espectador excepto en dos cintas: Doña Bárbara, en donde interpreta a la hija de María Félix, y es medio salvaje, por lo que no se cuida cuando ocasionalmente se le sube la falda, provocando miradas pecaminosas en los actores que la acompañaban en esas escenas; también muchos años después, en Las manzanas de Dorotea, en una escena aislada, simula ser una nativa salvaje y por ello libre de mostrar las piernas en un traje de baño como de los Picapiedra; si la escena es mala, burda, no lo son sus piernas.
La venezolana (sin acento en la pronunciación) Rosita Arenas no tenía la costumbre de subirse la falda, aunque lo hizo en Vístete Cristina, excitando a un fácilmente excitable Andy Russel; en El bruto, sin mostrar más que las rodillas, perturba a Pedro Armendáriz, a Luis Buñuel y al espectador; finalmente, en Al compás del Rock and Roll, sale bailando swing creyendo que es rock, con una especie de traje de baño; a su lado están Martha Roth, un poco más atrevida, y Leonor Llausás, quien ya había tenido experiencias con las piernas al aire en Ensayo de un crimen. Más curiosa es una escena de Los chiflados del Rock and Roll, donde muy vestida, canta “No volveré”, llorando porque cree a Luis Aguilar enamorado de otra; pero las lágrimas no se mueven ni un milímetro, están congeladas.
Pero el recuento apenas comienza.

El Diccionario de mexicanismos de la Academia tampoco incluye “retratar” en su léxico; alguna que otra recopilación incluye “retrato” como sinónimo de un golpe en la cara; pero el más auténtico lo desconocen Guido Gómez de Silva, Manjarrez y Mejía Prieto, entre otros; “retratar” se dice, o se decía cuando las faldas eran otras, así como las costumbres, del momento en que una mujer se agachaba y mostraba el trasero a uno o varios hombres; no era necesario que se le vieran las pantys, sólo que se dibujaran los glúteos en una falda muy justa (no tenía chiste con las faldas amplias); en los sesenta, con la minifalda y las mallas, mostraban más. Tenía especial significado cuando era consciente de que la estaban observando.

Con frecuencia mensual o bimestral, íbamos Tito Monterroso y yo a La Ópera, a eso del mediodía; nos tomábamos dos o tres cervezas y picábamos botana, o comíamos unas quesadillas, picosísimas en esa cantina; nos salíamos alrededor de las cinco de la tarde; se despedía diciendo que era una sensación muy placentera estar “a media tarde a medios chiles”; medios chiles, dice el Diccionario de Mexicanismos de doña Concepción Company, se refiere a algo inconcluso, no estar a medio tono; no es lo mismo “media estocada”, que es estar casi borracho; sólo en la segunda acepción de “a medios chiles” es estar ligeramente borracho, lo que es inexacto; la doctora Company debería probar lo que es estar a medios chiles. Las otras dos acepciones son inaceptables. “Estocada” tampoco viene en el dicho diccionario.

El sábado hubo, después de muchos días, una jornada sin blanqueadas en las Ligas Mayores, pero ocho juegos terminaron por diferencia de dos o menos carreras. Algo inusitado; a principios de campaña hubo una batalla en los estacionamientos del parque de los Dodgers, donde golpearon hasta dejar inconsciente y con secuelas a un forofo de los Gigantes; hace unos días los atraparon y serán juzgados; siempre se presumió de lo pacíficos que son los parques de beisbol, donde la pasión no conduce a la violencia. Ha comenzado a aparecer; mucho me temo que sea consecuencia de la necedad de llenar estadios con ignorantes de ese deporte, a los que llevaban con la supuesta emoción del jonrón. Ahi se lo haigan; si no los contienen, si no revierten esa tendencia, en poco tiempo serán tan inseguros y violentos como en los estadios de futbol.

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