Vete muy lejos, Elisa

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“Alicia es una joven mexicana que viaja hasta el fin del mundo para encontrarse a sí misma”; éste es el eufemismo usado para describir la trama de una película sin trama, y que más precisamente debiera decir: “Alicia se va de vacaciones a Argentina para conocer la nieve y ligarse a un ‘güerito’, todo con el pretexto de unos problemas existenciales de adolescente”.
Como suele ocurrir con las películas que incluyen la oración “ir a otro país para encontrarse a sí mismo” en su sinopsis, las motivaciones superficiales de la protagonista están ocultas bajo la máscara de problemas muy profundos y complejos: el ser, el sentido de la vida, el control de las emociones, etc. (Nótese que casi siempre son mujeres de clase media alta las protagonistas de estos aburridos cuentos).

El primer problema con Vete más lejos, Alicia (Elisa Miller, 2010) está en la narrativa. Uno nunca sabe por qué sufre tanto la protagonista (Sofía Espinosa), qué la deprime, qué la motivó a viajar, por qué a ese lugar. Así, lo único que le queda al espectador es suponer que es a causa de problemas existenciales de una adolescencia ligeramente tardía (esas sensaciones recuerdan más a una muchacha de 16 y no de 19 años, como Alicia).

Además, los personajes -y las situaciones- entran y salen sin previo aviso, y de un corte a otro Alicia platica muy cómodamente con quién sabe quién en quién sabe dónde.
Pareciera que la protagonista es la única turista de toda Argentina, y a donde vaya se encuentra más sola que un ermitaño (esto último podría observarse como una metáfora sobre la sensación de soledad, o la búsqueda de la misma, aunque varias escenas hacen confusa esta interpretación). Pero, claro está, la lógica, la narrativa y la estructura no sirven de nada en una película tan artística como ésta… y con artística quiero decir “un largometraje vacío y pretencioso que, al final, no dice nada”.

La actuación de Sofía Espinosa es bastante buena, debido en parte a que ella misma atravesaba por una sensación similar a la que se relata y rápidamente se identificó con el personaje; incluso, la intérprete colaboró con Elisa Miller en la construcción de la película. La joven trabajó siempre improvisando y es probablemente la única que hizo bien su parte durante la producción.

La fotografía, a cargo de María Secco, es otro de los puntos fuertes del largometraje, y en diversas ocasiones consigue tomas y encuadres hermosos, logrados, sin embargo, porque evidentemente toda la película giró alrededor de cómo y dónde se veía bonita la cámara, sin importar la historia; “¿la qué?”, imagino a la directora preguntando cuando la actriz y el resto del equipo de producción le cuestionaban sobre qué más debían hacer.

Por otro lado, el uso de diversos tipos de cámara es rara vez justificado dentro de la película (pues se sabe que Elisa Miller literalmente pidió prestadas unas cámaras y se fue de viaje a grabar, a ver qué pasaba), aunque a veces, de pronto, esto también consigue resultados estéticos.

Pero al encontrar en los créditos finales que, con descaro, mencionan a las personas encargadas de la “corrección del color”, uno sólo desea que no hayan cobrado por el trabajo, pues es una de las cosas que brillan por su ausencia.

Lo mismo ocurre con el audio en general, y hasta destaca como lo peor de toda la película, la cual, como podrá notarse, no es muy buena que digamos. Al terminar el largometraje, resulta difícil imaginar qué estuvieron haciendo las personas encargadas del audio durante la producción; de hecho, resulta impensable que hubiera gente dedicada a ello… pero la hubo.

En muchas escenas los agudos están tan altos que lastiman los oídos; en otras, los graves están tan arriba que los diálogos se escuchan como si el espectador estuviera bajo el agua y no se entiende nada, sobre todo al principio. En una ocasión, sin embargo, se produce este efecto a propósito (cuando la protagonista pone su cabeza dentro de un tazón y deja de oír a la gente con quienes conversaba) y éste es quizá el único momento en el que el equipo de audio trabajó.

Por todo ello, al finalizar la película uno espera encontrar en los créditos a no más de diez personas, incluyendo a los actores, y es impactante descubrir que hay muchos nombres en la pantalla de gente cuyo trabajo nunca se notó.

Elisa Miller presumió orgullosa ante los medios y en diversas entrevistas que la película fue completamente improvisada e, incluso, lo reafirma durante la secuencia de créditos. Sin embargo, no hacía ninguna falta que lo dijera, pues con sólo ver la película uno se percata de ello: no hay estructura y el relato, igual que la protagonista, van hacia ningún lado.
También, aunque ella no lo hubiera dicho, sería evidente que el personaje de Alicia refiere a la propia Elisa Miller (¡qué ingenio, llamarla Alicia en lugar de Elisa!, ¿notan el parecido fonético?). Vete más lejos, Alicia es, simple y llanamente, un capricho (quizá, hasta un berrinche).

Existe una película que, como el largometraje de Elisa Miller, es superficial al hablar de “buscarse a uno mismo”: The ramen girl (Robert Allan Ackerman, 2008), con Brittany Murphy. La diferencia es que ésta es más interesante, simplemente, porque sí pasa algo.

Pareciera que existe alguna clase de moda esnob entre la gente adinerada de viajar con motivos puramente banales disfrazados de una búsqueda trascendental: Comer, rezar, amar (Ryan Murphy, 2010), con Julia Roberts, trata exactamente de lo mismo. Ante esto, uno incluso puede resultar ofendido cuando le presumen las posibilidades que otros tienen de irse de viaje al primer lugar que aleatoriamente señalen en el mapa por puro capricho.

Otras películas, en cambio, han tocado este tema de manera mucho más interesante y compleja, con mayor profundidad, y entrelazándolo con otros asuntos diversos. Tal es el caso de Bajo California: El límite del tiempo (Carlos Bolado, 1998), con Damián Alcázar y Jesús Ochoa.

En ese largomentraje se cuenta la historia de un artista méxico-estadounidense que viaja por Baja California para conocer acerca de sus antepasados, visitar unas famosas pinturas rupestres y redimir una vieja culpa a través de obras de arte que elabora a lo largo de su camino con los materiales que encuentre en el lugar.

A diferencia del trabajo de Elisa Miller, el de Carlos Bolado tiene un sentido, una dirección, una razón de ser, y el lugar al que viaja el protagonista está justificado y no es sólo “porque quería conocer el hielo”. Además, se abarcan otros temas como la pérdida de identidad por parte de los mexicanos que viven en Estados Unidos.

Vete más lejos, Alicia, puede resumirse como un capricho convertido en un pretencioso y vacío largometraje. Es cine minimalista llevado al extremo, pues no sólo tiene una producción y una historia sencillas, sino que carece absolutamente de ambas cosas.



Comentarios

Un comentario a “Vete muy lejos, Elisa”
  1. Tania de la Mora dice:

    Estoy completamente de acuerdo con tu punto de vista. Qué lástima que al parecer fue una película muy esperada y esté siendo un “hit en taquilla” como la misma Cineteca lo ha dicho; quizá por estas razones el desconcierto y las risas de la gente en la sala al terminar la película. Probablemente si Elisa Miller no hubiera explotado ese único argumento de “me fui a grabar, a ver qué salía” hubiera podido engañar a algunos cuántos ingenuos (para no llamarlos pseudo cinefilos) que le darían una interpretación hiperpretenciosa (como de costumbre) y la defenderían diciendo que todo es una metáfora. En fin, sé que habrá a quién le guste pero para mi es una pésima producción con una buena actuación y de vez en cuando una atinada fotografía.

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