Pancho Villa, bajo la mirada de Katz

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(Hace unos pocos meses falleció Friedrich Katz, un historiador austriaco pero más mexicano que muchos mexicanos. Uno de sus mejores libros, Pancho Villa, aparecido en noviembre de 1998, siguen siendo ejemplo de trabajo, lucidez, imparcialidad, al mismo tiempo que fervor. El 12 de enero de 1999 publiqué una larga reseña que, según me dijo uno de los editores de Katz, fue leída por el historiador con gusto. La rescato ahora, a 12 años de haber aparecido en las páginas de la sección Cultural de El Financiero.)

Un lugar común, lleno de desesperanza, es que los extranjeros están más interesados en nuestra historia que nosotros. La monumental obra de Daniel Cosío Villegas y discípulos, con toda su magnificencia, llega a un puñado de lectores que, de cualquier manera, son lectores cautivos de la materia.
Un par de libros, aparecidos en tiempos recientes, parecieran confirmar los temores de ese lugar común: La conquista de México, de Hugh Thomas, y el muy reciente, en español, Pancho Villa, de Friedrich Katz (Ediciones Era, colección «Biblioteca Era», 1998). El primero provocó la envidia de muchos especialistas en el tema, pero demostró cualidades de los que se carecía, en general, porque al parecer los historiadores, como todos los mexicanos, no han podido abordar el tema sin tomar partido, sin sangrar por la herida. Thomas logró un libro en el que Cortés es un ser humano, de los más brillantes de su tiempo, uno de los primeros hombres del Renacimiento, sin por ello denigrar a los mexicas que, como concluye Thomas en el final de su libro, pelearon como dioses aunque ellos creían que peleaban por sus dioses.
Katz, un apasionado de la historia de México (ya había publicado antes La guerra secreta de México –que hay que retomar con el impulso que da su más reciente libro–, y en la célebre SepSetentas, y después reeditado en Era, La servidumbre agraria en el porfiriato), logra algo similar e igualmente emotivo con su nuevo libro, en el que tardó, según confesión propia, más de 15 años en elaborarlo.
Con Villa logró un trabajo extraordinario: pintar a un ser humano cuando todos han visto un monstruo o un súperhéroe, a un bandido o a un ideólogo, de la manera más maniquea que se pueda imaginar el lector; lo hacían protagonista de hazañas inverosímiles, mártir de la injusticia porfirista, reformador social, o un bandido sin escrúpulos, un asesino despiadado y un inconsciente que estaba en la Revolución de una manera oportuna y sin sentido; lo oponen a reformistas sociales como Calles y Obregón, o a reformistas políticos, como Madero y Carranza, y a luchadores incansables con ideología, como Zapata, e incapaz de comprender a socialistas como Felipe Ángeles y menos aún de someter a bandoleros como Fierro o Urbina.
De Martín Luis Guzmán a José Vasconcelos, de Roberto Blanco Moheno a José Santos Chocano, todos tomaban partido, a favor o en contra, sin considerar el “descubrimiento” de que firmó un contrato con productores de Hollywood, lo que ha llevado a afirmar que escogía campos de batalla que fueran favorecedores como escenarios cinematográficos, e incluso que cedía a las peticiones de esos productores para atacar una ciudad a determinada hora que permitiera la filmación.
Katz destruye muchos de esos mitos y, sin mencionar a nadie, desmiente uno mayor: que Obregón mandó asesinar a Villa cuando leyó la entrevista que concedió a Regino Hernández Llergo (Mauricio Garcés, en la versión de Ismael Rodríguez).
Pero hay que ir por partes: leer este libro es como analizar una partida de ajedrez: se ve cada una de las causas posibles a cada uno de los aspectos de Villa y, sin calificarlo, analiza los resultados y lo que pudo haber sido.
Eso no quiere decir que no simpatice con Villa; aunque busca y logra la objetividad en cada capítulo, no puede ocultar que lo ve con más agrado que con coraje, y en las conclusiones, de una manera comprometida, aclara que tiene con Villa más identificaciones que rechazos, y dos veces que sí cree que estaba convencido de lo que decía y que no era un oportunista.
Uno no cree que Katz haya dejado atrás a los historiadores mexicanos sólo por este aspecto, sino porque hace algo que se ha obviado: que el resto del mundo también existe.
El análisis que hace de la Revolución Mexicana comparándola con otros procesos sociales en otros países ayuda mucho a que el lector se centre, compare, juzgue, y sobre todo comprenda. Ese solo hecho despoja sin más muchas de las etiquetas maniqueístas con que hemos visto a los protagonistas de la Revolución. Así, Urbina deja de ser un compadre sanguinario capaz de llorar por el amigo al que acaba de asesinar, o Fierro el verdugo frío y ambicioso; Carranza, sin dejar de ser el enemigo de Villa, es también un nacionalista empecinado y un hombre incapaz de traicionar a su clase socioeconómica. Ángeles tampoco es el ingenuo mártir, ni Obregón el astuto lobo agazapado, como tampoco Zapata es el luchador inmaculado.
Por el contrario, se recuperan figuras que, menos carismáticas, fueron mucho más importantes pero se fueron perdiendo, como Rafael Buelna, Martín López, Toribio Ortega, Maclovio Herrera, que tampoco se quedan en sombras ni en protagonistas secundarios atrás de Pancho Villa.
Asombra el método de investigación de Katz; en una época en la que el promedio de lectura ha descendido a menos de la mitad de un libro al año, el austriaco leyó cientos de expedientes judiciales para recrear, en dos páginas, los pleitos de las viudas de Villa por la herencia. Su indudable talento de novelista evitó que ese proceso, y muchos otros, legales o simplemente epistolarios, se redujeran a meros números o a la reproducción de los documentos.
El lector se encuentra con una muy bien lograda atmósfera que calca la vida en México de principios de siglo a 1923, que maneja en poco menos de mil páginas a cientos de personajes, cientos de acciones militares, decenas de episodios políticos y miles de suposiciones, y que sólo haya un error de consideración, y que no influye en el libro, que es el de suponer que Juan Barragán, antiguo carrancista, haya sido diputado priista en 1966, cuando se inscribió el nombre de Villa en la Cámara de Diputados (fue presidente del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana).
Nadie es por sí solo. Katz rastrea la vida de Villa desde que se llamaba Doroteo Arango y era uno de los bandoleros más célebres de los años anteriores a la Revolución, pero a partir de allí nos obliga a quitarnos vendas de los ojos: fue bandido, pero no era ése el mismo concepto de ahora: muchos jóvenes tomaban ese único camino si desechaban el de la sumisión en la hacienda, o el del ejército; cualquier desafío a la autoridad los convertía automáticamente en parias, y Katz se va hasta los años de Heraclio Bernal, uno de esos luchadores que se mantiene de robar a los poderosos y repartirlos entre los desamparados, y que al mismo tiempo es un opositor al gobierno, o tal vez por eso mismo.
Ignacio Parra, “secuaz” de Bernal, lo fue también, años después, de Villa, lo que hace un árbol genealógico bastante más interesante que si se tratara de un prófugo que ataca al patrón que intenta (o logra) violar a la hermana.
A partir de ese dato, Katz entrega un libro diferente; la carencia de documentos que certifiquen una de las muchas versiones que hay alrededor de todos los momentos públicos (o incluso de los íntimos) de la vida de Pancho Villa no lo detiene, pero tampoco lo fuerza a tomar partido por una de ellas; lo que hace es analizar cuál puede ser más factible, pero sólo como suposición, pero partiendo de datos reales: las decisiones que tomó en cuestiones parecidas, lo que dijo en otros aspectos que revelan su manera de pensar, y desecha las que lo hacen pensar que iba contra su lógica y su pensamiento o incluso contra sus sentimientos.
Llama la atención otro aspecto: que en la Revolución Mexicana Villa representó, no a los campesinos, sino a los peones, que no fueron considerados por los otros líderes de esa época, sino hasta la ascensión de Lázaro Cárdenas a la presidencia del país.
Son muchos, sin embargo, los aspectos que toca Katz que han sido obviados por otros biógrafos de Villa: analiza su actuación a la luz de otros líderes revolucionarios, y destaca lo singular que fue la Mexicana; la evidente simpatía que le tiene no lo convierte en un estudioso sin crítica, ni oculta las muchas contradicciones que caracterizaron a Villa; no las disculpa, simplemente las explica, aunque la mayoría de las veces no salga bien librado el personaje.
Para lograr esto, Katz pone a disposición del lector un panorama político, social y económico del México de esos años, y muestra, a grandes rasgos, a muchos de los personajes significativos; si no ofrece un retrato amplio de Carranza, cuando menos uno puede explicarse por sí solo las discrepancias entre ambos, y acomete una audacia mayor: la rivalidad de Carranza y Villa en 1915 no implica la complicidad de Obregón con el primero; Katz muestra que lo que llevó a Obregón a levantarse contra Carranza en 1920 ya existía desde antes de la batalla de Celaya, lo que nos cambia por completo el panorama sobre los tres hombres.
Tal vez la audacia que más le cueste simpatías a Katz entre los lectores mexicanos es la manera como aborda a Madero; después del análisis no queda la figura de un reformador político, nunca la de un revolucionario social; su empeño democrático, se concluye después de esta lectura, conduce a elecciones limpias con todos los riesgos que esto implica, pero excluye la justicia social, y más aún el reparto agrario, lo que causó que disminuyera el apoyo de peones y campesinos sin que se ganara el respeto de los oligarcas, dispuestos a la democracia en las mulas del compadre.
Estos reparos a las figuras de Obregón (quien queda como un oportunista a la espera del momento adecuado para deshacerse de Carranza y para hacerse del poder) y Madero no les quita peso como personajes importantes en el México revolucionario, simplemente los despoja del lugar común que nos impide verlos como personas y no como estatuas.
Katz logra incluso hacer digerible y fácil la lectura de los procesos agrarios, escollo que no siempre han conseguido los ensayistas que, con disculpas por la fácil figura, tienen resultados áridos. Eso ha hecho difícil la lectura, por demás indispensable, de Andrés Molina Enríquez e incluso de escritores más dotados narrativamente, como Luis Villoro.
En Katz se ve algo asombroso: no necesita mentir para desmentir: es cierto que Villa fue un bandido antes de ser revolucionario; es cierto que mató antes de ingresar al ejército; es cierto que lloró cuando Huerta ordenó que lo fusilaran; es cierto que sus tropas cometían desmanes cuando entraban a las ciudades que capturaban; es cierto que Villa ordenó matar a cientos de oficiales federales o carrancistas; cierto que estuvo involucrado en muertes de civiles; cierto que fue un mujeriego e incluso un violador; cierto que atacó pueblos indefensos; cierto que la confianza lo perdía. Es cierto todo lo que dicen los enemigos y críticos de Villa, pero hay matices y explicaciones, que no disculpas.
Y para humanizarlo, para entenderlo, no recurre al truco de atacar a los contrincantes y enemigos de Villa; basta con explicar y recrear la atmósfera de esos años. Eso es suficiente.
El resultado es devastador: aunque comienza por el principio y termina por el final, no hace un relato cronológico, ni mucho menos lineal. Obliga a ver de manera panorámica, a que el lector retroceda días, meses o años para ubicar en el tiempo y en el espacio ciertas palabras, cierta actitud, una decisión irrevocable y determinante; nadie puede aislar ni descontextualizar a Villa: lo influyen Parra, Pascual Orozco (una figura que hay que rescatar por lo menos para entenderlo), Victoriano Huerta, Roque González Garza, Madero, Ángeles, Zapata, Eulalio Gutiérrez, los Herrera, los López, incluso Carranza, Calles, De la Huerta, Obregón y uno de sus enemigos más encarnizados, Pancho Mecates; no es Villa solo, es el México revolucionario.
Atención especial merece el capítulo del asesinato de Villa; desechada la famosa entrevista con Hernández Llergo (en el prólogo al primer volumen de Cara a cara, los libros de entrevistas de James Fortson, Edmundo Valadés la hace responsable del atentado con el simple recurso de cambiar la fecha del hecho: Hernández Llergo fue a Canutillo en 1922, no en 1923), Katz analiza todas las posibilidades, causas y participantes. Y sorprende, porque sin hacer a un lado a Obregón, al que todos han responsabilizado, menciona mucho más al rival de Villa, José Agustín Castro, a Calles y a Joaquín Amaro, una eterna víctima de Villa en el campo de batalla y un militar, dice Katz, sin escrúpulos. La participación de Obregón, nos hace deducir Katz, se restringe a la complicidad, el silencio y al cinismo, más que a la autoría intelectual.
Katz es un historiador escrupuloso y detallado; no deja más resquicios que la carencia de material, y nos reprocha la escasez de historia oral y de una indiferencia para con nuestro pasado y más aún con nuestro presente. Hurgó en archivos, libros, revistas, periódicos; su abundante bibliografía (aunque falta Ayer en México, de Dulles, uno de los libros más lúcidos sobre la Revolución, y más desmitificadores) es apabullante; comparó versiones, y leyó sin discriminar ni descalificando a los autores, aunque revisó sus simpatías políticas, sociales y personales; no descartó visiones sino hasta que el peso de los hechos las hiciera inviables (o de plano imposibles) y examinó cualquier posibilidad de probabilidad, exactamente igual que los buenos jugadores de ajedrez, que estudian cada movimiento probable y las posibles respuestas del contrincante. Así, ante la imposibilidad absoluta de leer sin equívocos la conducta de Villa, el lector tiene todas las opciones para obtener sus conclusiones, que pueden ser distintas de las que ofrece Katz (no siempre, o mejor, casi nunca, una sola).
Y es de agradecer que, aunque está dotado maravillosamente de un talento narrativo superior al de muchos novelistas, se abstiene de entregar un relato de cada acción militar, aunque es una tentación que no resistió Dulles; hubiera tal vez conseguido más simpatías para Villa, y no es ése el objetivo de Katz.
Hay que resaltar, por último, el innegable amor que le tiene Katz a México: lo entiende, a veces lo justifica, piensa en cuál hubiera sido el escenario político si hubiera triunfado Villa en vez de Carranza, o si hubiera tenido un sostén ideológico más firme, lo que lo habría ayudado a mantenerse fuerte pese a sus derrotas militares; analiza nuestro presente a través de los sucesos del pasado, sin pensarse superior a los personajes ni a los hechos, sin verlos por encima ni, mucho menos, superficialmente. Y aquí de nuevo cabe la comparación con Hugh Thomas. El conmovedor relato que hace Thomas de la conquista de México (y la posibilidad de que, de haber derrotado los mexicas a Cortés hubiera habido un exterminio como en otras partes del continente) se repite en Katz, quien no sólo piensa que un triunfo de Villa no hubiera cambiado radicalmente lo que sucedió, excepto en un terreno, que hoy se ha olvidado: el agrícola.
Pero si el relato de la vida, triunfos y derrotas, en todos los terrenos, de Francisco Villa, es conmovedor, lo es más el motivo del libro, y la narración de lo que es o fue Villa para los socialistas austriacos que en la década de los treinta representó el símbolo de la oposición a la tiranía, y cómo provocó que muchos de ellos siguieran en la lucha contra el régimen motivados por el ejemplo del mexicano que, sin cultura, sin estudios, instintivamente, obligó a que nuestro país entrara de lleno en el siglo XX –aunque él no lo hiciera– y ayudó a derrumbar dos dictaduras, por más que fracasara en un proyecto que ni él mismo podía definir. Los dos finales del libro son magistrales.
Katz, aparte de darnos un libro ejemplar, nos obliga a ver nuestra historia con una óptica diferente, y ojalá motive a nuestros historiadores a tratar de superarlo.

(Sólo porque el juego entre Medias Rojas e Indios comenzó a aburrir, oí un cuarto de medio tiempo de un juego de futbol entre un equipo inglés y uno español; estoy asustado porque hay un idioma, parecido fonéticamente al español, pero del que no entendí nada: frases sin verbos, repletos de adjetivos e hipocorísticos con que pretendían reseñar lo que hacían los jugadores; frases incompletas, absurdas, con anglicismos y madrileñismos, y le cambiaban el nombre a los equipos, igual que los que le dicen Gabo a García Márquez sin conocerlo y, peor, sin haberlo leído.)
http://errataspuntocom.blogspot.com/

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